Daniel Feierstein: “No se pueden pensar todas juntas las responsabilidades de la sociedad frente al genocidio, hay que distinguir”

En su nuevo libro “Culpas y responsabilidades”, que cierra la trilogía sobre la elaboración del genocidio perpetrado en la Argentina durante la última dictadura militar, el investigador invita a reflexionar sobre el comportamiento de los diferentes actores sociales y sus consecuencias; sobre cómo gestionamos lo sucedido y qué hacemos con eso las generaciones posteriores; llama —principalmente a académicos, educadores y comunicadores ocupados en abordar y transmitir diferentes aristas de ese período— a pensar cómo contamos lo que contamos y a hacernos cargo de nuestras acciones

Daniel Feierstein (Paula Conti)
Daniel Feierstein (Paula Conti)
Guardar

“La pregunta por la cuestión de las responsabilidades en el contexto de un genocidio no es nueva ni especialmente original. Pero el modo de abordarla importa”. Así, con dos frases precisas, una sentencia contundente, Daniel Feierstein abre el libro que le da cierre a un trabajo de investigación y análisis de veinte años.

Feierstein es sociólogo, doctor en Ciencias Sociales, especialista en el estudio de las prácticas genocidas y los procesos de memoria. Es investigador del CONICET, docente de grado y posgrado, director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la UNTREF, y del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Presidió la Asociación Internacional de Investigadores sobre Genocidio entre 2013 y 2015, y asesoró a las Naciones Unidas en asuntos de derechos humanos, genocidio y discriminación. Cuenta con más de una decena de libros publicados e innumerables artículos traducidos en múltiples idiomas.

PUBLICIDAD

Su dedicación a los derechos humanos y, particularmente, a las prácticas genocidas, es dice, la historia de su vida. Y se vincula directamente al momento en el que se encontraba cuando irrumpió el golpe de Estado de 1976; a ser parte, como se define, de la generación “1,5”, la clasificación que toma de la académica estadounidense nacida en Hungría, Susan Suleiman. “[Ella] dice que en los procesos genocidas ocurre algo, que sería aplicable a otros hechos también, que tiene que ver con que hay generaciones que quedan en el medio. Y por eso las llama —y es gracioso— 1,5 (dice que podría ser 1,3 o 1,7). Ella lo está pensando en el caso del nazismo, pero es absolutamente aplicable a la Argentina. Y explica: ‘Son los que estaban vivos cuando esto ocurrió y, por lo tanto, no son la generación de los hijos porque ya estaban ahí, pero no eran lo suficientemente grandes para poder hacerse cargo de las consecuencias de sus acciones’. Entonces, dice, ‘están como a caballo entre los que vivieron los hechos y sus hijos’. Eso a mí me impactó mucho porque, cuando uno toma los niveles de Suleiman, yo caigo en el medio exactamente. Nací en el 67, cuando se dio el golpe era muy chico, tenía 7, 8 años; cuando terminó la dictadura ya estaba militando, ya tenía 14. Entonces estoy ahí: ¿soy la generación que vivió los hechos?, no exactamente, porque en lo más duro de la dictadura era muy chico, no puedo decir qué hice o qué no hice con 7 u 8 años. Ahora, cuando termina la dictadura, los últimos años, ya sí puedo hacerme cargo. Lo que va a plantear Suleiman es que esa generación tiene un rol muy particular porque, al estar en diálogo con la primera y la segunda, al estar a caballo entre las dos, puede jugar de polea de transmisión entre los problemas; y me parece que eso es muy rico para pensar cómo dialogan las generaciones. Y para explorar también esto que se propone en el último capítulo del libro: cómo se juega esa lógica de transmisión en una sociedad”.

El haber quedado en esa franja que cruza a la generación atravesada por los hechos, es decir, quienes eran jóvenes o adultos en 1976, y a la que vendría después, la de los hijos de ese proceso social, le permitió cierta distancia para leer lo sucedido de otra manera: comprendiendo mucho de lo que les ocurrió a quienes lo vivieron directamente y también muchas de las preguntas de los que aún no habían nacido pero llegaron durante ese suceso o poco después. En “ese diálogo transgeneracional”, en ese rol de “polea de transmisión”, desarrolló su carrera a la par de su vida: diseccionando el período de la desaparición, la tortura y la muerte en serie, y su elaboración en la memoria de la sociedad.

