
La línea aérea invisible del narcotráfico sobrevuela el continente sudamericano sin pausa. Desde los valles cocaleros del Vraem hasta las costas mexicanas, avionetas, lanchas y camiones trasladan la cocaína que alimenta un negocio mundial. En ese mapa, Perú ocupa un lugar central: sus laboratorios clandestinos, rutas fluviales y conexiones con mafias extranjeras lo han convertido en pieza clave de una maquinaria que abastece la demanda de drogas en Estados Unidos.
En los cielos y ríos amazónicos, el tráfico se mueve con precisión industrial. Pilotos, mecánicos, lavadores de dinero y enlaces internacionales participan de un circuito que combina discreción y violencia. “Perú es el gran granero del sur, y su coca se multiplica en los laboratorios clandestinos del norte antes de convertirse en dinero ensangrentado”, declaró la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) a la BBC. Esa economía ilegal sostiene miles de familias rurales y, al mismo tiempo, alimenta redes criminales que superan fronteras y gobiernos.
Según investigaciones citadas por BBC Mundo, los carteles mexicanos del Pacífico —especialmente el de Sinaloa— operan desde el litoral peruano bajo estructuras discretas conocidas como “embajadas”. Desde allí coordinan embarques marítimos hacia Centroamérica y Estados Unidos. El flujo de droga peruana con destino al norte creció un 22 % en los últimos tres años, según datos del organismo internacional.
Un triángulo andino de producción y tráfico

Colombia, Perú y Bolivia siguen siendo los tres grandes productores de hoja de coca del planeta. En estas naciones, el cultivo se transforma en clorhidrato de cocaína o en productos intermedios que luego completan su procesamiento en otros países. “La hoja de coca se procesa predominantemente en laboratorios en esas tres naciones para transformarla en el producto de consumo”, explicó Antoine Vella, jefe de la Sección de Datos y Estadísticas de UNODC al medio inglés.
Ecuador se ha convertido en un punto de tránsito decisivo. Sus puertos y rutas terrestres sirven como pasillos de exportación hacia Europa y Norteamérica, mientras Bolivia actúa como plataforma de reorganización y distribución. Colombia, con una logística criminal avanzada, integra redes que cruzan Tumaco, los llanos orientales y la frontera con Perú, lo que complica la detección de los cargamentos.
El tránsito marítimo es ahora el más usado. De acuerdo con estimaciones de la DEA, el 74 % de los envíos de cocaína dirigidos a Estados Unidos utilizan la ruta del Pacífico, frente al 16 % que lo hace por el Caribe. Las cifras de 2019, las más recientes disponibles, reflejan que menos del 1 % de los cargamentos llega de manera directa.
Del aire a las narcolanchas

El corredor aéreo sigue activo. Avionetas con matrícula falsa despegan desde pistas improvisadas en la Amazonía peruana con destino a México o Centroamérica. Una vez allí, la droga viaja por tierra hasta cruzar la frontera estadounidense. Venezuela, por su cercanía con Colombia, también sirve como punto de partida para estos vuelos, según los informes del UNODC.
Las operaciones marítimas complementan el esquema. El Centro Internacional de Investigación y Análisis contra el Narcotráfico Marítimo (CIMCON), con sede en Cartagena, informó que entre 2020 y 2024 se decomisaron unas 1.500 toneladas de cocaína en el Pacífico. “El aumento del 380 % en los decomisos marítimos en Ecuador refleja tanto un mayor tráfico como una mejor respuesta de las fuerzas de seguridad”, detalla el estudio.
El Informe Mundial de Drogas 2025 de la UNODC reportó una producción récord de más de 3.700 toneladas de cocaína en 2023, un incremento del 34 % respecto al año anterior. En paralelo, los consumidores aumentaron de 17 a 25 millones en la última década, con Norteamérica y Europa a la cabeza.
En este escenario, Perú no solo cultiva y produce, sino que también articula rutas, financia operaciones y redefine la logística continental del narcotráfico. Las comunidades rurales, atrapadas entre la pobreza y la violencia, enfrentan el impacto directo del comercio ilegal. Mientras tanto, las potencias mantienen estrategias de cooperación y vigilancia que, pese a los avances, no logran quebrar el músculo financiero de los carteles.
Así, el mapa del narcotráfico continúa trazándose desde las montañas andinas hasta las costas del Pacífico, con Perú en el centro de una red que se reinventa cada vez que las autoridades creen haberla contenido.
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