
Los cachorros tienen un periodo crítico de socialización que se ubica —con algunas diferencias según distintos autores, razas e individuos— entre las 3 semanas de vida y las 12 o 16 semanas de edad. En este lapso, los perros asocian, relacionan y vinculan a todo aquello con lo que toman contacto amigable como “conocido y no peligroso”, al tiempo que reconocen como su nueva especie materna a la que primero huelen, ven o escuchan.
Estos animales son absolutamente permeables, y es por eso que en ese momento de su existencia deben de ser expuestos de la mejor manera posible y con la máxima frecuencia e intensidad a todo tipo de estímulos, a la visión y contacto con personas adultas, niños, otros perros, gatos y el mundo en general. En todos los casos sin ningún tipo de distinción o restricción.
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Más de una vez se somete al cachorro a lo que se conoce como aislamiento sanitario, bajo el cual algunos recomiendan evitar todo contacto con el mundo exterior con el pretexto de no tener su plan de vacunas completo. Esto es erróneo, tomado estrictamente, porque si bien encerramos al animal en una caja de cristal evitando, sin duda, enfermedades infecciosas, también lo condenamos a deficiencias cognitivas y conductuales de por vida.
Por lo tanto, debemos cuidarlo pero también tenemos que permitir su relación con el entorno con la debida prudencia y con la firme decisión de entender que la salud integral es un equilibrio físico y emocional que se logrará cargándolo con nosotros, ya sea en auto, con mochila, changuito, o llevándolo a conocer lugares seguros.
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Lo que ocurra en ese período, conocido como etapa sensible o imprinting, troquelado o impresión, marcará al individuo para el resto de su vida y será muy difícil de modificar en el futuro. De este modo, si un cachorro no fue adecuadamente socializado en ese período sensible, puede ser que nunca se sienta plenamente confiado de convivir con gente e inclusive con otros perros.
Es importante destacar que, en muchos casos, se entregan en adopción perros de más de 16 semanas de edad (cuatro meses) que no han tenido ese adecuado contacto humano y con el mundo. En estas situaciones, lo más probable es que sean animales temerosos o con problemas de conducta durante toda su vida.
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Idealmente, los cachorros se deben adoptar (ya sea por compra o adopción plena) en la octava semana de vida, cumplidos los sesenta días de edad junto a su madre y hermanos perros para una buena adaptación al nuevo hogar, evitando problemas futuros. Dentro de este lapso se da el denominado período del miedo, que se sitúa entre la octava y décima semana de vida, durante las cuales el cachorro no debe ser castigado bajo ninguna circunstancia.

Por otra parte, los perros no deben ser excesivamente mimados sin una causa justificada. Conviene mimarlos y premiarlos siempre y cuando hagan algo para merecerlo. Debe fomentarse que se “ganen” las recompensas. Esto lo lograrán haciendo trucos, sentándose, dando la pata para, de esa forma, obtener la tan deseada caricia o el codiciado alimento.
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Entre las semanas 12 y 16 empieza el período juvenil, en el que se expresa la predominancia hormonal sexual en forma incipiente pero creciente, que termina definitivamente al llegar a la madurez sexual (entre los 6 y los 15 meses de edad, dependiendo de la raza y del tamaño del animal). En los machos, la castración ayuda a minimizar la agresión contra otros animales del mismo sexo, aminorando su nivel de ansiedad para tratar de conseguir compañía sexual o para defender su territorio.
*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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