PUBLICIDAD

Daniel Feierstein
“Culpas y responsabilidades” es el nuevo libro de Daniel Feierstein, con el que cierra la trilogía sobre la elaboración del genocidio perpetrado en la Argentina durante la última dictadura militar

Una familia con experiencia militante; una militancia temprana, que comenzó en los últimos años de la dictadura, signada por los derechos humanos y el reclamo por la aparición con vida de los desaparecidos, en el Centro de Estudiantes del ex Colegio Nacional de Vicente López —ahora Escuela de Educación Secundaria N° 6 “Juan Pablo Duarte y Diez”—; una inquietud en medio de la carrera de Sociología que lo llevó a cuestionar “la que era en ese momento la visión hegemónica del nazismo: la angelización de las víctimas, la idea de que los judíos fueron llevados a los campos de exterminio como ovejas al matadero y de que los perpetradores estaban todos locos”, lo condujeron a estudiar el genocidio nazi: “Mis primeros libros, Cinco estudios sobre genocidio, Seis estudios sobre genocidio, son de investigación de la resistencia judía en el nazismo: parte del eje era mostrar que la resistencia no había sido solo en Varsovia, que en prácticamente todos los lugares se había articulado una resistencia judía, que en muchos lugares había sido una resistencia armada, y abordar qué discusiones se habían dado, qué habían aprendido en ese proceso”. Y esas formulaciones lo condujeron luego, junto con los procesos que comenzaban a vivirse en el ámbito de los derechos humanos —las denuncias de los exdetenidos desaparecidos y los testimonios y causas que empezaban a alumbrar—, a volcar su trabajo a la experiencia concentracionaria argentina “para pensar en la posibilidad de juzgar y en la calificación de [ese proceso] como genocidio”.

Todos los caminos que convergieron derivaron en décadas de trabajo que arrojarían, entre otros textos, una trilogía sobre la elaboración de ese período. Una empresa que se le apareció clara en el horizonte y que culmina con este libro, Culpas y responsabilidades, dos décadas después de haber comenzado.

—Era un proyecto muy ambicioso, respecto al que decía: “No sé cuánto me va a llevar”. Todos me respondían “estás del tomate”, cuando yo planteaba en el 2008: “Quiero escribir tres libros con estas tres dimensiones, va a ser una trilogía”. Era como una cosa enorme. Y de hecho, sí, fue muy ambicioso y me llevó un montón de años.

En un café de la Avenida Los Incas, el sociólogo repasa los dos volúmenes anteriores y cómo conducen a este último; desgrana los conceptos e ideas principales que aborda, con los que ofrece nuevas herramientas para continuar con la elaboración del genocidio más lacerante que marcó a la sociedad argentina; y siembra en la ciudadanía —especialmente en quienes nos dedicamos a investigar y retransmitir ese proceso— una responsabilidad insoslayable: la de hacernos cargo de nuestras acciones. Las de antes, las de ahora.

Daniel Feierstein comenzó sus estudios sobre genocidio investigando la resistencia judía durante el nazismo. Esas formulaciones lo conducirían luego, junto con los procesos que comenzaban a vivirse en el ámbito de los derechos humanos, a volcar su trabajo a la experiencia concentracionaria argentina
Daniel Feierstein comenzó sus estudios sobre genocidio investigando la resistencia judía durante el nazismo. Esas formulaciones lo conducirían luego, junto con los procesos que comenzaban a vivirse en el ámbito de los derechos humanos, a volcar su trabajo a la experiencia concentracionaria argentina

—¿Cómo pensaste, en el comienzo, los tomos que forman la trilogía, las dimensiones que iba a abordar cada uno? ¿Cómo dialogan entre ellos y conducen a este último libro?

