
En la Argentina, entre 11.600 y 13.000 hombres reciben cada año un diagnóstico de cáncer de próstata, una enfermedad que muchas veces avanza sin señales claras. La reducción de la mortalidad —cayó un 26 % entre 2014 y 2024— es un dato alentador, pero no elimina un desafío central: identificar a quiénes requieren una evaluación médica antes de que aparezcan síntomas.
El tumor representa cerca del 20% de los cánceres que se diagnostican en varones en el país. Aunque las estrategias de prevención no pueden eliminar por completo el riesgo, conocer la historia clínica personal y familiar, conversar con un profesional y sostener los controles indicados permite tomar decisiones con información.
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La campaña de Noviembre Azul pone el foco precisamente en esa consulta. El movimiento se asocia a Movember, una iniciativa que nació en Australia en 2003, cuando un grupo de amigos decidió dejarse crecer el bigote para llamar la atención sobre la salud masculina. Con el tiempo, la propuesta se extendió a otros países y sumó temas como el cáncer testicular, la salud mental y la prevención del suicidio.
La edad concentra la mayor parte de los diagnósticos

La próstata es una glándula del aparato reproductor masculino, ubicada debajo de la vejiga y delante del recto. Tiene un tamaño similar al de una nuez y participa en la producción del líquido seminal, que transporta a los espermatozoides.
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Con el paso de los años, puede aumentar de tamaño. Esa modificación puede generar necesidad frecuente de orinar, urgencia, debilitamiento del chorro urinario, sensación de vaciamiento incompleto, ardor o presencia de sangre en la orina. Sin embargo, esas manifestaciones no equivalen por sí solas a un diagnóstico oncológico.
Una causa habitual de esos cambios es la hiperplasia prostática benigna, un agrandamiento no canceroso de la glándula. A la vez, el cáncer puede permanecer asintomático durante sus primeras etapas. Por ese motivo, la ausencia de molestias urinarias no reemplaza la conversación con el médico sobre el riesgo individual.
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Cerca del 90% de los casos se diagnostican después de los 65 años y la edad media al momento de confirmarlos es de 75 años, según explicó el médico especialista en diagnóstico por imágenes Juan Cruz Gallo, jefe del Servicio de PET-CT y Medicina Nuclear de Diagnóstico Maipú.
La edad es, así, uno de los factores que más pesa al definir el seguimiento. En líneas generales, desde los 50 años conviene abrir la conversación con un profesional de la salud. Esa recomendación puede adelantarse si existen elementos que elevan la probabilidad de desarrollar la enfermedad.
Un padre o un hermano con diagnóstico modifica la evaluación

La mayoría de los tumores de próstata se consideran esporádicos, es decir, no responden a una alteración hereditaria identificable. Pero entre el 5% y el 10% puede tener un componente familiar o genético.
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“Tener un padre o un hermano con cáncer de próstata aumenta el riesgo, especialmente si fue diagnosticado antes de los 60 años”, señaló Gallo. Por eso, el antecedente no debe quedar perdido en una charla familiar ni en una ficha médica incompleta: puede orientar el momento de la primera consulta y los estudios que el profesional considere adecuados.
No se trata de que un antecedente determine inevitablemente la aparición de la enfermedad. El riesgo se evalúa junto con la edad, los resultados de estudios previos, los síntomas —si los hay— y otras características de cada paciente. La indicación de un control no es idéntica para todos.
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Cuando hay varios familiares cercanos afectados o diagnósticos a edades tempranas, el equipo tratante puede considerar pruebas genéticas. Estos estudios analizan genes vinculados con formas hereditarias de cáncer, entre ellos BRCA1, BRCA2, CHEK2, HOXB13 y genes asociados a mecanismos de reparación del ADN.
El resultado puede aportar información para la persona evaluada y también para sus familiares, aunque su interpretación requiere asesoramiento profesional. Una variante genética no representa una sentencia ni define por sí sola un tratamiento; es una pieza más dentro de una evaluación clínica más amplia.
El PSA es una herramienta inicial, no un diagnóstico definitivo

