
Sol no fue la de la idea, pero enseguida se convenció de que era un buen plan eso de dejar un mensaje en el puente ferroviario que ella siempre usaba para pedir un deseo: sanarse. Le pareció que eso de dejar unas palabras de esperanza que acompañaran a otros que caminaran ese mismo camino era un buen plan.
No sabía que esa idea que empezó en apenas una charla y se convirtió en una pequeña placa metálica con un mensaje escrito se iba a volver viral apenas unos días después de que la colgaran en el Puente Zabala, que cruza las vías del ferrocarril Mitre muy cerca de la estación Colegiales, en ese barrio porteño.
“Te cuento algo...? Durante un año de tratamiento oncológico, crucé este puente muchas veces. Cada vez que lo hacía, esperaba al tren, pedía un deseo y nos saludábamos con el maquinista. Siempre mis deseos se hicieron realidad. En el corazón de este puente, celebré la esperanza y hoy, sana, celebro la vida. Recordá pasar por el puente y pedir tu deseo... el tren siempre responde... Aquí hay magia... Sol”, dice la placa.
La imagen de la placa metálica se viralizó después de que la publicara en X Alejandra, una usuaria que compartió la foto del mensaje en su perfil de esa red social. En ese momento, la historia de Sol y del mensaje que había quedado dejar se extendió mucho más allá del puente que ella todavía cruza para hacer sus controles oncológicos.

Sol Díaz Pugh tiene un apellido galés y vive en una de las localidades más representativas de esa comunidad en la Argentina: Gaiman, a catorce kilómetros de Trelew, en Chubut. Tiene 44 años y cuando tenía 42, a mediados de 2024, sintió un dolor en el pecho que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Estaba en el estudio contable en el que trabaja como secretaria administrativa desde hace mucho tiempo, y fue al baño a elongar: al principio creyó que se trataba de un dolor muscular, pero enseguida supo que era otra cosa.
“Desde hace mucho tiempo entreno, cuido mi cuerpo y lo conozco. Por eso no tardé en descartar que fuera un dolor muscular”, le cuenta a Infobae. Fue a una guardia en Trelew para que descartaran cualquier episodio cardíaco y le dieran un diagnóstico.
Empezaron los estudios y una tomografía mostró “algunas manchas” en el mediastino. “Hice una interconsulta con un oncólogo del Hospital Italiano, que me indicó que lo mejor era hacer más estudios en Buenos Aires, y mi prepaga enseguida me derivó al Instituto Fleming, así que viajé para que me atendieran allí”, reconstruye.
Los estudios confirmaron que Sol tenía un linfoma no Hodgkin en el mediastino. “Era viernes y el que acababa de convertirse en mi médico, Santiago Cranco, me dijo ‘el jueves empezás quimioterapia’”, recuerda Sol. Fueron seis ciclos de quimioterapia, cada uno de cinco días de internación y con veintiún días de descanso en el medio. “Al principio del diagnóstico, lo que más sentí fue enojo. Yo hacía ejercicio, me alimentaba bien, cuidaba mucho mi cuerpo, ¿por qué me pasaba algo así a mí? Después ese enojo fue aflojando de a poco”, cuenta.

El pelo se empezó a caer exactamente el día que su médico había marcado como el inicio de ese efecto adverso de la quimioterapia: “El séptimo día después de empezar el tratamiento, vi cómo se caía. Yo pensaba que por ahí no me pasaba, que zafaba, pero pasó”, reconstruye Sol.
Fue a la peluquería un sábado para que el pelo que llegaba casi hasta la cintura y que había empezado a caerse se emprolijara a la altura de los hombros. “Tuve que volver al día siguiente para que me raparan porque se seguía cayendo muchísimo”, cuenta. Intentó con pañuelos y turbantes pero en algún momento supo que la única vía para amortiguar la angustia que le producía haber perdido el pelo era usar peluca. “Era mi manera de no verme al espejo y ver la cara de la enfermedad”, cuenta.
Mientras tanto, su relación con Buenos Aires y con el puente que la llevaba al centro de salud en el que todavía se trata crecía a pasos agigantados. “El pueblito del que vengo y esta jungla de cemento están a un abismo de distancia, pero la ciudad y su gente me recibieron súper bien”. La panadería que quedaba en la esquina del hotel en el que su prepaga la alojó por un tiempo sabía que tenía que cocinar bien cocidas las carnes de Sol y que los platos que le ofrecían no podían incluir verduras crudas porque la exponían a riesgos muy altos para sus defensas tan bajas.
Los guardias de seguridad del Instituto Fleming se volvieron prácticamente supervisores de su estado de ánimo: “Cada vez que llegaba y me iba me preguntaban cómo estaba, se aseguraban de que estuviera en condiciones de irme bien a mi casa, celebraban mis buenas noticias y las de muchos otros pacientes. Yo sabía que con ellos tenía compañía asegurada y segura”, cuenta.

