
Es una mañana soleada y los muchachos están reunidos en círculo en el patio. Aquí se despiertan siempre a la misma hora y repiten una rutina a medida que avanza la jornada. Se visten, se asean, ponen orden en los espacios personales y comunes, desayunan. El que quiere, reza. Participan en talleres de lectura, de escritura, de artes y oficios. El que no sabe leer y escribir, puede aprender.
Si hay algo que la peste no ha alterado del todo es la vida cotidiana en los Hogares de Cristo, las casas donde viven jóvenes y no tanto que intentan escapar de las garras de la droga. Una rutina construida según pasos establecidos. “Seguir adelante” es el primero de los que construyen el camino de la recuperación. Es el más importante, el que decide la eficacia y los tiempos de los siguientes pasos. Requiere aceptar que uno es impotente, admitir que no puede hacerlo solo, reconocer que necesita ayuda. Por eso resulta totalmente necesario confiar en la persona que nos guía a través de las murallas de agua que, provisoriamente, abren paso a los fugitivos pero pueden derrumbarse y sepultar al que ha emprendido el viaje.
“Hemos llegado a un punto en el que vemos las consecuencias de nuestra vieja forma de vida y aceptamos que necesitamos una nueva, pero es probable que todavía no nos demos cuenta de todas las posibilidades que encierra esta nueva forma de vida”, afirma el manual que se usa en los Hogares, esas casas que Jorge Bergoglio apoyó cuando era arzobispo de Buenos Aires y que se han multiplicado por toda la Argentina siguiendo la misma inspiración: “Tomar la vida como viene”.

La experiencia que guía la huida de la esclavitud de la dependencia hacia la tierra prometida de una recuperada libertad recomienda no conformarse con la decisión que se ha tomado, no instalarse en las posiciones conquistadas ni tampoco en los propósitos, por más esfuerzo que hayan requerido. Hay que pasar las Columnas de Hércules que marcan los límites del territorio conocido, el que probablemente ya se recorrió inútilmente en el pasado.
El segundo paso tendrá que llenar el vacío que se abre detrás del primero, hacer frente a la resaca de la apatía que vuelve a aparecer y a las ganas de retroceder cuando las defensas ya fueron derribadas. “Algunos no nos tomamos en serio este paso”, advierte la experiencia de los navegantes más veteranos de esta extraña embarcación que se sacude azotada por la tormenta pero no naufraga. “Lo pasábamos por alto con poco interés hasta que nos dimos cuenta de que los demás pasos no funcionarían si no practicábamos éste”.

La dependencia es un enemigo burlón que vuelve cuando uno menos lo espera. Como la pandemia, la peste, como la llaman en los Hogares. El mundo pensaba que la había arrinconado y que por fin la podía controlar. Después tuvo que admitir que no era así. No es suficiente estar dispuestos a cortar en seco con el pasado. “Romper” es el comienzo del camino, un camino largo y muy duro. En ese momento, cuando uno ha decidido dejar la droga, empieza el dolor de vivir sin ella y sin ninguna otra cosa concreta que la reemplace. “Este dolor nos obliga a buscar un Poder más grande que nosotros mismos al cual confiarnos, más grande” que nuestra adicción, más seguro que nuestros propósitos, advierte el manual. “Un poder que nos quiera, nos cuide y sea más fuerte que nosotros. No hace falta que seamos religiosos para aceptar esta idea. Lo importante es que abramos nuestra mente para creer. Podemos utilizar este Poder mucho antes de comprenderlo. A medida que vemos las coincidencias y los milagros que suceden en nuestra vida, la aceptación se convierte en confianza. Comenzamos a sentirnos a gusto con nuestro Poder Superior como fuente de fortaleza”. Y ya no volveremos a ser los mismos, la vida cambiará y el péndulo ya no se detendrá siempre en el mismo e idéntico punto en el que empezó su oscilación.
Ahora ha llegado el momento de concentrarse en el tercer paso, el de la decisión. La primera decisión verdadera de la vida del que deja la droga. Pero en las villas miseria de Argentina la droga está circulando igual que antes. La peste redujo la venta por un tiempo, durante la cuarentena, pero no la detuvo. Ahora que el gran miedo ha disminuido, ha vuelto la amenaza: la droga es más longeva que el coronavirus, y más letal. Trescientos pesos cada paquete, quinientos si son dos, el equivalente a dos euros y medio. Y el que no tiene cómo pagar, la compra a crédito y la paga con ventas.

Empieza un nuevo día. La línea de sombra retrocede lentamente y la luz entra en el Hogar. Las insidias están agazapadas del otro lado de la puerta, como la peste, pero hoy no tendrán la última palabra. Un paso después del otro, como se escala una montaña.
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