La deuda pendiente de la educación superior

Aunque el acceso alcanza al 42 por ciento de los jóvenes de 18 a 24 años, solo dos de cada diez personas de 25 a 34 obtienen una titulación superior

Un pupitre de madera en primer plano enfocado, y al fondo un estudiante y una profesora sentados frente a un pizarrón negro.
El 38,1% de los estudiantes de las universidades nacionales de Argentina abandona sus estudios entre el primer y el segundo año de la carrera. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Nunca tantos jóvenes argentinos empezaron una carrera universitaria. Y, sin embargo, sigue siendo enorme la distancia entre empezar y terminar. Hoy, el 42 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 24 años accede a la universidad, pero apenas 2 de cada 10 personas de entre 25 y 34 años logran un título superior, y el 38,1% de los estudiantes de universidades nacionales abandona entre el primer y el segundo año. Ampliar el acceso fue un paso fundamental; el desafío ahora es lograr que ingresar a una carrera también signifique tener una posibilidad real de terminarla.

Hace más de 20 años, Gary Becker —Premio Nobel de Economía en 1992— planteó que el conocimiento y las capacidades de las personas constituyen una forma de capital. Esa idea sigue siendo central: invertir en educación mejora las oportunidades laborales y los ingresos individuales, pero también fortalece la productividad, la innovación y el desarrollo de los países.

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La evidencia argentina va en la misma dirección. Este año, la especialista Ivana Templado analizó datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC y de las pruebas Aprender y encontró que cada año adicional de escolaridad incrementa un 7,3% el salario por hora de los jóvenes que comienzan su transición al mercado laboral. A su vez, una mejora en la calidad educativa de su cohorte se asocia con un incremento adicional del 2,6% en el ingreso por hora. Importa terminar los estudios, pero también lo aprendido durante ese recorrido.

Las trayectorias educativas, además, son profundamente desiguales. Distintos estudios muestran que los estudiantes universitarios de primera generación —aquellos cuyos padres no son graduados universitarios— tienen mayores probabilidades de abandonar. Una investigación de Ana Fanelli, del CONICET, estima que esa probabilidad es aproximadamente 2,65 veces mayor, aun controlando por género, nivel socioeconómico del hogar, actividad laboral y edad.

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Parte de esa desigualdad se explica por los aprendizajes acumulados antes de llegar a la universidad. Los resultados de PISA muestran que, entre los estudiantes argentinos de 15 años, el 59% no alcanza el nivel mínimo de desempeño en Ciencias, el 60% en Lectura y el 76% en Matemática. Estas dificultades se profundizan entre quienes provienen de contextos socioeconómicos más desfavorables.

Pero existe otra dimensión menos visible. Estudiar en una universidad o institución terciaria implica aprender a organizar tiempos, interpretar consignas, preparar un examen, buscar bibliografía, pedir ayuda y comprender los códigos de una institución que exige altos niveles de autonomía. Quien creció en una familia con experiencia universitaria suele contar con alguien que puede transmitir esas herramientas. Quien es el primero de su familia en acceder al nivel superior muchas veces tiene que aprenderlas mientras avanza en su propia carrera.

Por eso, ampliar el acceso necesita ir acompañado de políticas que sostengan la permanencia. Ese acompañamiento tiene dos componentes complementarios: uno económico y material y otro humano.

Las becas PROGRESAR son una de las pocas políticas públicas que logró sostenerse más allá de los cambios de gestión nacional. Sin embargo, con un monto congelado en $35.000 desde hace un año, una inflación del 41% en ese período y una caída en la cantidad de becarios, resulta necesario repensar su capacidad para fortalecer las trayectorias educativas.

Al mismo tiempo, la beca económica necesita complementarse con acompañamiento personalizado. En Neuquén, el programa de Becas Gregorio Álvarez, implementado por la provincia junto con la Asociación Conciencia y con el apoyo de empresas del sector privado, combina apoyo económico y tutorías personalizadas. Actualmente acompaña a 2.300 jóvenes que cursan estudios superiores. Desde que iniciamos el programa en 2024, 170 jóvenes neuquinos se graduaron y más de 430 se encuentran en el último tramo de sus carreras. Entre los estudiantes acompañados durante 2025, el porcentaje promedio de la carrera completada pasó del 28% en marzo de ese año al 49% doce meses después.

Son resultados que muestran que acompañar las trayectorias puede hacer una diferencia concreta. El impacto de estas políticas se construye en el tiempo, pero sus efectos acompañan a las personas durante toda su vida.

Si queremos que la educación superior funcione efectivamente como una herramienta de movilidad social, necesitamos una estrategia sostenida que articule al Gobierno nacional, los gobiernos provinciales, las universidades, el sector privado y la sociedad civil. El desafío es que más jóvenes puedan ingresar a una carrera, permanecer, aprender y obtener su título.

Acceso, permanencia y egreso: sobre esas tres dimensiones se juega una de las inversiones más importantes para el desarrollo futuro de la Argentina.