
“Hay un fusilado que vive”, fue la frase que impulsó una de las investigaciones periodísticas más emblemáticas de la historia argentina, llevada a cabo por Rodolfo Walsh y plasmada en su obra Operación Masacre. Este trabajo, escrito con la pluma de alguien que ya era un autor de cuentos policiales, resultó ser la primera novela de no ficción en español. Y aunque a veces se cree que la primera novela del género fue A sangre fría, de Truman Capote, el relato de Walsh salió en 1957, nueve años antes que el del norteamericano.

Operación masacre
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Esta frase, “hay un fusilado que vive”, pero en femenino, volvió a cobrar relevancia cuando, ayer al mediodía, Cristina Kirchner la pronunció ante dirigentes y militantes en la sede central del Partido Justicialista Nacional. Así buscó mostrar unidad en el marco del posible fallo de la Corte Suprema por la Causa Vialidad, que se conocerá esta tarde.

La versión oficial cuenta que “ese fusilado que vive” era Juan Carlos Livraga, quien en la noche del 9 de junio de 1956 se preparaba para una cita romántica en Munro, sin imaginar que sería testigo y víctima de uno de los episodios más oscuros de la historia argentina.
Ese día, una sublevación peronista liderada por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco contra la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas culminó en una serie de fusilamientos clandestinos, entre ellos el que Livraga sobrevivió milagrosamente.
La conspiración que derivó en los fusilamientos había comenzado tras la caída de Juan Domingo Perón en 1955. En ella participaron tanto militares retirados por su adhesión al justicialismo como civiles que apoyaban la causa.

La noche del 9 de junio, mientras Livraga se alistaba para bailar tango, la revolución estalló con enfrentamientos en varias provincias, como La Pampa, donde peronistas y antiperonistas lucharon cuerpo a cuerpo.
Tras el fracaso del levantamiento, la dictadura de Aramburu y Rojas desató una brutal represión. Además de Livraga, esa noche fueron detenidos también Juan Torres, Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Mario Brión, Horacio Di Chiano, Norberto Gavino, Rogelio Díaz, Reinaldo Benavidez y Julio Troxler.
Los doce hombres fueron llevados en un camión a un basural de José León Suárez, donde fueron fusilados. Cinco de los detenidos murieron bajo las balas: Brión, Carranza, Garibotti, Lizaso y Vicente Rodríguez. Los siete restantes tuvieron mejor suerte; algunos corrieron y lograron escapar, otros sobrevivieron al fusilamiento, como Livraga, que recibió tres balazos y fue dado por muerto, sin que nadie se diera cuenta de que seguía con vida. Así comienza el libro de Walsh, cuando alguien le dice: “¡Hay un fusilado que vive!”, frase que fue el disparador de su investigación
Otra vuelta de tuerca
Pero el origen real de esta emblemática frase permaneció oculto durante décadas, hasta que en 2019 los cuadernos inéditos de Enriqueta Muñiz, colaboradora de Walsh, arrojaron luz sobre el hombre que le transmitió la información inicial a Walsh: Enrique Dillon.
Sin embargo, un nuevo descubrimiento revela que Walsh también se contactó con un marino cuya integridad y valentía lo convirtieron en una fuente clave para desentrañar los hechos.

El encuentro que dio inicio a esta investigación ocurrió en diciembre de 1956, en el Bar Rivadavia de La Plata, donde Walsh solía reunirse con amigos para conversar sobre literatura o jugar al ajedrez. Fue allí donde un hombre le confió la frase que cambiaría el rumbo de su carrera y de la historia periodística argentina. Este hombre hacía referencia a los fusilamientos clandestinos perpetrados en los basurales de José León Suárez.
Crónica de un fusilamiento
Los hechos se remontan a la madrugada del 10 de junio de 1956, cuando un grupo de policías bonaerenses, bajo las órdenes del inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno, ejecutó a varios detenidos. La orden había sido emitida por el jefe de la policía bonaerense, el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, quien previamente había encabezado un operativo en la localidad de Florida, donde se detuvo a miembros de la resistencia peronista. Estos militantes habían participado en un levantamiento contra el gobierno militar, que buscaba restaurar el orden constitucional tras el golpe de Estado de 1955.
Fernández Suárez, tras regresar a La Plata, dio la orden de trasladar a los detenidos a un descampado para ser ejecutados. “A esa gente me la llevan a un descampado y los fusilan”, fue la instrucción que Rodríguez Moreno cumplió sin titubeos.
Los prisioneros, que se encontraban en la Unidad Regional San Martín, fueron transportados en un camión celular hasta los basurales de José León Suárez, donde se consumó la masacre.
La investigación de Walsh, que comenzó con aquella frase en el bar, se convirtió en un hito del periodismo de investigación. Su obra Operación Masacre no solo documentó los hechos, sino que también denunció las violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen militar.
Porque la frase “hay un fusilado que vive” no solo marcó el inicio de la investigación de Walsh, sino que también simbolizó la resistencia frente a la opresión.
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