—El asunto es así: el primer tomo, Memorias y representaciones, lo que buscaba era pensar en esta complejidad, incluso de lo transdisciplinario, sobre cómo se construyen nuestras representaciones de la realidad y cómo esas representaciones están afectadas cuando sufrimos una situación traumática de semejante nivel de terror. Entonces el libro va recorriendo distintas perspectivas disciplinares para pensar los procesos de representación y llegar a un último capítulo que las pone en relación al genocidio. El primer capítulo es neurocientífico, el segundo es psicoanalítico, el tercero es histórico-filosófico, para llegar a la mirada sociológica que trata de articular todos los niveles que influyen en cómo nos representamos la realidad. El segundo tomo, Juicios, tiene que ver con nuestra facultad de juzgar. Es un tomo, sobre todo, de filosofía del derecho, que era algo que no estaba en el primero. Habla acerca de cómo construimos el juicio moral. Es mi libro más piagetiano, podría decir, porque Piaget fue central en mi formación con sus estudios sobre cómo los niños construyen el juicio moral y cómo eso nos da una sucesión de niveles en nuestro desarrollo a lo largo del tiempo. Es sobre teoría epistemológica, filosofía del derecho, y después (porque es un libro del 2015) retomo toda la experiencia de juzgamiento, tanto a nivel internacional como en Argentina. La discusión sobre los modos de calificación de lo sucedido aparece como un balance en Juicios: ¿qué pasó con la categoría de genocidio? ¿Qué pasó con la de crímenes contra la humanidad? ¿Qué pasó con la de terrorismo de Estado? ¿Qué pasó con la de guerra? Entonces, una vez que dijimos “esto está bien, esto está mal”, me pregunto qué voy a hacer para reparar todo aquello que hice o que no hice, todo lo que está mal. Esa es la dimensión de la responsabilidad. Esas son las tres dimensiones que identifiqué: la de las representaciones que involucran a la memoria, que es cómo construimos, cada uno de nosotros, la imagen de lo que pasó, cómo nos narramos lo que pasó; la facultad de juzgar, que es esta segunda que va mucho más allá del juicio jurídico, es la facultad de decir qué está bien, qué está mal; y la tercera, que es la que aparece ahora en Culpas y responsabilidades, que me parece fundamental: la posibilidad de hacernos cargo de las consecuencias de esa facultad de juzgar.

—Creo que lo que más interpela de este último tomo es que es también una invitación a que la sociedad toda se pregunte por sus acciones y se haga cargo, que piense en su responsabilidad desde el lugar que le tocó y le toca a cada quien. No solo a los que vivieron la dictadura y estuvieron involucrados o vinculados de alguna forma, sino a los que hoy son (somos) los responsables de reconstruir y transmitir lo ocurrido: mencionás a comunicadores, personas que trabajan en la cultura, en los museos sobre memoria, jueces, periodistas, académicos… Nos llama a todos a la autoevaluación y, desde ahí, moviliza. Porque en general, cuando se habla de culpas y responsabilidades se piensa en las de los perpetradores y sus principales cómplices y, en otra dimensión, en las que se le atribuyen a los miembros de las organizaciones armadas.

—Parte de un proceso de proyección que hacen las sociedades genocidas, y fue muy fuerte en la Argentina, es creer que la discusión más importante (que mueve también la cuestión del morbo) es la de la culpa y las responsabilidades de quienes estuvieron detenidos en un campo de concentración. En todo mi trabajo digo: esa es la mirada más fácil y es un proceso de proyección. Lo que me quiero preguntar es por la culpa y las responsabilidades de todos los demás. Proyectando la culpa hacia los otros, discutiendo sobre la de los otros, yo no discuto la mía.

Daniel Feierstein
En "Memorias y representaciones", el primer libro de la trilogía, Feierstein estudia, mediante un abordaje transdisciplinario, "cómo se construyen nuestras representaciones de la realidad y cómo están afectadas cuando sufrimos una situación traumática de semejante nivel de terror", "cómo nos narramos lo que pasó"

—La culpa siempre es del otro.

