
Juana Azurduy murió en el olvido en Chuquisaca, tras haberlo perdido todo, pobre y andrajosa. La enterraron en una fosa común y pasó mucho tiempo para la reivindicación de su figura. Los homenajes eran una deuda. Había sido admirada por Belgrano y por Bolívar. En 2009 fue ascendida a general post mortem, convirtiéndose en la primera mujer en alcanzar ese grado.
Una pequeña ciudad en la provincia boliviana de Tomina lleva el nombre de su esposo -donde tenía su cuartel- mientras que una provincia la recuerda. Esa anciana de 81 años que regresó vencida a su tierra natal acompañada de la única hija que le quedaba, había tenido una valentía sin límites. Era un terrible vendaval de furia en los campos de batalla por la lucha de la independencia. Montada en su caballo, con su chiripá blanco, casaca roja y el inconfundible gorro del mismo color, Juana Azurduy supo conducir a cientos de hombres.
El sueco Adam Graaner, que estuvo en el norte entre 1816 y 1817, se encandiló con “esa hermosa señora de veintiséis años que comandaba a un grupo de 400 indios en la comarca de Chuquisaca”, aunque se decía que había logrado organizar una milicia de 10 mil indígenas.
Juana Azurduy nació un 12 de julio de 1780 en Chuquisaca, una ciudad que fue muy frecuentada por los próceres argentinos que no podían estudiar en Europa y asistían a su prestigiosa Universidad San Francisco Xavier. La pequeña Juana pertenecía a una familia pudiente, de haciendas, y quedó huérfana muy pronto. Parece que esa rebeldía de chola indómita la había traído desde la cuna. Su relación con los tíos que la criaron a ella y a su hermana Rosalía no era muy buena y tuvo destino cantado en un convento: el monasterio de Santa Teresa.

Indisciplinada, la niña no duró mucho bajo el cuidado de las monjas, por lo que a los 17 años regresó a la hacienda familiar. A los 22, contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, cuya familia había sido amiga de su padre durante años. Tuvieron cinco hijos, pero solo una llegó a la mayoría de edad. Los otros murieron víctimas del paludismo y malaria.
La unión con Manuel hizo suyos los ideales independentistas, cuando aún faltaba para el 25 de mayo de 1810. Con él se embarcó en la revolución de Chuquisaca, el primer estallido revolucionario ocurrido el 25 de mayo de 1809, un levantamiento popular contra la Real Audiencia de Charcas, que terminó en una violenta represión. Luego de ese primer grito ahogado de libertad, los Padilla pasaron a figurar en la columna de buscados en la agenda de los españoles.
La pareja alojó en su hacienda a Juan José Castelli y Antonio González Balcarce, los jefes del Ejército Auxiliar, antes del desastre de Huaqui en junio de 1811, que determinaría la pérdida del Alto Perú. Las consecuencias no demoraron en llegar. Los españoles, nuevamente dueños del terreno, confiscaron las propiedades de los Padilla y ellos debieron ocultarse. Manuel ya estaba identificado por los realistas como quien se ocupaba de atacar la ruta de suministros que llegaban para los españoles en Chuquisaca.

