Era una deuda pendiente. Un mito atrapado entre viñetas, en blanco y negro. El Eternauta, la historieta argentina por excelencia con textos de Héctor Oesterheld y dibujos de Francisco Solano López, encontró por fin su forma audiovisual. Lo hizo en la madrugada del miércoles, con un lanzamiento global a través de Netflix. Seis episodios que reimaginan la odisea de Juan Salvo en una Buenos Aires actual, donde una nevada letal anticipa el fin del mundo.
La serie fue creada y dirigida por Bruno Stagnaro —el mismo que convirtió Okupas en un fenómeno—, y escrita junto a Ariel Staltari, quien también actúa y se convierte así en una pieza vital de esta maquinaria emocional, política y cinematográfica. La colaboración contó con el aporte clave de Martín M. Oesterheld, nieto del autor original, como guardián del legado.
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En una conversación íntima con Infobae en Vivo, Staltari se permitió desarmar su emoción y mostrar las entrañas de un proceso que lo marcó. “Mi personaje es nuevo dentro de lo que es la historieta. Viene a romper el equilibrio del grupo de amigos, de investigar, de buscar, a meterse en cosas que no debería. Pero con el correr de la historia va entrando en ese núcleo de amistad”, explicó.
Ese personaje inédito no es un capricho. Es un testimonio del riesgo que asumieron como creadores: tocar una obra sagrada sin traicionar su esencia. “Tenemos que estar a la altura de personas que ya se apropiaron de la historieta y sienten un amor profundo por ella”, confesó con respeto.
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Staltari recuerda que, aunque había leído El Eternauta de joven, no había comprendido su densidad hasta que Stagnaro le propuso unirse al proyecto. “Me adentré en las entrañas de este mundo y me pareció maravilloso”. Desde entonces, todo fue entrega, obsesión, responsabilidad. “Y empecé a recorrer el camino, de estar a la altura de las expectativas”.
Habla de Stagnaro con admiración y devoción. Lo ve como un guía, casi como una figura mística: “Bruno es como un maestro que me pone la vida. Yo creo en lo energético, y en ese plano creo que apareció este hombre para ir marcándome el camino”. Porque no es la primera vez que cruzan sus destinos. Fue también Stagnaro quien lo descubrió para Okupas, allá por el año 2000.
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“Tenía 26 años. Fue el inicio de mi carrera, mi primer trabajo”, recuerda Staltari sobre el inolvidable Walter, el rollinga de la serie. Su historia no viene del teatro independiente ni de las escuelas de arte: es hijo de comerciantes, y el oficio lo encontró casi por azar. “Ahí apareció mi vida artística, que hoy se transformó también en una vida de guionista, en una vida de docente de teatro. Tengo mi propia escuela”.
Pero el camino no fue recto. “Después de eso hubo una caída. Me costó volver a tomar impulso”. Años más tarde, volvería a cruzarse con Bruno para Un gallo para Esculapio, donde también fue guionista. “Ahí descubrí este nuevo y maravilloso oficio”.
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Hoy lo encuentra El Eternauta en plena madurez artística, en un proyecto que, asegura, es “un lugar en el que hubiese querido estar cualquiera del mundo de la ficción”. Lo sabe, lo repite con orgullo: “Se intentó muchas veces. Hubo gente talentosa que quiso hacer esto. Y que nos haya tocado a nosotros es espectacular”.
En su celular suenan notificaciones sin parar. “Estoy viendo mensajes afectuosos, críticas lindas. Entonces decís: ‘bueno, aparentemente parece que hicimos bien las cosas’”. Las primeras devoluciones llegan incluso desde España, donde la historieta tuvo un gran impacto en los años 70. Un crítico le dedicó catorce minutos de análisis. Un gesto de validación internacional para una obra nacida en las entrañas del Gran Buenos Aires.
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Pero Staltari no pierde de vista el contexto. La industria audiovisual argentina atraviesa uno de sus momentos más difíciles. “Está duro. Tengo muchos amigos, colegas, gente muy talentosa que está a la espera”. Frente a ese panorama, El Eternauta se vuelve símbolo: si le va bien, puede abrir puertas. “Hoy sí se necesita más que nunca la salida colectiva. Esperamos que esto pueda empezar a abrir puertas”.
La ciencia ficción, dice, nunca se hizo así en Argentina. Quizás por falta de medios. Quizás por miedo. Hoy, gracias a un proyecto soñado, El Eternauta vuelve a caer como la nieve. Pero esta vez, en forma de oportunidad.
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Una oportunidad para todos.
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