—Claro. Entonces la idea de este tercer volumen fue retomar el trabajo de Karl Jaspers [N. de la R.: psiquiatra y filósofo alemán y suizo, referente en la reconstrucción académica de la Alemania de posguerra. Frente a lo sucedido durante el nazismo, examinó la responsabilidad de la sociedad alemana como un todo], más allá de hacerle una cantidad de modificaciones que creo que permiten estos setenta años que pasaron desde que él elaboró sus formulaciones, que creo brillantes. Jaspers, lo primero que plantea, que yo retomo, es que no se pueden trabajar todas juntas las responsabilidades de la sociedad, hay que diferenciar: no es lo mismo. En esta idea de “todos fuimos responsables” o “nadie fue responsable porque estábamos todos aterrorizados”, se iguala lo que es cualitativamente distinto. Entonces, no se puede igualar, no se pueden trabajar todas juntas: “todos nos arrepentimos”, “todos nos reconciliamos”. Hay que empezar a distinguir. En esa distinción él diferencia cuatro categorías. Yo también tomo cuatro, pero no son las mismas cuatro. La primera sí es idéntica: son las responsabilidades criminales, es decir, las de todos aquellos que llevaron a cabo acciones que están penadas por el sistema penal. Incluso hay algo muy rico del alemán que tiene dos palabras distintas para la noción de responsabilidad que no son traducibles, que son haftung y verantwortung, él las usa de modo muy distinto, y en ese primer nivel él usa haftung, que sería como la responsabilidad objetiva, que es: si vos tenés una responsabilidad que es haftung, ese tipo de culpa criminal se salda ante la Justicia, tenés que rendir cuentas de lo que hiciste y vas a ser sancionado por aquellas violaciones a la legislación. Ese es el modo en que construimos el lazo social. Después podés arrepentirte, pero lo primero es rendir cuentas en ese sentido.

La segunda es la más interesante, a mi modo de ver, porque resuelve montones de cosas que en general en las sociedades posgenocidas no están resueltas. Jaspers se pregunta qué hacemos con los que tenían una función que podría haber evitado, bloqueado, complicado el desarrollo del genocidio y no la ejercieron. Él la llama responsabilidad política, pero para mí es muy confuso eso porque para nosotros responsabilidad política es la de los empresarios, es una responsabilidad que, en definitiva, es criminal. Por eso lo pensé más como responsabilidad funcional, que incluye al que tenía una función que podría haber puesto en juego, de alguna manera, para impedir o dificultar el genocidio y no la desempeñó. Y entonces Jaspers dice: “No los podemos condenar jurídicamente porque no cometieron ningún delito. Ahora, eso no quiere decir que no tengan que hacerse cargo”. Para él hacerse cargo es que pierdan la legitimidad para el ejercicio de su función. Algo que en Argentina hubiese sido otra historia, que fue lo que los organismos de derechos humanos le pidieron al Gobierno de Alfonsín y no hizo: que todo aquel que fue juez en la dictadura no pueda seguir siéndolo porque perdió la legitimidad, porque fue cómplice de la persecución. Si fue cómplice, si llevó a cabo acciones que legitimaron los secuestros, eso tiene una responsabilidad criminal, como fueron juzgados algunos jueces. Pero Jaspers no está pensando en esos jueces sino en todos los otros, en los que no cometieron una acción criminal porque de pronto no les llegó un caso, pero sabían lo que estaba pasando y no hicieron nada. Entonces, fijate cómo a los que estaban en los campos les exigimos un montón de cosas pero a los que estaban afuera no.

Daniel Feierstein: "Parte de un proceso de proyección que hacen las sociedades genocidas es creer que la discusión más importante es la de la culpa y las responsabilidades de quienes estuvieron detenidos en un campo de concentración. Esa es la mirada más fácil. Lo que me quiero preguntar es por la culpa y las responsabilidades de todos los demás" (Paula Conti)
Daniel Feierstein: "Parte de un proceso de proyección que hacen las sociedades genocidas es creer que la discusión más importante es la de la culpa y las responsabilidades de quienes estuvieron detenidos en un campo de concentración. Esa es la mirada más fácil. Lo que me quiero preguntar es por la culpa y las responsabilidades de todos los demás" (Paula Conti)

—¿Qué sucede con esta segunda categoría de responsables que no cometieron actos criminales pero tampoco ejercieron su rol de manera ética, ni hicieron nada para impedirlos?

