
Quien navega el Delta suele ver filas prolijas de álamos, algunos rodeos y el movimiento constante de los arroyos. Sin embargo, entre todo eso, un proceso menos visible está cambiando la composición del paisaje: la reintroducción del monte blanco, el bosque nativo que caracterizó históricamente a estas islas.
¿Puede una región productiva volver a tejer parte de su trama natural sin perder rendimiento? Esa es la pregunta que guía a un proyecto interinstitucional que ya transformó varias parcelas y que busca sumar evidencia para ampliar la escala.
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La iniciativa abarca casi cinco hectáreas donde se plantaron más de 600 ejemplares de 22 especies nativas. El plan no es volver a un escenario previo a la actividad humana, sino incorporar funciones ecológicas que ayuden a sostener la producción forestal y ganadera.

Pequeñas parcelas que ensayan el regreso del monte blanco
Para observar cómo se comportan las especies nativas dentro de los sistemas productivos, se instalaron siete módulos de restauración de 60 m² en campos forestales, ganaderos y silvopastoriles. Allí se sumaron más de 400 individuos de árboles, arbustos, lianas y pastos. En otras 4,5 ha se agregaron más de 200 árboles nativos para reforzar la regeneración del bosque ribereño.
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Los primeros datos ya permiten leer tendencias. Algunas especies —tarumá, ceibo, anacahuita, canelón verde— muestran buen desarrollo, mientras que timbó, palo amarillo y ceibillo requieren más tiempo para establecerse. “Buscamos evaluar crecimiento y supervivencia”, señalaron desde el equipo técnico, que también registra qué plantas llegan de forma espontánea. Las primeras suelen ser herbáceas nativas, por lo que sumar arbóreas resulta clave para estructurar el bosque a largo plazo.
Un socio silencioso de la producción
El monte blanco ofrece servicios que se vuelven estratégicos para quienes trabajan en las islas. Provee hábitat a fauna que aporta a la polinización y al control natural de plagas, dos funciones que impactan directamente en los rindes y en la sanidad de los sistemas forestales y ganaderos. Además, actúa como corredor biológico entre áreas protegidas y sectores productivos, y conserva recursos genéticos y medicinales de valor para la región.
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Su aporte físico también es importante: reduce la erosión de la costa, mejora la calidad del agua y brinda estabilidad a las forestaciones. Ese conjunto de beneficios abre la puerta a certificaciones de manejo sostenible y a esquemas de carbono, además de fortalecer la identidad paisajística y turística del Delta.
Mirar el territorio con más precisión
En paralelo a la restauración, el equipo relevó la vegetación en distintos ambientes productivos. En plantaciones de sauces y álamos predominan especies exóticas como zarzamora, ligustro y lirio amarillo; en pastizales ganaderos y en sistemas silvopastoriles aparecen sobre todo herbáceas nativas. Estas diferencias orientarán futuras estrategias de manejo con enfoque sostenible.
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La iniciativa también consolidó una red amplia de cooperación entre universidades, organismos públicos, fundaciones, empresas y productores. Esa articulación permite coordinar acciones, compartir aprendizajes y sostener una visión común sobre el uso del territorio.
De cara a los próximos años, el proyecto continuará midiendo servicios ecosistémicos como la regulación hídrica y la captura de carbono, y se seguirán impulsando actividades de investigación, docencia y vinculación para fortalecer la gestión forestal sostenible en el Delta.
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Fuente: Fauba SLT
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