
Al nacer, a Louise Joy Brown le realizaron 100 pruebas. El mundo quería saber si la primera persona concebida mediante fertilización in vitro (FIV) era diferente. Casi cinco décadas después, la británica llegó por primera vez a la Argentina como invitada de honor del XXII Congreso Argentino de Medicina Reproductiva y respondió a esos interrogantes en exclusiva con Infobae: “¿Qué es ser normal? Todo el mundo es diferente. Yo soy mi propia normalidad”.
Antes de que su nombre ocupara las tapas de diarios de todo el mundo, la historia de Louise transcurrió lejos de la atención pública. Sus padres, Lesley y John Brown, atravesaron durante una década intentos fallidos y consultas médicas antes de aceptar un tratamiento que todavía no tenía antecedentes de un embarazo que llegara a término. Habían llegado a una instancia sin certezas y con una posibilidad que la medicina aún no había logrado comprobar.
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Louise nació el 25 de julio de 1978 en Oldham, Inglaterra, luego del procedimiento desarrollado por el fisiólogo Robert Edwards, el ginecólogo Patrick Steptoe y la embrióloga Jean Purdy. El equipo logró fecundar un óvulo fuera del organismo, obtener un embrión y transferirlo al útero de Lesley Brown.
La británica recuerda que a su madre le habían dicho que tenía “una posibilidad entre un millón” de lograr un embarazo. Una ginecóloga los puso en contacto con el equipo que realizaba los primeros ensayos de la técnica. Louise se pone por un instante en la piel de su madre, fallecida en 2012 y quien confió en Steptoe desde el primer encuentro. “Creyó que él la ayudaría. Creo que eso es algo muy importante: hay que confiar en los médicos”. En su repaso de aquella historia, menciona a Purdy, Steptoe, Edwards y a sus padres como las cinco personas a las que les “debe la vida”.
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El embarazo se llevó adelante bajo reserva. No había experiencias previas que ofrecieran certezas y el equipo médico temía que la atención pública y las reacciones adversas interfirieran en un procedimiento sin antecedentes. Cuando nació por cesárea, a las 23.47, en el Oldham District General Hospital, Louise pesó 2,608 kilos y quedó bajo los flashes de la prensa internacional.
La técnica era entonces experimental y generaba cuestionamientos científicos, religiosos y sociales. Con los años, la FIV se incorporó a la práctica médica y Edwards recibió en 2010 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus aportes a su desarrollo.
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“Bebé probeta”, una etiqueta que Louise Brown rechaza

La etiqueta llegó antes de que pudiera hablar. Durante décadas, “bebé probeta” fue la fórmula con la que el mundo resumió el nacimiento de Louise. Ella señaló que el término perdió lugar frente al uso de FIV o fertilización in vitro y fue categórica al explicar su rechazo a esa definición.
—La expresión “bebé probeta” sigue vigente después de casi medio siglo. ¿Le incomoda que la hayan definido así, como parte de un experimento?
—Odio eso. Siempre lo detesté. De hecho, conocí al hombre que inventó la expresión “bebé probeta”. Era periodista del periódico regional británico Manchester Evening News, y Manchester está muy cerca de Oldham, donde nací. Le dije en broma: “¿Por qué se atribuyó esa frase? Porque la odio”. No sería tan malo si se hubieran usado probetas, pero no fue así. Nunca recibí una respuesta, aunque él sabía que no me gustaba.
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Louise relató a Infobae que durante su infancia escuchó muchas de las entrevistas que sus padres daban sobre el tratamiento. Según recordó, participó de ellas desde los cuatro años hasta aproximadamente los 10, cuando decidieron reducir la exposición para que pudiera concentrarse en la escuela. “Realmente no hablábamos mucho de eso en casa”, afirmó.

También cuestionó la persistencia de prejuicios acerca de quienes nacieron mediante fertilización in vitro. Contó que le hicieron 100 pruebas al nacer y que, desde entonces, no requirió estudios diferentes de los controles médicos habituales. “Nunca hubo indicios de que haya algo diferente”, señaló.
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La exposición pública empezó apenas salió del hospital y pronto alcanzó escenas cotidianas. Louise dijo que, cuando su madre la llevó a una panadería de su barrio, algunas personas la señalaron como “un bebé probeta” y preguntaban si era normal. “Mi mamá les dijo: ‘¿Qué esperaban? Mírenla’”, relató.
La duda de aquellas personas en la panadería condensaba los temores que habían rodeado su nacimiento. La pregunta que acompañó a sus padres en 1978 reapareció décadas después en sus propias intervenciones públicas. Casi medio siglo más tarde, Louise todavía la responde, aunque con otras palabras. “¿Qué es normal? Todo el mundo es diferente. Yo soy mi propia normalidad”.
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El consejo de Louise Brown para quienes evalúan un tratamiento

