
Perú, ubicado en una región altamente sísmica, ha registrado a lo largo de su historia diversos terremotos significativos. Estos desastres naturales marcaron la “Ciudad de los Reyes”, y no solo por las lamentables pérdidas humanas, sino también por las severas afectaciones a las infraestructuras, impactando en el desarrollo de la población.
La frecuencia y severidad de estos sismos se deben a su posición geográfica. Nuestro país forma parte del ‘Círculo de Fuego del Pacífico’, una zona que concentra aproximadamente el 85% de la actividad sísmica mundial, según informa el portal oficial del Gobierno peruano. En conmemoración de estos eventos, hoy, 13 de noviembre, se recuerda en particular el terremoto que azotó a Lima y el Callao hace 368 años, ocurrido en 1655.
¿Cómo fue el devastador sismo de 1655?

El sábado 13 de noviembre de 1655, a las 2:38 p.m., un terremoto de magnitud aproximada de 7.8 en la escala de Richter sacudió inesperadamente a Lima y la provincia constitucional del Callao, alterando dramáticamente la cotidianidad de estas regiones. Este sismo, que se produjo sin previo aviso, sumió a la ciudad en el caos y dejó un rastro de destrucción y luto.
Miles de residentes de ambos lugares vivieron la devastación de este sismo, que derribó edificaciones significativas, incluyendo la Iglesia de la Compañía de Jesús en el Callao y el Seminario Conciliar de Santo Toribio. La tragedia se acentuó con la pérdida de vidas, incluyendo la de un devoto que se encontraba en oración en el momento del sismo.
Este sismo fue tan fuerte que en la Plaza Mayor de Lima y en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe se abrieron dos profundas grietas. La narración de Manuel Odriozola, plasmada en su obra “Terremotos. Colección de las relaciones de los más notables que ha sufrido esta capital y que la han arruinado,” señala que el epicentro podría haber tenido origen en el presidio del Callao, en la parte que mira al poniente.
La isla San Lorenzo, ubicada frente al Callao y conocida por albergar una cárcel, se convirtió en el epicentro visible de la devastación causada por el terremoto de 1655. Grandes peñascos se desprendieron hacia el mar, evidenciando la magnitud del desastre originado desde las profundidades oceánicas. La intensidad del sismo alcanzó un nivel IX (MMI) en San Lorenzo y Callao, y VIII (MMI) en Lima, afectando un área extensa de aproximadamente 482 kilómetros de la costa de norte a sur y 241 kilómetros de este a oeste.
En los días siguientes, réplicas constantes mantuvieron a los ciudadanos en alerta, profundizando la sensación de inestabilidad. Los habitantes de Lima, temiendo un nuevo sismo devastador, buscaron refugio en huertas, plazas y patios, construyendo alojamientos improvisados.
Además, Odriozola cuenta en el texto que, durante este periodo de incertidumbre, el padre jesuita Francisco del Castillo recorrió la ciudad, instando a la penitencia como un medio para calmar lo que se percibía como una ira divina. Se organizaron procesiones y manifestaciones de fe colectiva, reflejando los esfuerzos de la comunidad por encontrar consuelo y fortaleza en medio de la adversidad.
Su relación con la historia del Señor de los Milagros
En la diversa historia de las tradiciones peruanas, el año 1651 se destaca como el inicio de una devoción que perdura hasta la actualidad. Un integrante de la cofradía de Pachacamilla, de origen africano, dio inicio a esta devoción al pintar en el balcón de su hogar la imagen de Cristo crucificado. Así comenzó, de manera humilde, lo que hoy conocemos como el culto al Señor de los Milagros, inicialmente venerado por un pequeño grupo en un sencillo rincón de adoración.
Esta devoción tomó un giro inesperado en 1655, cuando un terremoto devastador azotó la región. Ante esta catástrofe, el virrey Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste, intentó eliminar la imagen ordenando a un pintor que la borrara del balcón. Sin embargo, un giro insólito de los acontecimientos ocurrió cuando, en medio de una extraña lluvia y presos del pánico, los soldados encargados de supervisar la tarea huyeron, dejando la imagen intacta.
¿Qué se refiere los niveles IX y VIII en un sismo?

La escala de intensidad de mercalli modificada (MM, MMI o MCS) es una herramienta esencial en la evaluación de la fuerza desencadenada por los terremotos. Esta escala, evolucionada a partir de la original de Giuseppe Mercalli en 1902, funge como un medidor preciso de la intensidad del temblor, tomando en cuenta tanto la percepción humana como el impacto estructural.
En los niveles inferiores de la escala, parte desde I (Muy débil) hasta IV (Ligero), se captura la forma en que las personas sienten el movimiento sísmico. Aquí, la atención se centra en las sensaciones individuales y la percepción subjetiva del temblor. A medida que ascendemos en la escala, hacia niveles superiores como VI (Fuerte) y VII (Muy Fuerte), la intensidad se traduce en un movimiento más evidente y notorio, marcando un cambio perceptible en la experiencia de quienes lo viven.
Sin embargo, es en los grados más elevados, desde el VIII (Destructivo) hasta el XII (Extremo), donde esta medida cobra un carácter crucial. Aquí, se cuantifica el daño estructural observado, proporcionando una clasificación clara y concisa de la magnitud del impacto en edificaciones y entorno.
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