—La primera respuesta que suele darse ante eso es: “Bueno, pero entonces tenían que ser héroes, porque si hubiesen actuado los hubiesen asesinado a ellos también”. Y Jaspers dice algo buenísimo que es: “No hay dos alternativas ante esas situaciones, hay tres”. Esto es: vos podés ser un héroe, que es lo que se espera de ese rol: “jugá tu rol y lo que te toque te va a tocar, porque para eso sos juez”; vos podés ser cómplice y decidir no hacer nada; pero vos también podés renunciar. Si vos no podés ejercer tu rol de juez… Vale para el periodista también.

—Te iba a preguntar si se aplicaba lo mismo.

—Si vos no podés ejercer tu rol de juez o de periodista, entonces no podés seguir haciendo como si fueras juez o como si fueras periodista y no hacer lo que tendrías que hacer. Si no te da para la acción heroica, por lo menos te puede dar para la renuncia, te vas a trabajar de otra cosa. A los que renunciaron no los persiguieron. Esto fue así para los militares también. Los militares que renunciaron en la dictadura, y lo mismo en el nazismo, no fueron perseguidos. Los que se opusieron, obviamente sí, pero los que renunciaron no. Entonces, si vos elegís la comodidad de seguir en tu rol, aunque no puedas ejercer tu rol, nos estás engañando a todos porque estamos haciendo como que hubiera jueces pero no hay jueces. Esa dimensión, dice Jaspers, se resuelve con la inhabilitación por la pérdida de legitimidad: si cuando te necesitábamos como juez o como periodista o como lo que fuera, no pudiste hacerlo, bueno, vos no lo podés hacer nunca más.

Después hay un tercer nivel que es el de la responsabilidad, yo la llamé comunitaria. Que esa sí es la de cada ciudadano que también podría haber hecho algo. Jaspers ahí es muy duro, dice: “Si quedaste con vida es porque no hiciste todo lo que podrías haber hecho”, es durísimo. Ahora, ahí es interesante porque dice: “De ninguna manera se te podría juzgar, ni siquiera se te va a inhabilitar porque no existe inhabilitarte como ciudadano. Esa es la dimensión del arrepentimiento”. Ahí sí nos podemos arrepentir. Los de las primeras dos responsabilidades, si se arrepienten o no será posterior, antes de arrepentirse tienen cosas que pagar a nivel jurídico o a nivel de la inhabilitación, mientras que el tercer nivel sí es el propio de la revisión moral, podríamos decir, la revisión crítica: ¿qué pude hacer?, ¿qué no pude hacer?, ¿cómo me voy a hacer cargo de eso?, ¿qué hago con eso después?, ¿a quién me puedo acercar para pedirle perdón por eso que hice? Esa es la dimensión del arrepentimiento. Y en la cuarta, Jaspers se mete en un ámbito que no es el mío, que no me interesa, que es más metafísico. Pero yo sí identifico una cuarta de la que él nunca habla, que es la responsabilidad representacional: esta abarca a quienes jugamos un rol en esa disputa por el sentido, en cómo nos representamos lo que pasó. Y, particularmente, en ciertos ámbitos, sobre todo la academia y el periodismo. Entonces, lo que creo es que en esa dimensión uno debe hacerse cargo de las consecuencias de lo que hace. Porque lo que a mí me preocupa mucho de ambos ámbitos hoy es justamente la irresponsabilidad, esto de decir: “Ah, yo investigo esto, a mí lo que me interesa es descubrir ‘la verdad’, las consecuencias que produzca mi investigación no son mi problema”. Y yo digo: sí son tu problema. Entonces, si vos investigás esto en un sentido académico o en un sentido periodístico o en un cruce de ambas, el efecto que produce tu trabajo es tu responsabilidad, vos no podés no hacerte responsable de sus consecuencias. Lo que no quiere decir que vas a distorsionar la verdad, sino que tenés que tener cuidado con cómo lo vas a transmitir, cómo lo vas a hacer. Que por supuesto te podés equivocar, y todos tenemos derecho a equivocarnos, pero una cosa es equivocarse y otra ser irresponsable. Una cosa es creer que va a producir tal efecto y que produzca otro, y otra cosa es ni siquiera preguntarte por el efecto que va a producir.

