
Todos los habitantes de Bogotá pueden saber, si así lo desean, la ubicación exacta de cada uno de los árboles con los que comparten el espacio en la capital de Colombia. La georreferenciación precisa de antiguos ejemplares de nativos de gaques, nogales, romerones, cucharos, alcaparros o palmas yuca que se alzan entre avenidas principales, callecitas o parques se halla al alcance de apenas algunos clics.
Y esto es gracias a un sistema de censos realizado por el Jardín Botánico José Celestino Mutis, que ha recopilado la información de 1 395 366 árboles, de casi 500 especies. Cada uno de ellos cuenta con una ficha única, física (pegada en el tronco) y virtual, en la que se halla valiosa información como su ubicación georreferenciada, el nombre común y científico de la especie, así como la altura del árbol, su copa, diámetro del tronco y estado fitosanitario (o de salud), entre otros.
Dichos datos son utilizados para saber en qué zonas hay que hacer trabajos de reforestación, tratamientos para árboles enfermos o para que los vecinos alerten cuáles se hallan en peligro. Y es que Bogotá es una de las ciudades de la región que más cobertura arbórea posee, con al menos un árbol por cada seis habitantes.
Un largo camino
Para que este despliegue de cuidados e información sea una realidad, el trabajo arduo arrancó allá en el 2005, cuando el Jardín Botánico inició el Censo del Arbolado Urbano (CAU) de toda la ciudad. En este proceso se recogieron datos de 43 variables de cada uno de los árboles de Bogotá, gracias a cuya sistematización nació el Sistema para la Gestión del Árbol Urbano (SIGAU).
“Con esa información se formularon los planes locales de arborización urbana que nos indicaba cuáles son las zonas con déficit de arborización, cuáles son las zonas potenciales para arborización, cuáles son los problemas fitosanitarios a resolver, cuál es la estrategia de jardinería más importante que hay ejecutar en cada localidad. Todo con un detalle muy importante que muestra cuáles son los servicios ecosistémicos que prestan los árboles. En Bogotá en particular identificamos dos servicios ecosistémicos: la captura y secuestro del carbono y absorción de contaminantes del aire. Con el tiempo se ha consolidado como una herramienta muy útil”, explica el ingeniero Manuel José Amaya, asesor para SIGAU del Jardín Botánico José Celestino Mutis.

El especialista explica que incluso luego de esta organización de información, el sistema aún era poco amigable con los ciudadanos, por lo que emprendieron pusieron en marcha una innovadora idea: plasmar la información en un aplicativo para celular, sencillo de usar y en el que los usuarios encontrasen todos estos datos.
Ahora información puede ser consultada a través de internet, ya sea por el aplicativo Arbolapp Bogotá o un visor en la web de SIGAU.
Así, en la actualidad si un ciudadano requiere plantar un arbolito tiene que, sí o sí, comunicarse con los especialistas.
“En Bogotá está prohibido que la comunidad plante los árboles donde quiera sin ningún tipo de reglamentación. Eso debería ser así en cualquier ciudad por los riesgos y los problemas que se originan. Desde el celular (el app) el ciudadano puede mandar un formulario de solicitud sobre un árbol, él dice ‘yo quiero mi árbol aquí’, entonces el Jardín Botánico evalúa el sitio y le dice al ciudadano ‘es posible, vamos a ir a plantar un árbol con usted’ o le deniega señalando que allí hay una red de alta tensión y no es posible por ello”, añade Manuel José Amaya
Al caminar por las calles de Bogotá, además de sus lluvias, sorprende la presencia constante de diversas especies de árboles, algo inusual para quien vive en una capital desértica como Lima, donde los planes de arborización son escasos o más bien inexistentes. Si bien la ubicación montañosa de la capital colombiana ayuda al mantenimiento de su cobertura arbórea, lo cierto es que un trabajo de monitoreo y actualización constante de datos permite a la ciudad mantener el verdor de sus paisajes y mejorar la calidad del aire que respira su gente.
Un jardín ejemplar
Además, de mantener el sistema de árboles de la ciudad, el Jardín Botánico tiene otras funciones más tradicionales, pero igual de valiosas. Desde el 2022 es reconocido como un centro de investigación y alberga 54.884 individuos ejemplares de plantas y árboles representativos de los ecosistemas andinos y de páramo.
En sus cerca de 200 hectáreas de extensión se eleva una de sus joyas, el Tropicario, circuito de invernaderos, que se consolidó como el más grande de Colombia y uno de los más imponentes de América Latina, donde cuidan cerca de 1000 plantas en colecciones especializadas para la conservación, del bosque seco tropical, bosque húmedo y superpáramo. Cada domo representa un ecosistema.
Está ubicado en el corazón del jardín.

“Si no conocemos lo que tenemos que conservar, pues cómo lo conservamos. Uno de los componentes de un jardín botánico es la educación, que ver específicamente con qué para quién conservamos, pues sí, de por sí por las plantas, pero también tiene que ver con la sostenibilidad de las comunidades, la sostenibilidad humana y en investigación tenemos que mostrar el conocimiento que genera el jardín botánico en torno a la flora. Estas 20 hectáreas es un espacio cerrado, confinado de conservación ex situ, ¿por qué ex situ? Porque esto no estaba así hace 67 años, esto era un pastizal y fue transformándose”, detalla Claudia Alexandra Pinzón, subdirectora científica del Jardín Botánico.
Uno de los logros de la institución que más recuerda la especialista es cuando, en el 2018, lograron “revivir” a una especie declarada extinta en 1997, el senecio carbonelli o margarita de pantano, que solo crece en el Humedal La Conejera de la capital colombiana.
Actualmente, hay menos de un centenar de individuos, lo cual hace que se encuentre en alto grado de amenaza, según información del Jardín Botánico.
“La planta no está viva ni muerta, así que consideramos que está en estado zombie”, dice Pinzón entre risas.
Eso porque con el objetivo de promover la preservación y posterior propagación de la especie, el Jardín Botánico implementó un método de conservación in vitro en el que los especialistas cultivan las semillas en frascos de vidrio y ambientes artificiales para controlar su crecimiento.
Para encontrarla, cuatro operarios recorrieron una distancia de 4 kilómetros durante cinco días en busca de esta especie. Una hazaña.

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