Cuando fue apresado su esposo, Juana organizó a más de 300 indígenas, quienes ingresaron a Chuquisaca de a poco, simulando ser lugareños. Por la noche tomaron por asalto la cárcel del Cabildo, donde un par de guardias somnolientos apenas pudieron reaccionar. Así Manuel Padilla fue liberado.
La pareja estuvo bajo las órdenes de Manuel Belgrano. Participaron en el éxodo jujeño; Padilla combatió en Salta y Tucumán y en Vilcapugio. Juana no entró en acción, pero estuvo en la retaguardia. Luego de Ayohuma, el creador de la bandera le obsequió a la mujer su sable en señal de respeto y reconocimiento. Juana era mucho más que la mujer de Padilla. Su liderazgo fue un imán para muchas mujeres que se le unieron y quisieron seguirla en esas cargas desordenadas, rodeada de indígenas armados como podían, con lanzas, arcos y aún palos. Esas cargas sorprendían tanto a amigos como a enemigos.
El 10 de febrero de 1816, Chuquisaca, ocupada por los realistas, al mando del coronel José Santos de La Hera, fue atacada sorpresivamente por 3700 hombres al mando del comandante Padilla. Tal era su fama que muchos del pueblo, al verlos, se les unieron. Desde sus barricadas, los españoles observaban absortos la temeridad de una mujer montada a caballo, armada con sable y pistoleras, que iba de un lado para el otro, animando a la tropa.
La Hera, un coronel de 23 años, por méritos en los campos de batalla, quiso tomarla como prisionera y de un disparo mató a su caballo. Juana fue de inmediato rescatada por los suyos. La arremetida española hizo que los patriotas huyesen, pero no tanto. Porque la gente de Azurduy les tenía preparada una emboscada, guarnecidos en zanjas protegidas por espinos. Cuando los españoles llegaron fueron recibidos por una descarga de fusilería, mientras que un grupo a caballo los atacó por los flancos.

Un coronel español tomó la bandera para animar a la tropa. Pero Juana Azurduy se abalanzó sobre él y se la quitó, mientras sus seguidores terminaban con su vida. Los realistas se retiraron.
En el parte que envió a Buenos Aires, un asombrado Manuel Belgrano escribió que “paso a mano de VE el diseño de la bandera que la amazona doña Juana Azurduy tomó en el Cerro de la Plata, como a once leguas al oeste de Chuquisaca. El comandante Padilla calla que esta gloria pertenece a la nombrada, su esposa, por moderación; pero por conductos fidedignos, me consta que ella misma arrancó de las manos del abanderado este signo de tiranía a esfuerzos de su valor y de sus conocimientos de milicia”.
En agosto de 1816, por su desempeño en el ataque del Cerro de Potosí, Juana fue ascendida a teniente coronel en la división Decididos del Perú.
La batalla de la Laguna, donde volverían a enfrentarse con los españoles entre el 13 y 14 de septiembre de ese año, fue el principio del fin. Juana fue herida de bala y se vio obligada a abandonar el campo de batalla, mientras que su esposo fue degollado cuando ya agonizaba por dos disparos recibidos en la espalda.

La caída y el dolor por tantas pérdidas
Tardó algunos días en reunir a un grupo que la ayudase a rescatar la cabeza de su marido, clavada en una pica, y darle sepultura con honores militares. No sabía dónde ir. Luego de estar un tiempo oculta en el Chaco, se unió a las fuerzas de Martín Miguel de Güemes. Pero nuevamente volvió a quedarse sin rumbo cuando éste murió en 1821.
Hacía tiempo que sus cuatro hijos habían fallecido. Solo le quedaba la compañía de Luisa, su quinta hija. Para volver a su tierra natal y sobrevivir tuvo que pedir limosna. En mayo de 1825, el gobierno de Jujuy le cedió cuatro mulas y cincuenta pesos para los gastos del viaje.
En Chuquisaca nadie la esperaba. Sus bienes estaban en manos de otros. Lo único que tenía, una propiedad, tuvo que malvenderla. Y la lucha contra la burocracia para recibir un sueldo de oficial fue infructuosa.
Mientras vivía en una pieza miserable se acercó a conocerla Simón Bolívar. Le concedió una pensión vitalicia de 60 pesos, que posteriormente el Mariscal Antonio de Sucre aumentó, pero que dejaría de percibir en 1830. Sus antiguos jefes, como Belgrano o Güemes o tantos otros que había conocido, habían muerto. No tenía a quien recurrir.
Quedó desamparada, acompañada por un niño ya que su hija ya se había marchado al casarse. En una humilde pieza de un barrio de Chuquisaca, aferrada a unos pocos recuerdos, murió el día patrio del 25 de mayo de 1862.
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