
Después de 82 días de gobierno -cómo se encargó de destacar- pero con pinceladas de presentación inaugural de gestión, Javier Milei desgranó ante la Asamblea Legislativa un mensaje que volvió sobre su particular lectura del pasado, ratificó dureza generalizada sobre “la” política como “casta” -aunque esta vez con algunos matices y claro foco sobre la etapa K-, mandó un mensaje de ajuste a los gobernadores y convocó a un pacto fundacional, aunque precedido de un acuerdo político a negociar con jefes provinciales y representantes de los partidos opositores. Ese último asoma como el núcleo del discurso, descargados los adjetivos y fuera del clima de campaña en los palcos colmados por el oficialismo.
El planteo general, según las primeras reacciones, cosecha de entrada una respuesta formal de acuerdo o buena mirada entre los espacios de la oposición dialoguista -más expreso pero tampoco incondicional en el PRO- y cuestionamientos frontales desde las filas del peronismo/kirchnerismo, con cierta incertidumbre sobre el juego de algunos gobernadores. Al mismo tiempo, y es un dato político central, las reacciones positivas exponen entrelínea dudas sobre la real predisposición al diálogo del Gobierno después de las cargas sobre el Congreso y los gobernadores. Esa sería la discusión que viene, con forma de interrogante: entendimiento negociado o firma a libro cerrado.
Milei hizo una convocatoria de diez puntos para un “Pacto de Mayo” -en el texto difundido con impronta histórica dice “Pacto del 25 de Mayo”-, que en rigor sería precedido de negociaciones inmediatas con todos los gobernadores y el jefe de gobierno porteño, reconocidos de hecho como mayor conjunto de poder fuera del oficialismo, y con dirigentes de los partidos. En este caso, la discusión tendrá dos ejes -complementarios en términos de negociación- que son los puntos centrales de la Ley Ómnibus y el paquete fiscal. Quedó resonando el término “alivio” para aludir a las provincias.
El llamado al acuerdo de Mayo, que se celebraría en Córdoba -otro gesto-, incluye títulos que pocos discutirían y algunos enunciados de una amplitud enorme, en todo caso atados a la letra chica que debería ser discutida. Entre los primeros, se destacan el respeto a la propiedad privada, el equilibrio fiscal y la reducción del gasto público. Más necesitados de precisiones se incluyen cuestiones tales como un nuevo esquema de coparticipación federal -en deuda desde la reforma de la Constitución, es decir, hace treinta años- y las reformas laboral y previsional.
El entendimiento previo combinaría, en cambio, definiciones de reformas estructurales y necesidades de coyuntura, especialmente relacionadas con los fondos destinados a las provincias. Es un rubro denso que incluye impuestos -en el primer renglón de la lista de pendientes quedó Ganancias- y transferencias discrecionales, que en algunos casos y aún de manera distorsionada tenían destino específico, además de algunos fondos que entraron en discusión y cuyos recortes ya están judicializados.
Milei dedicó buena parte de su discurso a exponer una visión muy crítica del pasado, más reciente y también más histórico. En los últimos tramos de su discurso, dijo que prefería mirar hacia el futuro, aunque parte de lo dicho exponga una reiteración conceptual sobre su mirada acerca de la política.
Al menos cinco veces habló de los últimos cien años de historia y lo hizo colocando todo ese lapso como sinónimo de empobrecimiento, en contraposición a su defensa de una suerte de liberalismo inicial puro. Mezcló de ese modo todas las experiencias democráticas previas y trágicos procesos dictatoriales, como un todo político y económico.

Pareció, como ya lo había hecho al asumir, un modo forzado de establecer un corte en blanco y negro. Sin embargo, esta vez fue más preciso y extendido en describir lo que presentó sin vueltas como herencia: los últimos “veinte años” y sobre todo, la gestión de Alberto Fernández. Se refirió a la deuda, el peligro de default, la escalada de precios con riesgo cierto de hiperinflación, el déficit, los precios relativos, el dólar y, en especial, la enorme emisión monetaria.
En la misma línea, el Presidente abundó en frases ácidas sobre “la” política y la “casta”. Y con referencias absolutas sobre el sentido del voto en el balotaje. Se presentó como expresión de la “mayoría silenciosa” de la sociedad o como representante del “pueblo” y la “gente”, frente a la política tradicional que gobernó en “beneficio propio”.
De todos modos, ni siquiera los párrafos más encendidos estuvieron en el borde de un quiebre sin retorno con el Congreso y con todos los espacios no libertarios, como arriesgaban las especulaciones más jugadas en la previa a la apertura formal de las sesiones ordinarias.
Hubo en algunos tramos una mezcla entre la condena global a la política y referencias tales como “algunos” o “muchos” políticos. Y fue significativo que los nombres propios fueran pocos, empezando por Cristina Fernández de Kirchner. Y que las menciones de corrupción incluyeron precisamente a las denuncias por el caso del sistema de seguros que involucra a Alberto Fernández.
Un mensaje a otras filas, fuera del genérico cuestionamiento a los gobernadores -después del pico de tensión por la poda de fondos a Chubut y los recortes más generalizados de fondos para las provincias- apuntó sin nombrarlo pero de manera clara al ex gobernador jujeño Gerardo Morales y el “silencio” de esa franja opositora, en especial dentro de la UCR.
También resultaron significativos los elogios destinados al interior del oficialismo. En primera línea, Luis Caputo y Patricia Bullrich, y un escalón más abajo, Sandra Pettovello. Las cámaras dela transmisión oficial se encargaron de destacarlo. Son todos frentes ásperos: economía, seguridad, tensión con las organizaciones sociales.
En ese cúmulo de señales, finalmente, llegó el llamado a una negociación que tendría costados político y fiscal. Es lo que viene ahora. Empieza la semana próxima, expone un largo recorrido antes del 25 de Mayo y no tiene final escrito.
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