Uno de los estudios más conocidos es el análisis de sangre para medir el antígeno prostático específico, o PSA. Se trata de una proteína producida por la próstata cuyos valores pueden elevarse por distintos motivos, incluso por afecciones benignas.
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Por eso, un PSA elevado no confirma por sí mismo la presencia de un tumor. La hiperplasia prostática benigna, una infección o una inflamación pueden alterar el resultado. La cifra debe analizarse en contexto: edad, antecedentes, evolución de los valores en el tiempo, síntomas y hallazgos de otros estudios.
En determinados casos, cuando el PSA se ubica entre 3 y 10 nanogramos por mililitro y no existen otros signos de alarma, el médico puede recomendar repetir la medición antes de avanzar con otros procedimientos. El objetivo es confirmar el resultado y evitar conclusiones apresuradas.
El tacto rectal también puede formar parte de la evaluación. Permite valorar cambios en el tamaño, la consistencia o la superficie de la próstata. Su utilización depende de la situación clínica y debe resolverse en la consulta, lejos de los prejuicios que todavía pueden demorar el acceso a la atención.
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Las imágenes ayudan a definir si es necesario avanzar con una biopsia

Si la evaluación inicial genera sospechas, los estudios por imágenes pueden aportar mayor precisión. La ecografía, la resonancia magnética multiparamétrica y, en casos seleccionados, la tomografía por emisión de positrones con marcador PSMA —conocida como PET-PSMA— cumplen funciones diferentes y complementarias.
La resonancia multiparamétrica permite observar la glándula con detalle, localizar áreas que requieren atención y orientar una eventual biopsia hacia las zonas de mayor interés. También puede ser útil en pacientes con PSA elevado y biopsias previas negativas, cuando persisten dudas sobre la evolución.
El PET-PSMA utiliza un radiofármaco que se dirige a una proteína que suele expresarse en las células del cáncer de próstata. Combinado con tomografía computada, puede colaborar en la búsqueda de focos de enfermedad en ganglios, huesos u otros órganos, en especial cuando es necesario establecer la extensión del cuadro.
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“La integración de las imágenes con el PSA, la biopsia y los datos clínicos permite definir con mayor precisión la localización y la extensión de la enfermedad”, resumió Gallo. Ningún estudio funciona de manera aislada: la decisión sobre el paso siguiente surge de reunir resultados y antecedentes bajo criterio médico.
Cuando la sospecha se mantiene, puede indicarse una biopsia prostática. El procedimiento obtiene muestras de tejido para confirmar o descartar la presencia de células tumorales y, si se confirma el diagnóstico, conocer su grado de agresividad.
El tratamiento se define según cada diagnóstico

La confirmación de un cáncer no implica una única respuesta terapéutica. Las alternativas dependen del estadio, la velocidad de crecimiento del tumor, la edad, el estado general de salud y las preferencias del paciente.
En algunos casos puede indicarse vigilancia activa, con controles programados, especialmente frente a tumores de bajo riesgo. En otros, las opciones pueden incluir cirugía, radioterapia, tratamientos hormonales u otras terapias. La conversación con el equipo médico debe contemplar los beneficios esperados, los posibles efectos adversos y el impacto sobre la calidad de vida.
Mientras la investigación mejora las herramientas disponibles, hay medidas que forman parte del cuidado general: actividad física regular, alimentación equilibrada, peso saludable y evitar el tabaco. No sustituyen la consulta ni garantizan la prevención, pero contribuyen a reducir factores vinculados con distintas enfermedades.
En este mes de la Prevención del Cáncer de Próstata, el dato más importante no está únicamente en una estadística. Está en la posibilidad de hablar del tema antes de que aparezcan síntomas, reconstruir los antecedentes familiares y consultar a tiempo para que cada persona conozca qué seguimiento le corresponde.
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