En 1988, el Teatro Nacional Cervantes se convirtió por una noche en altar, trinchera y escenario de un grito colectivo. Allí, entre terciopelos gastados, columnas solemnes y la rigurosidad de la Orquesta Sinfónica Nacional, una constelación de voces populares —Sandro, Valeria Lynch, Estela Raval, Violeta Rivas, Paz Martínez, entre otros— entonó una canción que no hablaba de amor ni de desengaño, sino de algo más turbio, más urgente: una canción contra la droga. A pesar de los nombres, todos rutilantes, en la web no hay ninguna referencia a la historia que se tejió detrás. Sólo quedó el video, subido a una cuenta de Youtube (@clanjohn) que homenajea a Violeta Rivas.
“El quinto jinete del Apocalipsis”, así se llamó el tema, nació de una herida personal del autor de la letra, Julián Mandriotti. Él vió de cerca el infierno silencioso de las adicciones. “Hubo problemas familiares que me hicieron vivir la tragedia de convivir con personas muy queridas que habían caído en la drogadicción y que hoy ya no están físicamente”,le cuenta a Teleshow. La música, pensó, podía ser una lanza contra el espanto.
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Esa intuición se volvió necesidad, y luego canción. Y para ponerle música, llamó a Bebe Mauro, amigo entrañable, vecino de Banfield, compañero de muchas composiciones —ocho de ellas compuestas por la dupla que integraba con Mandriotti e interpretadas por Sandro— y padrino de la boda del propio ídolo. Bebe vivía en la calle Berutti al 200, medianera de por medio de la mítica mansión del Gitano. Sandro lo quería cerca. Siempre.
La letra fue escrita con el corazón lleno de sombras. Mandriotti asoció la adicción con una nueva plaga, “tan ligada a la gente como el hambre y la guerra”, y la bautizó como El quinto jinete del Apocalipsis.
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La letra decía:
“La salida está en nosotros mismos / No dejes que tu vida, caiga en el abismo / Todos juntos, podemos ayudarlos/ porque al fin y al cabo, los necesitamos / Con un ruego que brota desde el alma / Podrás salvar al hombre del reino de la nada / Porque tienen la vida por delante / Deben saber que nunca es demasiado tarde”.
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El tema tenía cuerpo, alma y propósito. Faltaba hacerlo sonar.
Entonces Mandriotti pensó en su amigo Jorge Ramos, jefe de prensa de la Policía Federal. Le habló del proyecto. El comisario Ángel Pirker dio luz verde. Desde el gobierno de Raúl Alfonsín, Enrique “Coti” Nosiglia, entonces ministro del Interior, ofreció su respaldo. El secretario de Cultura, Carlos Bastianes, habilitó el uso del Cervantes y la participación del Coro Polifónico Nacional. La máquina estaba en marcha.
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Solo faltaba la voz
Sandro fue la pieza clave. No solo aceptó cantar. Quiso participar de la producción. Y como tenía un imán en la voz y en el alma, atrajo a los más grandes: Valeria Lynch, Néstor Fabián, Violeta Rivas, Estela Raval, Paz Martínez, María Marta Serra Lima, Gian Franco Pagliaro, José Ángel Trelles, Tormenta, Pablito Ruiz, Fernando de Madariaga, Roberto Rimoldi Fraga y hasta el automovilista Cocho López y el campeón mundial de boxeo Sergio Víctor Palma, entre muchos otros.
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La noche del estreno, el Cervantes vibró. En la platea, entre los abrigos y los flashes, estaban Gabriela Sabatini, Emilio Disi, Laura Bove, Pepe Parada, Doris del Valle, el productor Héctor Cavallero, losl periodistas Julio Ramos (director de Ámbito Financiero) y Bernardo Neustadt, Ricardo Gil Lavedra (Subsecretario del Interior) y hasta alumnos de escuelas primarias. El dato más secreto: entre el público también se hallaba Julia Visciani, ex esposa de Sandro, una invitada invisible para casi todos, salvo para Sandro, Mandriotti y el Bebe Mauro.
La escenografía era austera. Sobre un fondo negro, sombrío, del lado izquierdo pendía un cartel circular con una mano sujetando a otra y la frase “Vamos todos por la vida”. Del lado derecho, colgaba el escudo de la Policía Federal Argentina. Y en el medio, un cartel con la frase “Comisión de lucha contra el narcotráfico y abuso de drogas”. Debajo se encontraba el coro, adelante la orquesta y casi al borde del escenario los cantantes, que ingresaron en fila india y se tomaron de las manos. En el centro se ubicó Sandro, flanqueado por Tormenta y Pablito Ruiz.
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El espectáculo fue televisado por Canal 7 y recibió el Martín Fierro de APTRA. El presidente del organismo, Manlio Accinelli, entregó el galardón a Pirker, Mauro y Mandriotti. “Es la primera vez que APTRA premia a una institución nacional”, dijo.

Detrás del apodo y la amistad
La conexión entre Mandriotti y Sandro no era casual. Se conocieron en Puerto Rico, en 1969, en un camarín del teatro del hotel Flamboyán. Mandriotti, entonces muy joven, había llegado como periodista de Canal 9. Allí escuchó por primera vez el apodo íntimo que le quedaría al ídolo para siempre: “Chospa”. Se lo dijo su manager, Oscar Anderle. “Che, Chospa, éste es un pibe de Buenos Aires, de Canal 9”. Sandro, con su carisma habitual, retrucó: “¿De la tele? ¡Pero si sos un pibe!”. “¡Y él era más chico que yo!”, recuerda Mandriotti entre risas.
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Ese apodo se volvió contraseña entre ellos. Y la amistad dio frutos. Uno de ellos, inolvidable: la canción “Mi amigo el Puma”, que Sandro compuso inspirado en Mandriotti y le dejó a este su apodo. Lo contó sobre el escenario Fernando Samartin, el imitador más fiel del Gitano, en un relato que mezcla el amor trunco de Mandriotti con una mujer casada en Puerto Rico, el regreso del esposo luego de cubrir el conflicto desde Vietnam, la vuelta del amigo de Sandro a la Argentina, una foto en un diario y Sandro para captar todo y escribrle ese tema, que se transformó en hit.

La canción del Papa
Un año antes, en 1987, Juan Pablo II visitó por segunda vez la Argentina. La Iglesia quiso una canción de bienvenida. Mandriotti y el Bebe Mauro fueron convocados. El tema se llamó “Bienvenido”, y su destino dependía de un filtro inflexible: la Conferencia Episcopal Argentina. El momento clave llegó cuando los obispos escuchaban atentos la canción. Mandriotti espió los gestos. Primatesta comenzó a mover la pierna, marcando el ritmo. Aramburu, en cambio, murmuró: “Raúl, esto no va”. La respuesta fue tajante: “Esto es para jóvenes. La otra vez hubo pocos jóvenes viendo al Papa. Hay que aprobarlo”. Y así fue.
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La canción cruzó los templos y se metió en las tribunas: su estribillo —“Bienvenido, bienvenido aquel que llega en nombre del Señor”— fue adoptado por las hinchadas de fútbol en sus cánticos de guerra.
Una cruzada
“El quinto jinete del Apocalipsis” no fue solo un espectáculo. Fue un gesto cultural, político y emocional. Una canción que unió al Estado, a la cultura popular, a los medios, a los artistas y a una generación entera bajo una bandera inusual: el combate contra la droga desde el arte. Con Sandro al frente, como voz y símbolo.
Ese jinete aún cabalga.
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