Jorge García Cuerva: el próximo obispo villero

Periodista, autora de “Nuestra fe es revolucionaria. Jorge Mario Bergoglio. Francisco” (Grupo Editorial Planeta)
Jorge García Cuerva
Jorge García Cuerva

Año 2007, 2008. Corrían los días de los primeros tiempos de la Comisión Nacional de Drogadependencia dentro de la Pastoral Social del episcopado argentino. Hablar de drogas, drogadicción, drogadictos, narcotráfico, bandas, niños-soldados, búnker, era casi un tabú, ciencia ficción. Criminalidad y consumo todavía no se aliaban en las miradas de análisis sobre la realidad de los barrios más pobres de nuestras ciudades.

El discurso oficial -el de los gobiernos y estamentos de signos políticos diversos -no era permeable a contemplar la posibilidad de que la Argentina no era solo un país de consumo sino también de producción de drogas; se bajaba la intensidad del impacto social que iba sumando el narcotráfico como fuente de trabajo para los desocupados de las barrios marginales y las instancias propuestas desde el Congreso iban directo a fortalecer las libertades individuales por sobre la responsabilidad del Estado de garantizar mejor salud a sus ciudadanos al no intervenir activamente contra los narconegocios. No se sabía por dónde asir el problema que tenía nombres, apellidos, historias, vidas, muertes, tragedias.

Claro que había ya unos cuantos que estaban avivados -por vivir y trabajar en el territorio- y sabían cómo venía la cosa.

En la diócesis de San Isidro se formó una comisión que enfocaba su labor en las adicciones: allí se reunían en actividad y compromiso laicos, sacerdotes y religiosos; mientras tanto y paralelamente, los curas de las villas de Buenos Aires, acompañados por el cardenal Bergoglio desde fines de los 90, dedicaban gran parte de su atención pastoral al drama del consumo de drogas en sus barrios y su gente, gente que se iba enredando en esa trampa de contextos íntimos, comunitarios y sociales.

Fue en ese San Isidro donde Jorge Ignacio García Cuerva, sacerdote católico y próximo obispo auxiliar de Lomas de Zamora desde este sábado 3 de marzo, desplegaba su vocación de compartir la vida con los más pobres en su parroquia en la Villa La Cava (Nuestra Señora de La Cava), abrazando con ternura a esas vidas consumidas por diversas adicciones.

Lo conocí cuando monseñor Jorge Lozano, en ese tiempo obispo de Gualeguaychú, me lo presentó y caminamos juntos el sendero de exponer en los medios de comunicación el tema de la despenalización del consumo de drogas desde la perspectiva de la Iglesia Católica. Su prédica en programas de televisión y radio instaló una frase que ya es una marca registrada unida a la angustia de los chicos presas de las drogas, "las 3 C": Calle, Cárcel, Cementerio. A estas "3C" se oponían en actitud superadora –por propuesta de padre José María "Pepe" Di Paola, sacerdote que batalla contra la droga con convicciones inclaudicables desde hace más de 20 años y actual coordinador de la Comisión Nacional de Adicciones– otras "3C": Club, Capilla y Colegio.

Durante nuestros trabajos compartidos, el padre García Cuerva iba develando una sólida formación académica (es historiador, abogado, experto en Derecho Canónico) que complementaba con una sensibilidad cristiana absolutamente palpable. El vivir en la villa le daba un conocimiento y una cercanía con quienes atravesaban estas situaciones de dolor sin fin: madres que sufrían por sus hijos esclavizados por el consumo de paco, amigos que veían morir a sus amigos en las calles de su propio barrio, vidas robadas a la vida en palabras de la querida y admirada hermana Martha Pelloni.

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Destaco su buen humor permanente, aun en las circunstancias más difíciles y complicadas. Esa señal de que toda tribulación será soportada con lazos humanos macerados en el buen trato, la amistad social, respetos ilimitados por las coordenadas más insospechadas con las que la vida va sorprendiendo, se nota en cada encuentro con este neo obispo que –no lo dudo—tendrá al bienestar y dignidad de su pueblo por horizonte, con el Evangelio como sustento, sustrato y expresión.

Cuando me enteré de su designación como obispo auxiliar en una zona con tantas carencias sociales como es Lomas de Zamora, no pude más que alegrarme. Fue en el mismo momento en que se dio a conocer la noticia del padre Gustavo Carrara como obispo auxiliar de Buenos Aires, el primer obispo villero de la Argentina. Fue una ola de decisiones que llegaba desde Roma y que hará mucho bien en los pueblos particulares que cada uno de ellos adoptará como propio.

En estos tiempos en que los estándares éticos son los que marcan nuestros niveles de humanidad comprensiva e inclusiva, distingo al padre Jorge García Cuerva como un luchador de estas éticas que pondrán siempre el valor de la vida humana por sobre los intereses económicos o por aquello que simplemente "nos quede cómodo". Su vida nomás ya es un libro en el que se puede leer coherencia y servicio; como decimos popularmente: García Cuerva resiste un archivo, lo que no es poco, ¿verdad?

El mapa episcopal de nuestro país es variopinto y resguarda sitios y valoraciones para voces que matizan y no corean como loros. Se suma un hombre noble y eso ya hace brillar con más fuerza a nuestros Cristos contemporáneos: nuestros hermanos descartados y tachados de todas las listas y de todas las oportunidades.

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