En el estudio de Ahora Caigo (El Trece), los concursantes giran, caen, responden y ganan. Pero a veces, en medio de las preguntas y los pozos, hay algo más fuerte que la trivia: la vida misma se cuela en el aire. Y cuando eso sucede, Darío Barassi no solo lo permite, lo celebra. Esta semana, protagonizó un momento tan inesperado como hilarante cuando descubrió una presunta tensión entre la madre de una concursante y su consuegra.
Todo comenzó con Belén, una participante que llegó acompañada por las dos mujeres. Esto llamó la atención del conductor, por lo pensó dos veces: “¿Cómo te llevás con su consuegra?”, lanzó, con ese tono tan suyo, mezcla de picardía y curiosidad real. La respuesta de la madre de Belén fue tibia: “Nos llevamos, nos llevamos”. Sonaba más a evasiva que a verdad.
Darío, olfateando que había algo más, no se quedó ahí: “Pero, ¿qué tan mal es la cosa?”. La mujer repitió su diplomacia: “Lo que pasa es que no nos vemos tanto”. Y ahí, la tensión flotó apenas unos segundos. Hasta que la consuegra intervino, decidida a cortar el rumor antes de que creciera: “Nos llevamos re bien. Sí, sí, nos llevamos bien”, afirmó con una sonrisa nerviosa.
Entonces, Barassi se dio cuenta que todo había sido una jugada. Una especie de pequeña trampa televisiva. “¡Lo hiciste a propósito! ¿Me hiciste venir acá al p...? ¡Vos sabés cómo va a perder tu hija ahora! Sí, por culpa tuya”, dijo, indignado y divertido al mismo tiempo. El público estalló en risas.

Pero no se detuvo ahí, sino que intentó ir hasta el límite: “Decí algo malo de ella”. La madre, sin titubear, soltó una frase que desarmó cualquier especulación: “No, no tengo nada malo para decir. La quieren a mi hija, y eso es lo primero”. Barassi, emocionado, volvió al juego, y cerró el momento con ternura. El supuesto conflicto familiar no existía, pero el show sí.
Y si ese episodio dejó al conductor entre risas y alivio, el que ocurrió días atrás lo descolocó por completo. En esa ocasión, el protagonista fue un participante llamado Lucho, que usó su turno para confesar una doble vida sentimental en pleno horario central.
Todo parecía ir en tono habitual. “¿Estás en pareja o algo de eso?”, preguntó Barassi. Lucho respondió sin pestañear: “Sí, estoy de novio. Me anotó ella para venir acá”. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando Darío quiso saber si la novia estaba presente, llegó el caos. “No, no vino mi novia. Se está enterando mi señora ahora, pero bueno... ¡un beso a Marta le mando!”.
El conductor quedó mudo unos segundos. Luego reaccionó: “¡Me perdí! ¿De qué se está enterando?”. Lucho, como si hablara del clima, respondió: “De que tengo novia y que estoy casado”. Lo dijo así, con una calma demoledora. La tribuna no sabía si reír o cubrirse la cara. Barassi oscilaba entre el desconcierto y la furia juguetona: “¡¿Por qué elegiste mi programa para mandarte semejante cag…?!”, gritó. Lucho se encogió de hombros: “No me quedó otra. Lo tenía que confesar”.
Lejos de tomarlo con gracia, el presentador dejó en claro su incomodidad “Si esto es verdad, te quiero cagar a piñas. No me gusta lo que estás haciendo, pero lo voy a tomar como que es mentira”, dijo, en su registro más ácido. Lucho, sin inmutarse, sumó datos: 15 años casado con Marta, cinco años de relación con Daniela, su actual novia y la que lo inscribió en el programa. “Me anotó con toda la ilusión de verme ganar”, dijo. Y el estudio volvió a reír, más por incomodidad que por alegría.
Barassi no necesitó escribir ningún guion. Los participantes lo hicieron por él. Y eso es, quizá, lo que mejor define al ciclo: un programa donde el juego es solo la excusa. Porque entre consuegras que se “llevan” y maridos que confiesan en vivo, lo que se pone en juego es siempre la vida real. Y el animador lo aprovecha como nadie.
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