Daniel Feierstein
El segundo tomo de la trilogía, "Juicios", "tiene que ver con nuestra facultad de juzgar", dice Feierstein. "Habla acerca de cómo construimos el juicio moral"

—Es complejo esto. Como sucede en otros ámbitos, quienes investigamos los hechos vinculados a la represión dictatorial sabemos que existieron situaciones casi esquizofrénicas, muy difíciles de explicar y elaborar. Lo que se logra con el tiempo, con el cambio en la construcción de sentidos y la aparición de estos nuevos conceptos y categorías para analizarlos, pero sigue siendo una tarea desafiante.

—Sí. Para hacerlo hay caminos que para mí son muy problemáticos y después un camino que es más difícil, pero creo que es el mejor, que es el de hacerse responsable. Los caminos problemáticos son: “Como esto es complicado, hay ciertos hechos que los saco del medio”, pero también el de decir: “Yo soy periodista, persigo la verdad, pongo todo ahí y que cada uno vea qué es esto”, o sea, hacerse irresponsable de que eso va a ser utilizado por un montón de facciones que están buscando otra cosa. Entonces, me parece que el camino de hacerse responsable es tener en la cabeza las distintas opciones de cómo puede ser utilizado lo que vas a hacer y hacerlo de tal manera de quitar herramientas para que sea utilizado de una forma perniciosa. Hay muchos modos de contar la misma historia. Entonces la pregunta es: ¿cómo la vas a contar? Ese cómo la vas a contar es crucial y en ese cómo la vas a contar, que es a lo que alude la responsabilidad representacional, hacerte cargo es ponerse en la cabeza de otros, hacerse cargo de cómo eso puede ser utilizado por aquellas facciones que te parece bien que lo utilicen, cómo eso puede cobrar potencia para hacer un trabajo crítico dentro de los propios organismos de derechos humanos, que es algo que necesitamos, o cómo eso puede ser utilizado para demoler el respeto moral construido en los organismos, y tratar de que eso ocurra en el menor nivel posible. Es imposible tener todas las respuestas, por lo tanto, todos tenemos derecho a equivocarnos, pero para mí es absolutamente legítimo equivocarse si se piensa, primero, en todas las opciones y se trata de hacer lo mejor; ahora, si la postura, en vez de esa, es la de decir: “Yo soy periodista, cuento la verdad y no me interesa el efecto de lo que hago”, bueno, para mí ahí hay una responsabilidad representacional a poner sobre la mesa, es decir: vos no podés no hacerte cargo de lo que estás haciendo. Eso es lo que digo aquí. Todos los estudios sobre perpetradores, por ejemplo, tienen ese gran problema: ¿vas a legitimar esa voz porque simplemente sos un mediador? La voz del perpetrador no puede aparecer sin trabajo, y trabajo no quiere decir distorsión, sino delimitar en qué contexto la incluís. Esa es la dimensión que yo agrego en el libro, es algo que Jaspers no llegó a pensar porque escribe en el 46, pero que me parece que en el 2026 ya tenemos herramientas para pensarlo.

24 de marzo - La Cámpora - Plaza de Mayo- Marcha
Daniel Feierstein: "¿La elaboración del genocidio es eterna?, ¿va a seguir atravesando a otras generaciones con tal contundencia? La respuesta dependerá de que ese siga siendo o no el hecho traumático más relevante al que se vinculan nuestros modos de representación" (Jaime Olivos)

—Esto nos interpela a todos los que de alguna manera contamos la historia.

