
Amado y odiado. Admirado o cuestionado. Polémico, irreverente, controvertido, reivindicado, popular. Más allá de los adjetivos que acompañan su nombre y su obra, Ricardo Iorio nunca pasó desapercibido. Para cuando levantó su perfil mediático, en una serie de apariciones televisivas que trascendieron el ámbito musical, tenía ya 30 años de música en sus espaldas en los que había firmado las canciones de la patria metalera. Alejado hace tiempo de las luces del centro, siguió tocando por todo el país y renovó su público entre los jóvenes que crecieron escuchando sus proezas. Su muerte causó conmoción en la música argentina y dejó huérfana a una tribu que luchó por el metal enarbolando sus canciones y hoy lo llora.
Ricardo Iorio nació el 25 de junio de 1962 y creció en la zona sur de Caseros. Y ese ámbito suburbano y fabril no iba a tardar en aparecer en sus canciones. En su casa la disciplina era férrea y el estudio era sagrado, y sus padres se lo hacían saber a su manera: “Creo que si a la generación a la que pertenezco nos hubieran dado tiempo de buscar una orientación en lugar de obligarnos a ir a la escuela, todo hubiera sido más positivo”, reflexionó en declaraciones a su biografía El perro cristiano.
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En su adolescencia se ganó el apodo de “papero” ya que su padre tenía una verdulería y él lo ayudaba a atender, además de que muchas veces solía acompañarlo por las mañanas a buscar mercadería al Mercado Central. Por entonces, la música era una elección y el metal una escuela de vida. Con su gran amigo Chofa Moreno formó Conexión Humana, que fue el puente para dar forma a V8 y con las cuatro cuerdas de su bajo iba a sostener la música pesada de las próximas cuatro décadas.
Tuvo su primera irrupción ante el gran público en el Festival BARock en 1982, con la recordada actuación de V8. El grupo integrado por Beto Zamarbide, Osvaldo Civile y Gustavo Rowek puso la piedra fundamental de un movimiento todavía subterráneo que empezaba a adquirir visibilidad. Con su primer álbum, Luchando por el metal, y canciones como “Destrucción”, “Parcas sangrientas” o “Muy cansado estoy” le iban a poner palabras y melodías a las tachas y las camperas de cuero.
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Lograron un sitio periférico en la grilla gracias a la gestión de Pappo, suerte de padrino artístico del grupo. Cuando no los atacó con silbidos o cualquier tipo de objetos, el público le dio la espalda salvo por un grupo de heavies entusiastas. Antes del último tema, Iorio se acercó al micrófono y dio un anticipo de que la corrección política no iba a ser lo suyo: “Parcas sangrientas y los hippies que se mueran”, gritó, y fue directo al anecdotario del festival.

Con la separación del grupo, fundó Hermética, con Claudio O’Connor, Antonio Tano Romano y Fabián Spataro, en su primera formación, luego reemplazado por Tony Scotto. Fue su camino a la masividad y la que terminó de moldear su figura artística, con letras ancladas en la vida obrera y suburbana, como “Por las calles de Liniers”, “Del camionero” o “Gil trabajador”. Tocaron a lo largo y lo ancho del país, nucleando un grupo de seguidores incondicionales. Fueron de los pubs a Cemento y a Obras y de la cárcel de Olmos a telonear a grandes de la música pesada, como Motorhead o Black Sabbath.
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Editaron tres álbumes -Hermética, Víctimas del vaciamiento y Ácido argentino- y un maxi de covers -Intérpretes- en el que Ricardo ya mostraba su estirpe tanguera y perspicaz poniéndole su voz a “Cambalache”. En el momento de mayor popularidad del grupo, las diferencias internas se hicieron insostenibles. O’Connor, Romano y el baterista Pato Strunz formaron Malón. Iorio pegó un volantazo y empezó un nuevo camino.
A principios de 1995 dio vida a Almafuerte, con el guitarrista Claudio Tano Marciello y el baterista Claudio Cardacci. Con un estilo más cancionero sin perder la esencia metalera, trascendió definitivamente las fronteras del género y encontró su definitiva estatura de compositor. Discos como Almafuerte, A fondo blanco, Piedra libre o Toro y pampa marcan lo más alto de una producción constante en estudios y escenarios, con el que dejó temas como “Triunfo”, “A vos amigo”, “Sé vos” o “Toro y pampa” hasta que anunció la disolución en 2017 para enfocarse en su camino solista.
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A partir de los 2000, la figura de Iorio dejó de ser patrimonio exclusivo de las brigadas metálicas. Así de polémico como había sido con sus canciones y sus decisiones artísticas, lo fue a la hora de opinar sobre los temas más diversos y algunas de sus declaraciones generaron repudio. La aparición en 2012 en el programa de su amigo Beto Casella lo terminó de hacer una figura pública y mucha gente lo descubrió allí.
Por entonces, Iorio ya vivía en el campo, en el partido de Coronel Suárez, y desde allí pivoteaba su carrera artística. Asentó su perfil campestre, grabó un álbum de clásicos del rock nacional (Ayer deseo, hoy realidad), otro con Tangos y milongas y uno más ecléctico (Atesorando en los cielos) con temas propios y versiones desde Black Sabbath a Roxette. El disco Avivando la llama de la ley natural, grabado en vivo y sin público el Teatro Flores durante la cuarentena, sintetiza esta parte de su carrera.
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Hacía tiempo que Iorio había dejado a un lado el bajo, para centrarse en su oficio de cantor y llevar su obra por todo el país. Al momento de su muerte, realizaba la serie de conciertos Unas estrofas más - Gira Federal 2023, cuyo nombre a la distancia suena como una despedida. El 14 de octubre, diez días antes de su muerte, dio su último concierto en el anfiteatro Humberto de Nito, en Rosario.
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