
Tenía 75 años. Y había filmado 80 películas entre las que figuraban La cigarra no es un bicho, El profesor Hippie, Don Juan Tenorio y Los chicos crecen, entre muchas otras. Sin embargo, Luis Sandrini no tenía ninguna intención de retirarse. “Mientras el cuerpo aguante” era su frase de cabecera. De hecho, un día antes de sufrir ese accidente cerebrovascular que lo dejó en coma, había terminado de rodar la película ¡Qué linda es mi familia! Por eso, había decidido ir a disfrutar de una salida con amigos aprovechando su tiempo libre. Era el 18 de junio de 1980. De pronto, comenzó a torcer la boca al hablar. En un principio, todos pensaron que se trataba de una broma del que muchos señalaban como “el Charles Chaplin argentino”. Pero no. Así que lo llevaron de urgencia al Sanatorio Güemes, donde quedó internado en terapia intensiva hasta el 5 de julio cuando falleció.
“No le tengo miedo a la muerte. Pienso, la imagino... De antes de nacer no me acuerdo nada. Creo que tampoco te vas a acordar de nada después de que te morís. Cuando nacés lo primero que hacés es llorar. Cuando te morís, lloran los demás, si es que alguno llora”, había dicho el actor en una entrevista que brindó apenas un año antes. Cuando la idea de la muerte, todavía, le parecía algo lejano. Y cuando los proyectos seguían ocupando para él un lugar prioritario.
Hijo del actor Luis Sandrini Novella y Rosa Lagomarsino, Luisito había nacido el 22 de febrero de 1905 en la ciudad de Buenos Aires, pero había crecido en San Pedro. Y allí, siendo todavía un niño, había comenzado a trabajar como payaso en un circo junto a sus padres.
Con el tiempo se recibió de docente. No obstante, siguiendo su pasión por la actuación, en 1927 fue a ver con una carta de recomendación al productor Leandro Reynaldi, quien lo contrató para debutar en la obra Gallo ciego, de Otto Miguel Cione. Los cinco pesos por día que cobraba apenas le alcanzaban para subsistir. Pero él iba feliz a ese teatro montado en un terreno baldío repleto de pastizales, soñando con el momento en que se convertiría en un galán.

En 1931, en tanto, Sandrini comenzó una amistad con la actriz Chela Cordero. Ella le dio una gran mano al sumarlo a la compañía de Enrique Muiño y Elías Alippi cuando él todavía era un desconocido en el medio. Y hasta, dicen, se hizo cargo de aportar su sueldo para que le dieran el empleo. Al año siguiente se casaron. Pero, evidentemente, el amor de Luis hacia ella se fue diluyendo a medida que empezó a crecer en su carrera profesional. Y terminó pagándole de la peor manera a la mujer que tanto lo había ayudado, ya que, tras un viaje de un par de días al Uruguay por razones de trabajo, terminó enterándose de que su esposo había iniciado un romance ni más ni menos que con Tita Merello.
Claro que el hecho de haberse enamorado perdidamente de Sandrini tampoco fue lo más sano en términos emocionales para la intérprete de Se dice de mí. Ambos se habían conocido durante el rodaje de la película Tango!, que se estrenó el 27 de abril de 1933. Y, desde entonces, ninguno de los dos pudo controlar sus sentimientos. Sin embargo, recién se supo públicamente de esta relación muchos años después, más precisamente en 1942, cuando la cantante lo presionó para que se fueran a vivir juntos. Por aquellos tiempos, el concubinato estaba mal visto por la sociedad. Pero, dadas las circunstancias, Luis se decidió a divorciarse de Cordero, que estaba desvalida y pasando su peor momento económico, y apostó a su nueva pareja. Aunque, cabe aclararlo, jamás estuvo entre sus planes la idea de ser un hombre fiel.

Los rumores sobre las aventuras amorosas de Sandrini siempre llegaban, de una u otra manera, a los oídos de Tita. Ella lo increpaba. Y sufría. Pero no podía separarse de él. Tampoco era capaz de exigirle nada. Lo había idealizado demasiado. Y priorizaba su felicidad y su crecimiento por sobre lo suyo. A tal punto que se resignó a no casarse ni tener hijos. Y, cuando en 1946 a él lo contrataron para filmar una serie de películas en México, no dudó en interrumpir su exitosa carrera solo para acompañarlo.
Cuando regresaron a la Argentina en 1948, sin embargo, la Merello recibió la propuesta de Eduardo de Filippo para protagonizar la obra Filomena Marturano en el Politeama, en plena Calle Corrientes. Y, pese a que era una gran oportunidad para ella, Sandrini quiso que la rechazara para acompañarlo a él a España, donde le habían ofrecido rodar la película Olé, torero, de Benito Perojo, junto a Paquita Rico. Pero la cantante hizo un clic. Estaba muy cansada de sus humillaciones. Así que decidió quedarse. Y él, como represalia, dio por finalizada la relación.

Sin reparar en el dolor que le había provocado a Tita, quien siguió amándolo hasta el final de sus días, a su regreso al país en 1949 Sandrini conoció a la actriz Malvina Pastorino. En aquel momento, ella se encargaba de hacer reemplazos y, cuando fue convocada para la obra Cuando los duendes cazan perdices, que encabezaba Luis en el Teatro Smart, se negó con insultos a aceptar la propuesta. Pero él la convenció con su humor. Y finalmente, ambos entablaron una amistad que al año siguiente y tras una gira por Montevideo se convirtió en un noviazgo. Se casaron vía Uruguay en 1952, ya que en la Argentina todavía no existía el divorcio vincular. Tuvieron dos hijas: Sandra y Marina. Y permanecieron juntos hasta que, finalmente, la muerte de él los separó.
“Si me muero dejo lo más importante para mí: mi familia. Tengo una linda familia. A Malvina la encontré cuando más la necesitaba. El actor también necesita una familia. Y, además, la mujer es el mejor amigo del hombre. Los hijos, prácticamente, son patrimonio de la madre. Pero ella a mí me ayudó mucho, mucho. Y un actor también necesita que lo ayuden, necesita un clima feliz. Sobre todo un actor cómico. Es muy difícil repartir humor, buen humor, no siendo feliz”, había asegurado Sandrini imaginando el día de su partida.
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