—Exacto.

—Cuando leía no podía evitar preguntarme varias cosas respecto a las responsabilidades. Por un lado, quería traerlas directamente al presente y saber cuáles eran las discusiones frente a las responsabilidades hoy —entendiendo que no a toda la sociedad le interesa elaborar o elabora de las mismas maneras lo ocurrido. Ni se pregunta por su responsabilidad en el devenir de los hechos—, cómo las llevamos a discusiones que se están dando ahora. Por otro lado, pensaba en el otro extremo del circuito, porque hablamos de lo que nos toca revisar a quienes escribimos, investigamos, a quienes trabajan en un museo sobre la memoria o curan una muestra sobre la dictadura y el genocidio: los emisores. Pero ¿qué sucede con quienes reciben ese mensaje en la actualidad? ¿cómo lo leen las nuevas generaciones que crecen en un país y una región donde ganan espacio las derechas y toman protagonismo los revisionismos, los negacionismos, los discursos que buscan construir lo que vos definís como un “sujeto irresponsable”?

—Está bueno esto que preguntás por varios niveles. Yo te distinguiría dos distintos. Primero voy con uno más propio del libro, pero después con otro que está buenísimo porque lleva el libro hacia otro lugar. En el que tiene que ver con las discusiones, a mí me llama la atención, en el intercambio con muchos de los autores de historia reciente, que siempre que yo planteaba esa distinción sobre las nociones “genocidio versus terrorismo de Estado”, no tenía que ver con una obsesión con el concepto, sino con tener en cuenta que “terrorismo de Estado” podía ser utilizado mucho más eficientemente por las lógicas revisionistas. Eso fue negado durante un montón de años, y ahora que eso está muy claro y que uno ve que los revisionistas usan muchísimo “terrorismo de Estado” como concepto, porque los lleva a donde quieren ir, que es a la versión recargada de los dos demonios, resulta que algunos autores de historia reciente dicen: “Bueno, esa discusión ya no nos importa”, “ya no es más importante”, en lugar de decir: “En esa discusión que di con saña, yo estaba equivocado y tengo que hacerme cargo”. Ahora resulta que es una discusión que no es más importante. Eso me parece de mucha gravedad en esto de no asumir las consecuencias de tu acción.

Después está la otra dimensión que planteás, que también es una discusión: ¿la elaboración del genocidio es eterna?, ¿va a atravesar igual a todas las generaciones? Yo creo que ahí hay un problema serio. Está muy claro en otros procesos históricos que cuanto menos atraviesa a tres generaciones. Ahora la pregunta es: ¿va a seguir atravesando a otras con tal contundencia? La respuesta depende de que ese siga siendo o no el hecho traumático más relevante. Nuestros modos de representación se vinculan siempre a un hecho considerado el más traumático, el más relevante, el que más afectó nuestros lazos sociales. Y eso, en los 80, en los 90, en la primera década de los 2000, e incluso diría en la segunda década de los 2000, es muy claro que fue el genocidio. No hubo ningún otro hecho —más allá de que el 2001 fue muy pregnante, nunca logró reemplazar al genocidio—. Ahora, creo que para lo que sería la tercera generación, eso sí es cuestionable en términos de que irrumpe la pandemia y se transforma en un hecho traumático del mismo nivel de relevancia, pero mucho más cercano en el tiempo para ellos. Y lo que va a pasar con la pandemia, a diferencia de lo que pasó con el genocidio, es que hay un proceso de negación colectiva que lo vuelve todavía más relevante, que es que nadie quiso hablar más de eso. Entonces: afectó nuestros lazos pero queda reprimido, nadie lo puede poner sobre la mesa, como si nunca hubiese pasado.

—Prácticamente no se habla del tema, es cierto.

