
Cuidar la salud del hígado es esencial para prevenir enfermedades graves, como el cáncer hepático, que representa un reto creciente en la salud pública peruana. Según el Ministerio de Salud (Minsa) registra más de 2 mil casos nuevos de carcinoma hepatocelular al año, el tipo más frecuente de cáncer de hígado. Este tumor tiene una alta mortalidad y suele diagnosticarse en etapas avanzadas. Por eso es clave conocer sus síntomas: detectarlos a tiempo puede salvar vidas y mejorar los resultados del tratamiento.
Estos son los 5 principales síntomas del cáncer de hígado
Aunque en sus primeras fases el cáncer de hígado puede ser silencioso, existen algunos síntomas que suelen aparecer a medida que avanza:
- Pérdida de peso inexplicada: muchas personas con cáncer de hígado comienzan a perder peso sin hacer dieta ni modificar sus hábitos alimenticios.
- Falta de apetito: el deseo de comer disminuye notablemente, lo que puede acompañar la pérdida de peso.
- Dolor o molestia en la parte alta del abdomen: puede sentirse una sensación de peso, presión o dolor justo debajo de las costillas derechas.
- Ictericia: coloración amarillenta de la piel o de la parte blanca de los ojos, causada por la acumulación de bilirrubina cuando el hígado no funciona bien.
- Hinchazón abdominal (ascitis): la acumulación de líquido en el abdomen provoca distensión, malestar y a veces náuseas o vómitos.
Factores de riesgo del cáncer de hígado

Existen varios factores que aumentan el riesgo de desarrollar cáncer hepático. Entre los más relevantes están:
- Hepatitis B o C crónica: las infecciones virales prolongadas son de las causas más fuertes.
- Cirrosis hepática: tejido cicatricial en el hígado, a menudo derivado de alcoholismo o infecciones virales, eleva significativamente el riesgo.
- Consumo excesivo de alcohol: beber en exceso durante muchos años favorece el daño hepático y la formación de tumores.
- Hígado graso no alcohólico (esteatohepatitis no alcohólica): acúmulo de grasa en el hígado que puede evolucionar a inflamación y cirrosis.
- Diabetes: las personas diabéticas tienen un mayor riesgo de cáncer de hígado.
- Exposición a toxinas como las aflatoxinas, así como algunas enfermedades genéticas como la hemocromatosis.
Otros síntomas del cáncer de hígado
Además de los cinco principales, el cáncer de hígado puede manifestarse con otros signos. Entre ellos están la debilidad o fatiga general, sensación de llenura después de comer poco, vómitos, y orina de color más oscuro. También pueden presentarse heces pálidas o blanquecinas. En algunos casos, los pacientes sienten un vientre hinchado debida a líquido acumulado (ascitis) o experimentan fiebre leve sin causa aparente.
Cómo se detecta el cáncer de hígado
El cáncer de hígado se detecta mediante una combinación de síntomas, análisis y estudios de imagen. Aunque en etapas iniciales suele ser silencioso, pueden aparecer señales como dolor abdominal, pérdida de peso y coloración amarillenta de la piel. Para confirmar la enfermedad, los médicos solicitan análisis de sangre que incluyen el marcador AFP (alfa-fetoproteína). Además, se realizan ecografías, tomografías o resonancias magnéticas para identificar tumores. En algunos casos, se usa una biopsia para analizar una muestra del tejido hepático. La detección temprana es clave, especialmente en personas con cirrosis o hepatitis crónica.
Tratamiento del cáncer de hígado

El tratamiento del cáncer de hígado depende del tipo de tumor, el estado de la función hepática y la etapa en la que se detecta la enfermedad. En líneas generales, el objetivo es eliminar el tumor, frenar su crecimiento o aliviar los síntomas para mejorar la calidad de vida del paciente.
Cuando el cáncer se detecta temprano y el hígado mantiene un buen funcionamiento, uno de los tratamientos más efectivos es la cirugía, ya sea mediante resección parcial (extirpar solo la parte afectada) o trasplante de hígado, que ofrece altas tasas de supervivencia en casos seleccionados. Otra opción es la ablación, técnica que destruye las células cancerosas con calor, frío o sustancias químicas sin necesidad de extirpar tejido.
En etapas más avanzadas, se emplean terapias como la quimioembolización o la radioembolización, que bloquean el flujo sanguíneo del tumor y lo atacan con sustancias químicas o radiactivas. También existen tratamientos sistémicos, como los medicamentos dirigidos (sorafenib, lenvatinib) y la inmunoterapia, que ayuda al sistema inmune a reconocer y combatir las células malignas. En todos los casos, el acompañamiento médico especializado, el control regular y el tratamiento oportuno son clave para mejorar el pronóstico y la calidad de vida de quienes enfrentan cáncer de hígado.
Hepatitis B o C crónica y el cáncer de hígado

La hepatitis B o C crónica incrementa notablemente el riesgo de desarrollar cáncer de hígado, principalmente carcinoma hepatocelular. Ambas infecciones virales provocan una inflamación persistente en el tejido hepático, lo que desemboca en daño celular, fibrosis y, con frecuencia, cirrosis. Estos procesos favorecen la aparición de mutaciones y alteraciones en las células hepáticas, facilitando la formación de tumores malignos. El control adecuado de la hepatitis crónica mediante tratamientos antivirales puede reducir el riesgo de progresión a cáncer. La detección temprana y el seguimiento regular de pacientes con hepatitis B o C resultan clave en la prevención del cáncer hepático.
Cirrosis hepática y cáncer de hígado
La cirrosis hepática y el cáncer de hígado están estrechamente relacionados, ya que la cirrosis es uno de los principales factores de riesgo para desarrollar tumores hepáticos. La cirrosis ocurre cuando el hígado sufre daño crónico y forma cicatrices que dificultan su funcionamiento. Esta condición suele ser consecuencia del consumo prolongado de alcohol, hepatitis viral o hígado graso. Con el tiempo, el tejido cicatrizado puede favorecer la aparición de cáncer de hígado, especialmente del carcinoma hepatocelular. Detectar y controlar la cirrosis es clave para reducir complicaciones y mejorar el pronóstico en personas con riesgo de enfermedad hepática avanzada.
Hígado graso no alcohólico y cáncer de hígado
El hígado graso no alcohólico (HGNA) ocurre cuando se acumula exceso de grasa en el hígado en personas que no consumen alcohol en grandes cantidades. Está estrechamente relacionado con la obesidad, la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2. Si no se controla, puede evolucionar a inflamación crónica (esteatohepatitis), fibrosis y cirrosis, aumentando de forma significativa el riesgo de desarrollar cáncer de hígado, especialmente carcinoma hepatocelular. Lo preocupante es que suele ser silencioso durante años. Adoptar una alimentación equilibrada, realizar actividad física regular, controlar el peso y vigilar los niveles de azúcar en sangre son medidas clave para prevenir su progresión.
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