Stephanie Demner eligió el espacio de Barbie Simons para realizar una de las confesiones más directas acerca de sus trastornos alimenticios. Como parte de una conversación marcada por la franqueza y la búsqueda de romper tabúes, relató situaciones vividas durante años en la industria de la moda y el universo digital, donde la presión de los estándares estéticos y la exposición sostenida derivaron en prácticas riesgosas para su salud.
En el diálogo con Barbie Simons, Demner describió cómo la obsesión por cumplir con ciertos cánones de belleza afectó su vínculo con la propia imagen y su bienestar físico. “Yo lo había normalizado completamente —relató—. Me parecía como supernormal prender la cámara y ponerme un filtro”. Esa rutina, que asumíam de forma automática, era parte de una dinámica extendida entre influencers y creadoras de contenido. “Todas estábamos iguales, con la misma cara, con el mismo filtro. Y eso estaba bien. Nadie se mostraba sin el filtro”.

El impacto de los comentarios en redes, sumado al hábito exacerbado de compararse, reforzaba esa autopercepción negativa. “Una chica una vez, cuando subo uno de estos contenidos que no tenían filtro, me dice como: ‘Qué fea que sos sin filtro’”. Ante ese mensaje, Stephie decidió responder exponiéndose tal cual es: “Hoy voy a hacer todas las historias sin filtro para que te molesten. Todas y cada una de las historias y que me tengas que ver sin filtro”. La reacción de la audiencia fue distinta a sus temores: “Todos los mensajes eran tipo: ‘Stefi, qué lindo que te muestres sin filtro’, porque yo me saqué hasta el París. No me ponía ningún filtro, ni siquiera el de suavizar la carita. Nada”.
Este proceso, que implicó deconstruir sus propias creencias y hábitos, también trajo consigo la dificultad de sostenerse frente a la presión social: “Cuando vi tanta aceptación del otro lado, dije: ‘Bueno, qué bueno, voy a seguir por esto’, pero después veía a mis colegas que estaban todas rediosas con el filtro y yo era tipo... Era muy dispar”.
La necesidad de validación y la crítica externa, combinadas con las demandas del trabajo como modelo, alimentaron el conflicto con los espejos y la báscula desde la adolescencia. En el relato, Demner reconoció que inició su recorrido en el modelaje dentro de una lógica de exigencia extrema: “Me dicen: ‘Aparte, te sobran dos kilos y medio, no sos tan alta, te faltan dos centímetros’. Y era como... eran cosas que yo ya no podía cambiar”.

La conversación alcanzó su punto más sensible cuando Stephanie narró el episodio que funcionó como alerta sobre los peligros a los que la llevaron sus prácticas alimenticias. “Cuando yo me hago los estudios, directamente la llaman del lugar a mi mamá, la citan en una reunión y le dicen: ‘Si tu hija no empieza a tomar agua hoy, mañana se muere’. Ese nivel de deshidratación tenía yo”. La obsesión con el peso la llevó a restringir —incluso el agua— para evitar observar subas en la balanza: “Me cepillaba los dientes y no tragaba ni un poquito de agua porque yo me pesaba constantemente...”.
Junto a Simons, Demner habló sin rodeos sobre el uso problemático de suplementos y diuréticos para modificar su cuerpo antes de sesiones de fotos. “Hace un tiempo, cuando voy a una esteticista, me da una pastilla, que era una pastilla como diurética. Entonces, me dice: ‘Si vos al día siguiente tenés como una producción de fotos o lo que fuera, tomate la pastilla que vas a estar como deshinchadita’. Obviamente, abusé de la pastilla”. La modelo reconoció la frecuencia con la que recurrió a mecanismos poco saludables y su reflexión retrospectiva sobre los riesgos que eso implicaba: “Te hacía hacer pis. Vos decías tipo: ‘No voy a estar deshidratada si me tomo agua y después la hago pis’, pero te levantabas divina. Sí, el peligro también de una hipopotasemia, que te baje el potasio o lo que fuese. Producto de la pérdida de tanto líquido... Los riñones, tipo mil cosas”.
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