—Ahí sí aparece la cuestión de si el genocidio sigue siendo igualmente pregnante o si esos cincuenta años que nos separan del genocidio en relación a un hecho que ocurrió hace seis, no implica un reemplazo en cuanto al suceso que configura nuestras estructuras de sentido. Pero te diría que eso es algo a examinar en los próximos años; puede ser que el genocidio pase a ser un hecho de segunda relevancia para, sobre todo, la tercera generación. Creo que las dos primeras generaciones están profundamente atravesadas por eso, en el sentido de cómo se socializa en los 90, a comienzos de los 2000, ese sigue siendo el hecho emblemático, lo tomen en cuenta esas generaciones o no. Pero claro, les pasa con sus hijos que aparece otro hecho que irrumpe de una manera mucho más profunda, siendo que es una generación que en relación al genocidio sí ya está muy alejada, es algo que le pasó a sus abuelos. Que por supuesto después puede tener curiosidad y querer saber, aparecieron los “nietes”, de pronto, que empiezan a preguntarse por esa relación y es interesantísimo porque uno siempre interpela a sus padres y por lo tanto la interpelación de la tercera generación no es tanto en relación a sus abuelos, sino a las marcas que la historia de sus abuelos dejó en sus padres. Pero pensadas no desde esos padres sino desde los hijos. Pensadas desde: “¿qué le pasó a mi papá, a mi mamá, siendo hijos de alguien que vivió el terror?”, cómo se lo transmitió. Porque uno siempre trata de entender y se enfrenta a la generación previa. Parece que ahí hay algo que el libro trata de contemplar, que es cuál va a ser la especificidad de esa tercera generación, pero luego se cruza este otro tema de cuánto va a ser relevante al lado de un hecho traumático mucho más cercano y que los afectó en primera generación. Esto es: esa generación de los nietos vive la pandemia como la que la protagonizó, y entonces ahí me parece que hay un tema abierto quizás para un próximo libro.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

El trágico final de la brillante educadora radical que luchó por los derechos de la mujer y sobrevivió al ataque de su marido

Rosa Clotilde Sabbatini era la hija del prestigioso dirigente radical de Córdoba Amadeo Sabattini, pero tuvo vuelo propio: profesora, experta en educación, militante política que bregó por la equiparación de derechos de la mujer con el hombre. En su juventud conoció a quien sería su esposo, responsable del drama que sobrevendría

El trágico final de la brillante educadora radical que luchó por los derechos de la mujer y sobrevivió al ataque de su marido

Denunció a su padre por abuso, él estuvo prófugo casi 13 años y quedó libre a los cinco días: el caso llegó a la Corte bonaerense

Florencia acusó a su progenitor a los 14, pero relató que los hechos comenzaron cuando tenía seis años. El acusado se esfumó un largo tiempo y recién fue hallado en 2021. Su reclamo para que las demoras estatales no impidan el juicio

Denunció a su padre por abuso, él estuvo prófugo casi 13 años y quedó libre a los cinco días: el caso llegó a la Corte bonaerense

Cayó en la “estafa del soldado americano” y terminó en Ezeiza con siete kilos de cocaína: “Es sólo shampoo”

Melanie creyó que mantenía una relación con un militar y viajó a Buenos Aires con la promesa de reencontrarse con él. Fue detenida con droga oculta en su equipaje, pero la Justicia determinó que era víctima de trata. Ahora condenaron a uno de los responsables de la maniobra

Cayó en la “estafa del soldado americano” y terminó en Ezeiza con siete kilos de cocaína: “Es sólo shampoo”

Buscan a un hombre y a su hija que llevan desaparecidos casi dos semanas en Córdoba

La Fiscalía confirmó que Ángel Arrachel García Vázquez y Alisson Ross García Vázquez fueron vistos por última vez en la Terminal de Ómnibus de la capital

Buscan a un hombre y a su hija que llevan desaparecidos casi dos semanas en Córdoba

Femicidio en Córdoba: analizan un video que registró el ingreso de un hombre al edificio donde hallaron asesinada a la joven

Daniela Villalba fue asesinada en su departamento de barrio Cofico. La Justicia busca reconstruir sus últimas horas. Hasta el momento no hay detenidos

Femicidio en Córdoba: analizan un video que registró el ingreso de un hombre al edificio donde hallaron asesinada a la joven