Las enfermeras no se quedaron atrás: “Están especializadas en cuidar a pacientes oncológicos, no sólo desde lo clínico sino también desde lo humano. Cuando pasé a sesiones de quimioterapia en las que no tenía que quedar internada, empecé a pensar un outfit distinto para cada vez que iba a Fleming. Eso me servía para poner mi atención en esa preparación y no pensar tanto en la enfermedad y en los efectos de la quimio. Y las enfermeras siempre me charlaban sobre la ropa, me hacían chistes, me decían que estaba divina con un vestido nuevo o que se iban a quedar con mis botas altas. Eso para mí fue un mimo importantísimo”, sostiene Sol.
A esa calidez y al tratamiento médico que seguía, Sol le sumó un hábito que fue creciendo. “Yo cruzaba el puente Zabala caminando cada vez que llegaba a Fleming a hacer una quimio, o un estudio, o recibir resultados. Desde adolescente soy fanática de Andrés Calamaro, y hay una canción hermosa de él que dice ‘hay un deseo que pido siempre que pasa un tren’. Entonces empecé a pedirle al tren que me ayudara en cada instancia. Que dieran bien los análisis, que las noticias fueran buenas, que la quimio funcionara. De a un deseo a la vez”, describe Sol.
“Casi siempre me cruzaba con el tren cuando estaba en el puente. Pero si no, lo esperaba para poder pedirle un deseo. Además, empecé a saludar y los maquinistas respondían: con luces, tocando bocina. Eso me hacía sentir compañía y confiar en el deseo que estaba pidiendo”, suma Sol, que es mamá de Guadalupe, que estudia Psicología en La Plata, y de Victoria, que tiene 16 años y todavía vive en Gaiman.

“Fue muy difícil estar lejos de mi familia y de mis amigas durante tanto tiempo. Vine a que me hicieran un estudio y recibir un diagnóstico, y me tuve que quedar porque inmediatamente había que empezar el tratamiento. Entonces la compañía que recibís de personas que no conocés se vuelve fundamental. Y yo a eso le sumé el tren y ese ritual de pedir mi deseo. Era una manera de ir de a un paso a la vez y de poner todas las energías en mi sanación”, describe.
Después de sus seis ciclos de quimioterapia con internación, atravesó estudios para confirmar la eficacia del tratamiento. “El linfoma ya no estaba, pero se vio que un nodulito que tenía en el pulmón se había modificado. Así que me hicieron una biopsia y detectaron un mesotelioma maligno en uno de mis pulmones, un cáncer que no tenía nada que ver con el linfoma. Yo creía que había terminado todo y tenía que volver a empezar”, recuerda Sol. Su oncólogo de cabecera la derivó a otra especialista, Delfina Peralta Tanco.
La operaron: le sacaron un lóbulo de un pulmón y también un tumor que recubría parte de su corazón. Y le indicaron quimioterapia “de adyuvancia” para eliminar cualquier célula cancerosa que quedara en su cuerpo. “Esas fueron las sesiones que hice en el hospital de día, para las que empecé a preparar un conjunto de ropa distinto para cada vez. Eso me hacía bien siempre porque sacaba mi cabeza de la enfermedad y el tratamiento”, cuenta.

Fueron seis ciclos de esa quimioterapia y, al terminar ese proceso, estudios exhaustivos para confirmar que no había ningún rastro de la enfermedad en su cuerpo. “Cuando salí de la consulta en la que Delfina me confirmó que estaba sana y podía llevar una vida normal, lo celebré con su secretaria, que siempre me alentaba y estaba pendiente de mi tratamiento y del de muchos pacientes”, cuenta Sol, que ya volvió a entrenar a su gimnasio de siempre con Natalia, su profesora, y que agradece ese entrenamiento: “Me permitió afrontar el tratamiento más fortalecida, tanto en cuanto a mi cuerpo como a mi mentalidad”, asegura.
En esa sala de espera, varios de los que escucharon que sus análisis habían dado bien festejaron con ella. Ella contó que le pedía deseos al tren cada vez que cruzaba el puente y alguien allí la animó a que multiplicara el mensaje esperanzador en ese lugar que se había vuelto su recorrido cotidiano y “de la buena suerte”.
“Así surgió la idea de la placa. Al principio dudé pero después me pareció que era una manera de tratar de ayudar a otros, de intentar dar un mensaje de esperanza, sobre todo en un lugar en el que, por su ubicación, muchos están atravesando una enfermedad durísima y un tratamiento dificilísimo, o son familiares de alguien que está en esa situación”, reflexiona Sol. Escribió el mensaje tal como lo quería estampar, y la placa se hizo realidad.
“La fuimos a colocar con algunos amigos hace no más de diez días. Y entre la gente que se cruzó con esa novedad en el puente, alguien la sacó una foto, la subió a redes y, de repente, se volvió viral. Ni loca me imaginaba que podía pasar algo así, pero pasó. Todo lo que sirva para acompañar a alguien en un momento difícil, sea porque está yendo a Fleming o porque le pasa cualquier otra cosa en su vida y justo pasa por el puente, me parece que está bueno. Aunque no esperaba que se viralizara, es lindo ver cómo el mensaje llegó a más gente de la que podía imaginar y que fue tomado con buena onda también en las redes”, suma Sol.
En octubre del año pasado pudo volver a vivir a Gaiman. A su casa, a su trabajo, con su familia, sus amigas y su gimnasio. Pero por estos días está en Buenos Aires: “Viajé a hacer los controles que voy a tener que hacer cada cuatro meses. Dio todo bien, así que puedo volver a casa”, cuenta. No perdió la costumbre que la ayudó a afrontar uno de los peores momentos de su vida: hay un deseo que pide siempre que pasa un tren.
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