
La primera vez que Damián durmió en una habitación con aire acondicionado tenía 35 años. Lo hizo en la cama queen size de su departamento en Almagro, que alquila desde 2014. Esa noche descansó de corrido.
Solo pudo terminar la escuela secundaria en Tigre. Criado solo por su madre, tuvo que salir a trabajar a los 13 años. Hizo de todo porque siempre faltaba comida en su casa de lbarrio las Tunas, ubicado en General Pacheco, y uno de los asentamientos con mayor densidad de población del país. “Más de una vez quise salir a robar”, admite sin ocultarlo. “Mis compañeros de la escuela delinquían, y quería ser parte porque veía que volvían con plata para comprarse lo que quería zapatillas, gaseosas....”, le cuenta a Infobae. A pesar de las carencias, no lo hizo.
En 2012 cansado de trabajar de lunes a lunes en una fábrica de papas fritas como operario por apenas un sueldo que le permitía sobrevivir, Damian Quilici (41), se tomó una licencia psiquiátrica. “Estaba bien pero necesitaba unos días para pensar qué quería hacer de mi vida. Ví a mi abuelo materno morir dentro de una fábrica, enfermo de cáncer, no quería lo mismo para mí”, recuerda.
Durante esos días libres, se tomó el colectivo 60 y fue hasta un bar cerca de la Avenida Corrientes para hacer stand up. “Me subí al escenario y con un poco de humor ácido conté lo que se vive en las villas. Así, con este lenguaje crudo, algo marginal”, admite. “No había comediantes de barrios vulnerables”.

Para crear sus guiones tenía que escribir, y eso siempre lo disfruto. Fue su abuelo materno quien le enseñó a leer cuando tenía apenas tres años. “Todas las mañanas leíamos el diario Crónica en las Tunas. Cuando empecé el colegio tenía esa ventaja. A los siete años me atrapaban mucho las crónicas policiales”.
“Una tarde mi madre llegó de la casa de los patrones con una bolsa llena de juguetes y libros. Estaba en la esquina vagabundeando con mis amigos, y la ví bajar. La fui a ayudar, y le pregunté qué traía”. Había varios libros: entre otros, Operación Masacre de Rodolfo Walsh, Robinson Crusoe de Daniel Defoe. “Trataba de leerlos, pero no los entendía”, recuerda.
Pero el que lo impactó fue 20 poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo. Me la pasaba reescribiendo, cambiando las palabras para enviarlas a mis noviecitas o amigas.

La vida siguió, y dejó un poco los libros de lado. Hasta que se tomó esa licencia. “La ART me obligó a ir a un psicólogo ahí re-cheto por la calle Fitz Roy en Palermo, me dijo que tenía un trastorno obsesivo. Yo no entendía nada”.
Un día sufrió su primer ataque de pánico y fue hacerse ver al hospital de Pacheco. Ahí se cruzó con un especialistas, ex convicto. “Había estado preso en Sierra Chica, salió, estudio psicología, y atendía ahí. Me hablo en mi idioma, el de la calle... además no me juzgó. Eso me conectó con la escritura y por él me apodé ‘el Freud de la Villa’”. Usó a ese profesional de inspiración para dar vida a muchas de sus presentaciones y de paso, hacerse de un seudónimo.
En busca de la oportunidad
En 2012 decidió renunciar a todo para dedicarse a su verdadera pasión. De a poco fue ganando adeptos en el mundo virtual. “Es hora de que la literatura deje de ser tan elitista. En las redes (143 mil seguidores) tengo público diverso de todos los sectores, y eso es lo que hace que esto sea interesante”.

En sus relatos -ya conocidos como Crónicas Marginales- cuenta sus propias vivencias barriales, aunque escondiendo su identidad. “El 90% de las situaciones son reales, y no digo que soy yo porque aun existe el prejuicio social marcado. Se que hay lugares donde, si no fuera escritor, no me dejarían entrar”, admite.
Damián es consciente del registro del uso de las palabras para no caer en el romanticismo de la pobreza o en la apología de hechos de violencia. También se encarga de desmitificar mitos sobre las villas. “No todos son chorros, ni en cada pasillo te van a robar o va haber un tiroteo. No es así. Hay que conocer, entrar y recorrerlas para poder generar un cambio real”, detalla.
En todo este tiempo lleva escritos La piba que me gusta, Tan Maria que duele y Mamá Luchona, su primer trabajor publicado por una editorial. En pandemia, inquieto, se tuvo que reinventar. Sin escenarios donde hacer su stand up, se las ingenió para vender libros en PDF “a precio de una birra”. También dirige un laboratorio de escritura semanal que se edita vía Whatsapp.
-¿La literatura te salvó?
-Sí, de todo lo que me pudo haber pasado. Muchos de los pibes que conocí murieron en enfrentamientos, por la droga o incluso se suicidaron. Empecé a sanar con la literatura, a escribir y para sacar toda la mierda afuera. No hace falta estar en un bar a las penumbras como Bukowski, con el celular en notas lo podés hacer así nomás. Escribí un libro en el bondi. Tampoco es que para escribir primero tenés que estudiar sí o sí en Filosofía y Letras o leer a diez mil autores. Todo el mundo puede hacerlo”.
Damián ya pudo cambiar su realidad y dejó atrás el barrio, aunque lo visita semanalmente y tiene una gran participación social allí dentro. Sueña con terminar la escuela algún día y estudiar periodismo. Esa es su cuota pendiente. Con su poder de resiliencia, seguramente lo consiga.
Fotos: Maximiliano Luna
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