
“Entre el 28 y el 32 por ciento de los muertos por coronavirus en el AMBA residían en geriátricos”. Quien presenta estos datos ante Infobae es Eugenio Semino, el Defensor de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires. La preocupante cifra, entiende, oscila según el estudio, por lo que el promedio es del 30 por ciento. Es decir, un tercio de los fallecidos, unos 324 adultos mayores. Del resto de las provincias no hay datos discriminados.
En el país hay unas 3.800 residencias geriátricas, con una disponibilidad de 150.000 camas. A ese número, según Semino, hay que agregarle unos 1.000 geriátricos clandestinos, no habilitados, truchos, que tienen entre 15.000 y 20.000 camas.
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En 2005, cuando en la Ciudad de Buenos Aires se reglamentó la Ley 661 de habilitación y control de geriátricos, que había sido votada en 2001, de las 1.100 residencias para adultos mayores el cincuenta por ciento “se clandestinizaron” y, con el tiempo, una parte de ellas se mudaron al Conurbano y otras siguieron funcionando en CABA.
Sin ir más lejos, anoche el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta, por orden de la justicia, dispuso el desalojo del geriátrico Santa Rita, donde había 17 residentes que fueron trasladados al Hogar Rawson, de administración pública. La mayoría de los internos eran afiliados del PAMI, la obra social de los jubilados.
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Si bien el lugar no estaba habilitado, ni cumplía con los protocolos COVID-19, hasta ahora ninguno de los residentes padecen la enfermedad.
El especialista en gerontología no se queda solo con los datos fríos de las estadísticas que dos veces por día informa el ministerio de Salud de la Nación, a cargo de Gines González García, y describe una situación alarmante que ya existía, que estalló durante la pandemia y que se estará lejos de superar después de la actual crisis epidemiológica.
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“El personal que trabaja en las residencias lo hace con un grado de estrés supremo”, asegura, después de haber concurrido a varios de los desalojos y traslados de pacientes. Y pone en el ojo de la tormenta la escasa cantidad de testeos que se realiza entre el personal que atiende a los internados.

Esa misma deficiencia es marcada por otros especialistas, como el doctor y profesor de medicina, Claudio Santa María.
Semino razona que en el caso de los adultos mayores que viven en los geriátricos se da una situación muy particular: “Son los que cumplen la cuarentena. No tienen otro contacto más que los trabajadores del lugar, porque desde el 20 de marzo no los pueden visitar sus seres queridos, y se mueren sin despedirse”.
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El Defensor de la Tercera Edad explica que esta desgraciada situación se da “tanto en las residencias cinco estrellas, dónde por ejemplo está Carlos Salvador Bilardo, donde la estadía mensual es de doscientos mil pesos y donde hubo 19 casos de coronavirus, o los otros, los más económicos, donde el PAMI paga cuarenta mil pesos por afiliado, como el geriátrico de Parque Avellaneda, donde también se infectaron 19 personas”.
Para que esto suceda, ¿qué puntos en común tiene unos y otros lugares? Semino tiene una respuesta: “El problema en estos centros de atención es el recurso humano que está mal pago, que por lo general son mujeres pobres que viven en el segundo y en el tercer cordón del Conurbano Bonaerense y que viajan en transporte público”.
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Dicho esto, el Defensor de la Tercera Edad aclara que los responsables no son los trabajadores de las residencias geriátricas, sino la falta de testeos que las autoridades sanitarias deberían realizar “prácticamente a diario al personal, pero que no se hacen porque faltan los insumos para hacer los hisopados”.
Semino recuerda que hay algunos ejemplos para seguir: “En Alemania se testeaba cada 24 horas a todo el personal de los geriátricos, en Israel se lo hacía cada tres días y en Noruega, cada cuatro. En nuestro país, en la mayoría de las residencias, al personal no se los testeo nunca”.
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En diálogo con Infobae, el experto reconoció que “el Gobierno de la Ciudad hace unos quince días comenzó a testear a los y las trabajadoras de los establecimientos de larga estadía para personas mayores y se deberían repetir, según nos dijeron, cada siete días”. Para Semino, es una iniciativa que “para el personal de la salud como el de los geriátricos tenía que haber empezado con la cuarentena misma y tiene que ser sistemática”.
La razón parece obvia: “La comunidad geriátrica se mueve en un espacio reducido, la relación es estrecha, cercana en lo personal. Por ejemplo, cuando una cuidadora tiene que cambiar a una persona mayor, se está cuerpo a cuerpo, se corre el camisolín, se corre el barbijo o no se los usa porque no se sigue el protocolo y es ahí cuando se produce el contagio”.
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La “porosidad” en los establecimientos, es otro problema: “Entra mercadería, al personal se les paga poco y trabajan en más de un establecimiento o trabajan en el geriátrico y luego en un domicilio, viajan una o dos horas en tren y colectivo y muchos viven en barrios populares, donde a veces no hay agua potable ni cloacas”.
En este punto, para el especialista “hay una situación potencial de doble circulación del COVID-19. O la cuidadora se contagia en el barrio y lleva el virus al geriátrico, o realiza el camino inverso, y lleva la enfermedad del geriátrico al barrio”.
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¿Cómo afecta al funcionamiento de los geriátricos los contagios de coronavirus entre los trabajadores?
Se sobrecargan todas las tareas. Por la merma ante las licencias por la cuarentena, por las enfermedades, el personal se redujo entre un quince y un veinte por ciento. Antes, a los viejos que están postrados se les cambiaba los pañales cuatro veces al día; ahora dos veces y ahí comienzan los problemas de escaras. Antes del 20 de marzo, los familiares eran una rueda de auxilio, una ayuda para la hora de darle de comer a los que no pueden hacerlo por sus propios medios. Esa tarea, por lo general la hacían las visitas y suele durar cuarenta y cinco minutos, ahora no pueden entrar.
Antes que llegue el virus al país ya había advertido que los geriátricos habilitados eran una bomba de tiempo, y los clandestinos un terreno minado. Lamentablemente no me equivoqué y las autoridades no tomaron medidas preventivas, por eso ahora estamos lamentando estas muertes.
¿Por qué dice que el traslado de los residentes a otros geriátricos cuando son cerrados por casos de coronavirus también es un problema?
En un primer momento vemos a las ambulancias del SAME trasladando a los adultos mayores a otros lugares. Pero después no sabemos que pasó con ellos. No sabemos si las residencias donde los enviaron quedan cerca de los familiares, si van a ser bien atendidos. No conocen ni el lugar ni a los que ahora los van a asistir. Muchas veces pueden morir por la tristeza que estos cambios les genera. Y eso ni se ve, ni forma parte de la estadística. Estamos en el peor de los mundos.
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