
Si el capital político se acopiara en criptomonedas, el de Macri cotizaría en bitcoins. La caída de la imagen presidencial que se registró en varias encuestas durante los últimos meses habla de la creciente volatilidad de las razones y emociones que mueven el ánimo de las mayorías. No está para tirar manteca al techo. En la política, como en la vida, corre un tiempo de amores líquidos.
La batalla campal de diciembre para aprobar la resistida reforma previsional devaluó la consistencia del vínculo de confianza imprescindible para imponer tan exigentes cambios de fondo. Su aprobación fue un triunfo político, pero la refriega callejera que desencadenó hirió el clima social.
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Sin acusar recibo de este estado de cosas Mauricio Macri sigue para adelante. Pragmático, no repara en "gastos". Animado por la impronta de que es ahora o nunca, y que las monedas ganadas en octubre están para ser invertidas rápidamente, puso primera y avanzó sin recalcular. Toda la carne al asador. El costo de la embestida está resultando alto. Pero eso al Presidente, al menos por ahora, parece no importarle demasiado.
Enero, que llegó con aumento de tarifas, estampida en el precio de la nafta, suba del dólar y una inflación que resiste, más las repercusiones del polémico audio del ministro de Trabajo Jorge Triaca, sumó una sensación de creciente malestar.
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Los que acceden a la intimidad presidencial, no obstante, sostienen que nada mueve a Macri de su eje. Templado en las prácticas armonizadoras que le impone Cristina (su gurú budista, no la ex Presidente) surfea estos sobresaltos sin alterar el ritmo de su respiración. Solo se irrita con los que no comprenden que su empeño tiene un objetivo y que no hay Plan B para su gestión.
Tampoco aporta el bueno de Durán Barba, cuando, desde el más allá sostiene que la inmensa mayoría de los argentinos quiere la pena de muerte. Un comentario desafortunado, a apenas horas de que el jefe de Estado levantara una selfie con el policía Chocobar, cuyo proceder todavía se investiga.
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El anunciado programa de austeridad para bajar en un 20% por ciento la planta de cargos jerárquicos a nivel nacional también visualiza una lamentable constatación: de conseguirse, no haría más que retrotraer las cosas al comienzo de esta gestión. O sea, el Gobierno se terminaría desprendiendo de una cantidad de gente que ellos mismos sumaron a la pesada carga estatal.
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No son pocos los que piensan que estos anuncios son solo movidas mediáticas y supuestamente efectistas que también descuentan capital. Estos avatares no parecen influir sobre el natural optimismo que anima todo lo PRO. Las repercusiones del paso por Davos retemplan el espíritu en los despachos de la Rosada donde se hace carne el convencimiento de que ahora ya somos percibidos como "un país normal" y que aunque aún no fluyan las inversiones ya estamos siendo mirados desde otro lugar. En eso se coincide con Durán Barba: "Ya no tenemos un Presidente bailando con Moreno en Angola, tenemos uno en Davos".
"Hay que pasar el otoño". Es la consigna de la hora. Llegar al segundo semestre del tercer año. Puede que entonces la baja de la inflación núcleo, de la que hoy se jactan los funcionarios, lleve alivio al bolsillo del común de la gente, algo que todavía no se ve venir, al compás de los inexorables ajustes de precios y tarifas.
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Está claro que el Presidente no la tiene fácil. Tiene pendiente la baja de la inflación, las paritarias en puerta tensionando con un pretendido 15%, minoría parlamentaria en un contexto de crispación, dificultades para sumar inversiones, el sindicalismo listo para presentar batalla, y un incierto panorama financiero internacional, pero hay que admitir que una ficha le juega definitivamente a favor. Nadie está recogiendo, ni acumula las monedas que Macri está perdiendo.

La oposición vaga en el desconcierto. Los intentos de unidad que se promueven en el peronismo deshilachado chocan no solo con el pasado K, sino, también ahora, contra el "factor Moyano". Son muchos los que creen que hay motivos de sobra para la protesta pero no están de acuerdo con acompañar una marcha para legitimar la defensa de los chanchullos patrimoniales de un personaje al que no le perdonan que haya acompañado a Macri hasta hace unos pocos días. Alguien al que ubican entre la traición y el oportunismo.
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En el Frente Renovador también reina la dispersión. Nadie sabe muy bien dónde ponerse. Los intentos de construir una oposición racional desde el progresismo también se estrellan contra una polarización creciente, en la que no tiene lugar ni espacio debate alguno. Se está a favor o en contra. No hay calle ni avenida del medio por la cual transitar.
La brutalidad discursiva de Hugo Moyano es absolutamente funcional a los que quieren sostener este estado de cosas. Con Cristina y Hugo centralizando el escenario de la confrontación, el macrismo se fortalece.
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En Cambiemos también crece un clima de inquietud. La llegada de marzo mete miedo a los que tienen responsabilidades parlamentarias. Muchos se preguntan desde qué lugar podrán defender cambios que entienden necesarios y legítimos después de un verano que viene dejando tantos sinsabores. Son los que sostienen que es hora de hacer un "service" al interior de la fuerza política que sostiene al oficialismo y, sin desmerecer el peso de la gestión, rediscutir los caminos de la política.
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