Hay carreras más vertiginosas y otras que se construyen con un largo trabajo. Paul Thomas Anderson, nacido en California hace 51 años, es ambas cosas. Sus primeras dos películas lo convirtieron en el favorito de muchos y al mismo tiempo, con talento parsimonia, el director no cayó en ninguna trampa e hizo de cada nuevo título una obra particular, siempre personal, ajeno a modas, siempre fiel a su propia mirada del mundo.
Nueve películas conforman su filmografía. En orden de realización: Vivir del azar (Hard Eight, 1996), Boogie Nights (1997), Magnolia (1999), Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007), The Master (2012), Vicio propio (Inherent Vice, 2014), El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017) y Licorice Pizza (2021). Cada uno de estos títulos por separado merece un lugar en la historia del cine, y todos sumados dan como resultado una filmografía fuera de serie. Eso es Paul Thomas Anderson, un director absolutamente fuera de serie.
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Con nueve películas Anderson ya ha sumado para él mismo ocho nominaciones a los premios Oscars, sin contar Licorice Pizza, ya que no se anunciaron aún las de este año. Es decir, que ya es un director valorado y no un marginado. Hay que sumarle que ha ganado en los festivales de cine más importantes: Cannes, Venecia y Berlín.
Aunque no todas sus películas son de fácil recepción, el estilo visual del director más los grandes actores que siempre quieren trabajar con él, lo han convertido en alguien con reconocimiento en la taquilla y a la vez muy respetado. En paralelo ha desarrollado una importante carrera dirigiendo videoclips, lo que completa un cuadro de una obra no muy fácil de encasillar.
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Cuando uno entra a un cine a ver una película de él, es casi imposible saber lo que uno va a encontrar. Hay películas más siniestras y otras más luminosas. Hay amores obsesivos y destructivos y otros que son la felicidad misma. Sí es muy común encontrar grandes picos de tensión, casi exasperantes, en la mayoría de sus films. La violencia explícita o contenida que Anderson lleva hasta el límite. Todo esto con un trabajo de cámara capaz de describir una escena colectiva de caos o una completamente intimista.
Ha conseguido que grandes estrellas de cine parezcan actores nuevos cuando trabajan con él. Los casos más obvios son Tom Cruise en Magnolia y Adam Sandler en Embriagado de amor, pero también ha logrado sacar de otros actores como Daniel Day Lewis o Joaquin Phoenix actuaciones memorables. Ha dirigido en muchas ocasiones a Philip Seymour Hoffman, John C. Reilly y William H. Macy, por nombrar a varios favoritos del cine independiente.
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Su cultura del VHS, su nostalgia de los setenta y los ochenta se manifiestan en la elección de la historias y en la selección musical con grandes canciones de aquellos años. Paul Thomas Anderson se siente a gusto con esta iconografía pero no está atrapado en ella. Títulos como Petróleo sangriento y El hilo fantasma muestran que su mundo no depende de una época sino de cómo el director se enfrenta al material.
Lo que tal vez mejor defina al director es su notable capacidad para crear todo lo mencionado con su cámara, es decir con su mirada. Puede armar un sofisticado plano secuencia o un montaje vertiginoso con la cámara encima de los personajes. A veces se mueve a todo ritmo, pero en otras ocasiones se vuelve más contemplativo. En ambos casos con estilo y belleza. La versatilidad visual de Paul Thomas Anderson lo vuelve siempre atractivo y sorprendente. Ha sabido crear escenas que hoy son clásicos, momentos impactantes que no dejan indiferente a nadie.
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En su cine hay muchas escenas sin diálogos, Anderson confía en la imagen, su narración no depende de lo que se dice, sino de lo que se muestra. La vigorosa y decidida puesta en escena de Paul Thomas Anderson se confirma en todos sus films. La belleza de los encuadres en su obra es arrebatadora. Todo lo dicho aparece una vez más en Licorice Pizza, pero la novedad en el nuevo film del director es el tono un poco más ligero y definitivamente más amable. El amor adolescente visto con la mirada de Paul Thomas Anderson. Con un raro ingrediente extra, el del amor por el cine y la década del setenta. El director siempre sorprende y esta vez lo hace con una película que posee todas sus virtudes visuales más una gran dosis de ternura.
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