La confianza que, según Louise, su madre depositó en Patrick Steptoe reapareció en su consejo para las familias que hoy evalúan un proceso de reproducción asistida. La primera persona nacida por FIV dijo que el acceso a información y a equipos de confianza resulta central al momento de tomar decisiones.
—¿Qué mensaje le dejaría a una familia que quiere iniciar un tratamiento?
—Que investiguen. Ahora hay mucha información en internet, asesores y distintas cosas que pueden ayudarlos. Es importante encontrar una clínica y un médico en quienes confíen. He conocido personas que no tuvieron éxito en una clínica, fueron a otra y quedaron embarazadas.
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También advirtió que la FIV no siempre tiene éxito. “Tengo amigos que se sometieron a una fecundación in vitro y no tuvieron éxito. Sería estupendo si funcionara al 100%, pero por desgracia no siempre es así”, afirmó.
Louise, que tuvo dos hijos concebidos de forma natural, señaló que su historia puede contribuir a despejar dudas que todavía persisten sobre la FIV, la técnica que abrió una posibilidad para millones de familias en el mundo. 48 años después, la mujer que nació de aquel procedimiento viaja por el mundo para hablar de sus alcances y límites.
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“Hay que investigar y encontrar una clínica y un médico en quienes confíen. Mi nacimiento fue posible porque hubo científicos y médicos que se animaron a buscar una respuesta nueva frente a un problema que afectaba a muchas familias. Cuando nací, nadie podía saber hasta dónde llegaría aquella técnica. Hoy me emociona comprobar cuánto avanzó la ciencia. Pero también creo que el desafío es que esos avances puedan estar disponibles para quienes los necesitan y que las personas puedan hablar de infertilidad sin vergüenza ni estigma”, concluyó.
Genética, preservación de la fertilidad e inteligencia artificial
Louise llegó al país como invitada de honor del XXII Congreso Argentino de Medicina Reproductiva, que se realiza desde este miércoles y reúne a cerca de 1.500 participantes de distintas disciplinas vinculadas con la salud reproductiva. El programa prevé actividades sobre estimulación ovárica personalizada, genética y selección embrionaria, preservación de la fertilidad, endometriosis, factor masculino y fallas de implantación.

Entre los temas centrales figuran las nuevas tecnologías de laboratorio, los sistemas time-lapse que registran el desarrollo de los embriones y la aplicación de inteligencia artificial para analizar imágenes y datos. El encuentro también aborda los denominados add-ons, procedimientos complementarios cuya utilidad debe evaluarse de acuerdo con las pruebas científicas disponibles.
Gabriel Fiszbajn, presidente del Comité Científico del Congreso, sostuvo que los avances no se reducen a una sola técnica, sino a la combinación de conocimientos sobre estimulación, trabajo de laboratorio, conservación de óvulos y embriones, y selección de estrategias para cada paciente. “Queremos discutir qué innovaciones tienen prueba suficiente, cuáles están todavía en evaluación y cómo incorporar tecnología sin perder de vista que el objetivo final es mejorar los resultados y la seguridad de los pacientes”, afirmó.
La edad continúa como un límite para los tratamientos con óvulos propios

La mejora en los procedimientos de reproducción asistida elevó los resultados promedio, pero no eliminó el efecto de la edad sobre las posibilidades reproductivas con óvulos propios. Según datos difundidos por la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMeR), la tasa de nacimiento por transferencia de un embrión fresco supera el 30% entre los 18 y los 34 años, mientras que ronda el 5% o menos entre los 43 y los 44.
En un contexto de postergación de los proyectos de maternidad y paternidad, los especialistas insisten en la importancia de acceder a información antes de que aparezca una dificultad para concebir. La vitrificación permite preservar óvulos obtenidos a una determinada edad para intentar utilizarlos en el futuro, aunque no garantiza un nacimiento: inciden, entre otros factores, la edad al momento de la extracción y la cantidad de ovocitos obtenidos.
Agustín Pasqualini, presidente de SAMeR y del Congreso, advirtió que consultar a tiempo no supone necesariamente iniciar un tratamiento. “La tecnología avanzó muchísimo, pero no debemos transmitir la idea equivocada de que puede borrar el efecto de la edad”, sentenció.
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