
No todas las obras vuelven al escenario para repetir lo ya dicho. Algunas regresan porque todavía arden. Mi madre se comió mi corazón, escrita y dirigida por K’intu Galiano y protagonizada por Vania Accinelli, es una de ellas. La puesta en escena volvió al Teatro La Plaza por una breve temporada como parte de una reposición que reafirma su lugar como una de las propuestas teatrales más conmovedoras y necesarias de los últimos años.
La obra formó parte del ciclo Presencias que transforman, un espacio que apuesta por experiencias escénicas capaces de dejar huella. En este unipersonal, Accinelli encarna a la hija de una mujer diagnosticada como bipolar que decide confrontar los paradigmas que han definido su identidad. A través de un viaje íntimo por los pasadizos de su mente, el personaje revisa su relación con la salud mental, los vínculos maternos y las etiquetas impuestas desde la infancia, con la esperanza de recuperar la soberanía de su territorio psíquico.
En conversación con Infobae Perú, la actriz reflexiona sobre el proceso de volver a habitar una obra tan intensa. “Cuando surgió la posibilidad de regresar, me emocioné muchísimo. Fue un trabajo muy minucioso y profundo, y muchas personas se habían quedado con ganas de verla”, señala.

Para Accinelli, la obra aborda un tema central en la vida de cualquier persona: la relación con la madre y cómo esta influye directamente en la salud emocional. “De ese vínculo se deriva gran parte de nuestro tejido afectivo y de la manera en que aprendemos a habitar el mundo”, explica.
El montaje también pone sobre la mesa la responsabilidad de la crianza y la importancia de trabajar en uno mismo. Accinelli, madre de una niña de dos años, reconoce que esa idea dialoga profundamente con su propia experiencia. “Criar no debería ser un acto aislado. Necesitamos redes de apoyo y recursos emocionales para acompañar a otro ser humano en su crecimiento”, afirma.
Un camino para sanar
La actriz también resalta la urgencia de hablar sobre salud mental en un contexto donde muchas veces el acceso a la terapia es limitado. Sin embargo, rescata la posibilidad de encontrar otros caminos de acompañamiento: lecturas, pódcasts, elecciones conscientes sobre con qué nos nutrimos emocionalmente.
“Todo lo que leemos, escuchamos y decimos va configurando nuestra manera de pensar”, sostiene, sin dejar de enfatizar la importancia del trabajo profesional cuando es posible.
Uno de los ejes más potentes de la obra es la idea de soltar y empezar a vivir. Accinelli lo resume con claridad: llega un momento en la vida adulta en el que es necesario dejar de responsabilizar únicamente al pasado o a los padres por lo que nos sucede. “No elegimos el contexto ni la familia en la que nacemos, pero sí podemos hacernos cargo de nuestras acciones, revisar, aceptar, perdonar y romper patrones que condicionan nuestra salud emocional”, afirma.
Una emoción que traspasa la ficción
El nivel de intensidad emocional del unipersonal exige también un cuidado especial fuera del escenario. La actriz confiesa que la obra “la altera químicamente” y que necesita rituales concretos para entrar y salir del personaje.
Caminar de regreso a casa, respirar, y realizar un ejercicio corporal para desprenderse del rol son parte de ese proceso. “Decirme ‘yo soy Vania, no soy este personaje’ ayuda a que el cuerpo y el cerebro registren el cierre”, explica la actriz, quien acepta que la potencia de la obra es tan fuerte que es muy difícil dejarse envolver una vez culminada la puesta en escena.
El vínculo creativo con K’intu Galiano, director de la obra y su esposo, ha sido otro elemento clave. Accinelli acompañó el proyecto desde antes de que el texto existiera, leyendo versiones tempranas y creciendo junto al personaje durante años. “El tema me pareció urgente. Había que poner el cuerpo para contar esta historia”, afirma, reconociendo que su propia maternidad le permitió habitar el personaje desde un lugar distinto.

Mi madre se comió mi corazón tuvo una corta temporada en el Teatro La Plaza (Larcomar). Después de ello, Accinelli ya adelanta nuevos proyectos, entre ellos una obra dedicada a Blanca Varela, en el marco del centenario de su nacimiento, que se estrenará en la segunda mitad del año.
Más que una reposición, la obra regresó como un recordatorio de que el teatro también puede ser un espacio de reparación, escucha y transformación. Un montaje que estamos seguros volverá a escena.
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