
La puerta de la panadería venezolana de la esquina Paraguay y Jean Jaures se abre y se cierra todo el tiempo. De la mañana temprano hay clientes tomando un café, y comiendo algún pan relleno salado o dulce al paso. Donna fue la primera panadería que comenzó a ofrecer elaboraciones típicas venezolanas a pedido de la comunidad que más creció en los últimos años (entre 2018 y 2021 el gobierno argentino otorgó 272 mil permisos de residencias). Durante los primeros meses sus propietarias venezolanas se dedicaron a elaborar facturas argentinas, sin haber tenido experiencia en el rubro.
Lizabeth Rangel (51) una de sus propietarias llegó a la Argentina hace seis años, con proyectos como el de abrirse un café con su hermana Jenny (56). Lo cierto es que la decisión de dejar atrás su país estuvo relacionado también a un triste motivo. Estaba cansada de la inseguridad de su ciudad, Caracas. Un cansancio justificado. Fue víctima de dos secuestros express en menos de dos años. Por lo que decidió poner todos sus bienes a la venta, sin mirar atrás e irse.
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Lizabeth se vino a los 47 años de El Paraíso, un barrio de Caracas. Se había preparado para tener una vida acomodada, rodeada de su familia. Hija de un militar y un odontóloga, obtuvo una licenciatura en administración de empresas. Se formó para ser gerente de proyectos, tiene certificaciones en el área de negocios, trabajó en entidades bancarias como consultora. Su madre vive en Maracay pero ella se casó y se quedó viviendo en Caracas, donde tuvo a sus dos hijas, que ahora tienen 18 y 25 años. La menor cursa cuarto año de un bachillerato y la mayor estudia Psicología, y colabora en la administración de la panadería. Su matrimonio se terminó hace 13 años.
“Yo soy una mamá sola soltera prácticamente, a cargo de mis dos hijas y me dio un poco de nervios la inseguridad. Yo tenía además una empresa consultora que quería expandir a otros países. La elección era irnos para Costa Rica pero, llevando proyectos, conocí a varios argentinos por trabajo y ellos me recomendaron que me viniera para acá porque es mejor migrar con gente conocida en el país”, explica.
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Los secuestros express que la empujaron a dejar Venezuela, ocurrieron, uno en diciembre de 2009 y el otro en diciembre 2010 y las dos veces le robaron el auto. “Uno fue una noche llegando de una visita al papá de mi mejor amiga en el hospital. Estaba sola esperando que abriera la puerta eléctrica del estacionamiento de mi casa. Fue terrible. Era para robarme la camioneta. No me hicieron nada. Y la segunda vez, estaba dejando a una amiga en su casa después de ir a una fiesta. Estaba con mis amigas y nos dejaron en la autopista bajando a Guatire”, relata.
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Lizabeth, que es una planificadora nata, se tomó la migración con calma. Mandó a la hija menor al psicólogo para prepararla para enfrentar los cambios que se avecinaban. La mayor ya había tenido experiencias de haber vivido en Canadá y Estados Unidos. “Un buen amigo que tiene propiedades en la Argentina me alquiló un apartamento pequeño sobre Anchorena, en Recoleta”, cuenta sobre cómo preparó su cambio de vida en 2017.

“Y vendí todos mis bienes. Mi decisión de vender todo era porque como me venía con mis hijas, no podía pasar trabajo (vivir con padecimientos). Yo tenía que venir con algo para poder sostener a mis hijas mientras conseguía un trabajo o montaba un negocio con mi hermana Jenny”.
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Primero llegó su hija para ingresar en la universidad. Y después fue el turno de Lizabeth con la hija menor. Cuando llegó su hermana, quiso cumplir el sueño de abrir con ella una cafetería, algo relajado. “Empecé a buscar y vi una panadería pequeña en la que estaban vendiendo el fondo de comercio. Analizamos esa opción. Bueno, vamos a hacerlo. ¿Qué tan difícil puede ser y nos metimos en este rollo. El señor que nos vendió el fondo de comercio, muy buena gente, nos enseñó todo el tema de la panadería y el dueño de la panadería anterior nos dejó un panadero. Al principio, nosotras nos dedicamos a elaboraciones argentinas”, explica.

De relajado no tuvo nada el emprendimiento. Fueron 18 horas de trabajo al día porque ellas se ocupaban de hacer todo. Ellas y el panadero heredado. Pero así aprendieron. Para que los vecinos siempre vieran que estaba siempre abierto, el negocio funcionaba de 6 a 22 horas.
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“Se empezó a regar de boca en boca que era una panadería de venezolanos y nos empezaron a preguntar porqué no vendíamos panadería venezolana. Y nos dijimos, ¿por qué no? Ya habíamos hecho cachitos con relleno de jamón picado y queso llanero venezolano y como a mi hermana le gusta hacer cosas bonitas, bien rellenas, empezaron a venir cada vez más venezolanos. Así que fuimos sustituyendo la oferta gradualmente”.
Para hacer panadería venezolana, contrataron un panadero oriundo de su tierra, que ya vivía en la Argentina. “Con él empezamos a hacer todo, mejorando las recetas, como la de pan de queso, por ejemplo. Empezamos a vender empanadas, que están hechas con harina de maíz y fritas, rellenas de carne, pollo, porotos con queso. Al principio las hacíamos con mi hermana y como fue creciendo la demanda contratamos una señora. Para nosotros se trata de una preparación cotidiana. Fue fácil conseguir personas que hicieran empanadas. Para la panadería es distinto. Tiene que ser panadero. Es un oficio fuerte. Aprendí panadería, hago los panes, pero hasta ahí. Yo hago la muestra, indico el tamaño, cantidad de relleno y todas las recetas se estandarizan. El pan tiene que salir bien esté quien esté”, cuenta sobre su trabajo.
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Según Lizabeth, la suya fue la primera panadería venezolana y las que están por la zona, son de personas que trabajaron en su local y después hicieron sus propios emprendimientos. Actualmente, Donna, vende 20 tipos de panes. El 85 % de sus clientes son venezolanos, pero también se acercan brasileños porque se asemeja a la panadería de ellos y el resto, vecinos de Recoleta siempre dispuestos a probar nuevos sabores. Los argentinos vienen a probar y les empezó a gustar. Tenemos clientes fidelizados que vienen tres veces a la semana a desayunar y traen amigos.
También es común que venezolanos que empiezan a noviar con argentinos los lleven a probar algunos de sus panes rellenos favoritos. Esos aromas y sabores que los llena de nostalgia y los traslada por un rato a Venezuela. Algunos que viven en otras provincias, cuando visitan la Ciudad, aprovechan para darse una vuelta.
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“Aquí me siento súper bien”, afirma Lizabeth que sigue muy a gusto en la Argentina y ahora llena de proyectos, como por ejemplo, el de hacer crecer su negocio, que es todo un éxito. La cocina del local, por lo pronto, ya les queda chica. Dice que disfruta mucho de la ciudad, que es ideal para andar a pie y que uno de los puntos más fuertes que destaca es la cocina local. “Me encanta la gastronomía de ustedes. Con mi hermana tenermos el hábito de hacer nuestras reuniones en distintos cafés. Nos sentamos y probamos dulces”, concluye.
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