
Corrientes y sus metamorfosis. Un día se despertó y ya no era la calle que nunca duerme. Estuvo siempre acostumbrada a los cambios: fue angosta, fue ancha, fue oscura, luminosa, tuvo de pronto un cantero en el medio, vio partir emblemas y los vio también volver... Pero ahora uno de sus cambios se supo definitivo. ¿Basta una esquina para decir que ya nunca volverá a ser Corrientes?
Es que en los últimos días se confirmó que el bar La Paz, histórico de la avenida -con precisión: en Montevideo y Corrientes-, ya no volverá a abrir sus puertas. Existía la esperanza de que, como sucedió con La Giralda (a pocas cuadras de ahí), La Paz también volviera de la muerte. Pero no pasó: hoy ya no está ni su esqueleto.
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Hasta el mes pasado, el café se mantenía cerrado pero con todo dentro: las mesas apiladas, las sillas dadas vuelta, la histórica barra detrás de la que se preparaba el café, el menú en la pared… Todo estaba ahí. Pero, como en el poema de Idea Vilariño, ya no.

La lista de bares notables de Buenos Aires llegó a sumar 82 confiterías tradicionales. Entre ellas: La Giralda, Café Tabac, Las Violetas, La Academia, Los 36 Billares, Los Galgos… La Paz estaba ahí siempre, liderando esa enumeración caprichosa que venía a la cabeza cuando se pensaba en Buenos Aires.
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Fue fundado en 1944, pero su fama la ganó a comienzos de los años cincuenta, cuando artistas e intelectuales comenzaron a concurrir. En sus mesas tabacosas podían verse poetas, novelistas, actores y actrices, directores de teatro, profesores, de todo. Los más famosos se repiten cada vez que se habla de La Paz: Rodolfo Walsh, Alejandra Pizarnik, David Viñas, Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill… Todos ellos hoy tampoco están.
En la década de los ‘70, con la dictadura militar, muchos de sus concurrentes tuvieron que dejar el país exiliados, o simplemente ocultarse. El bar entró en decadencia, y recién en 1983, con la democracia, volvió a recuperar su espíritu. Pero no fue lo mismo que entonces, y comenzó un letargo largo.
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En noviembre de 1996 también cerró sus puertas. El mercado cada vez más salvaje y menos intelectual le demandaba otra forma. Volvió a abrir en junio del 97. Pasó de ser una auténtica joya destartalada (en sus últimos años había decaído mucho), a ser una suerte de pieza de museo. Se mantuvo su espíritu, su forma de viejo bar, pero su alma estaba en otra parte. Desde entonces, quedó ahí en la esquina como un bar emblemático que, años después, sería bautizado como bar notable.
En la primera década del dos mil se prohibió fumar en los bares y fue otro golpe para La Paz. Cerró su salón fumadores -un lugar difícil de atravesar sin una tos- y en su lugar instalaron un kiosco de la cadena Open 24. Cambió drásticamente su fachada, ahora compartida por el cartel colorinche de un kiosco.
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También se fue por esas épocas el primer piso, donde se podía jugar al billar. Pero también volvió: en el 2016 se armó una cooperativa y se abrió nuevamente, ya no como salón de billar sino como una especie de centro cultural. Lo bautizaron La Paz Arriba y duró hasta que duró el bar: el crack de marzo del 2020.
Llegó la pandemia y el local cerró sus puertas. Se presumía que podría volver más tarde, como muchos otros bares, pero se temía que fuera un cierre definitivo (como muchos otros bares). A fines del 2020, desapareció incluso la estructura del kiosco.
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Ángel Valcarcel Fiz fue su último dueño. Es un empresario gastronómico de origen español que maneja varios bares. Durante algunos meses se especuló -y se dejó saber- que el bar podría volver en abril del 2021. Ya sabemos, no sucedió. Poco a poco fueron desvinculando al personal y una noche -pongamos, una noche- un camión se llevó sus mesas y sus sillas. Ya no quedó nada más que ese espacio vacío.

A principios de agosto bajaron el cartel, como si fuera un entierro. Nadie pudo pronunciar “descansa en paz”, porque a los bares no se los despide. Pero hubo -tuvo que haber- testigos accidentales de ese instante.
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Los nuevos dueños todavía no adelantan nada. Dicen que habrá un restaurante de sushi, vaya paradoja del destino. Lo clásico y lo moderno en una batalla notable.
Algo del orden de la esperanza comanda el final de esta nota. Antes de cerrarla, tomamos el teléfono y marcamos el número del viejo bar. Pronto, suena el primer tono y da la impresión de que todo era una mentira, de que alguien va a levantar la llamada y responder con el bullicio de fondo, y va a sonar apurado porque alguna mesa lo demanda, y será incluso un tanto descortés. Pero el tono sigue sonando ahí, solo, y en la quinta o sexta repetición simplemente se apaga. Nadie atiende, nadie hay del otro lado. Ya no, diría Vilariño, ya no será.
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