Mientras haya noticias, habrá periodismo

Siempre que existan personas interesadas en conocer hechos lejanos, otras buscarán verificarlos y relatarlos mediante lenguajes renovados, incluso con intervención de máquinas, como ocurrió desde las antiguas redes de mensajería

Micrófono en mano, cámaras enfocando a los entrevistados, medios de comunicación en trabajo - (Imagen Ilustrativa Infobae)
La necesidad de información no desaparecerá aún cuando el periodismo sea atacado o pierda fiabilidad (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuando se habla de la desaparición del periodismo se confunde la crisis de una forma de hacerlo con la desaparición de la necesidad que le dio origen. Mucho antes de que existieran los diarios había gente que iba de un lugar a otro contando lo que había pasado, llevando noticias, historias, relatos de cosas que los demás no habían podido ver.

En la Grecia antigua estaban los aedos, que cantaban relatos de héroes acompañándose con un instrumento, y los rapsodas, que recitaban poemas épicos ante el público, por ejemplo en festividades. Conservaban y transmitían una memoria compartida, aunque no se dedicaran a dar noticias como las entendemos hoy. En el Cáucaso, entre Armenia, Georgia y Azerbaiyán, los ashugs combinaban poesía, música y narración, actuaban en reuniones y celebraciones y recorrían pueblos con su repertorio. Algunos estaban ligados a una corte, otros actuaban para la gente que se reunía a escucharlos. Y en la Europa medieval estaban los juglares, que recorrían pueblos y cortes con relatos, canciones y espectáculos. El juglar hasta cantaba.

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En América, los incas tenían a los chasquis, que corrían por la red de caminos del imperio llevando mensajes y trabajando por postas, uno llegaba, transmitía el mensaje a otro que estaba descansado y ese seguía hasta el siguiente relevo. Llevaban mensajes orales y también quipus, cordones con nudos que servían para registrar información. No hacían el mismo trabajo que un narrador que reunía al pueblo, estaban al servicio de las comunicaciones del imperio, pero muestran hasta qué punto se organizaba una sociedad para que una noticia pudiera atravesar montañas y llegar a alguien que estaba lejos.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Los aedos y los rapsodas preservaron la memoria colectiva en Grecia mediante la declamación de relatos sobre héroes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

No eran periodistas como hoy los llamamos, ni todos cumplían la misma función, pero ya estaban esas necesidades de llevar información, conservar lo ocurrido y contárselo a otros. Para entender ese mundo hay que hacer un esfuerzo, porque nosotros estamos acostumbrados a enterarnos de algo prácticamente en el momento en que sucede. Un celular transmite una imagen y alguien del otro lado del planeta puede verla mientras está ocurriendo, nos cuesta imaginar a un tipo atravesando montañas durante semanas para contar que en el reino de al lado había muerto el heredero, pero esa noticia viajaba con los medios que había, a pie, a caballo, en una embarcación.

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Podía tardar días, semanas o meses según la distancia y las condiciones, y no por eso dejaba de ser una noticia para quien la recibía. Era la manera que tenía de enterarse de algo que hasta ese momento ignoraba. También eran otros los tiempos de los viajes, de las respuestas y de muchas transformaciones. Eso no quiere decir que una demora no importara, porque un ejército podía estar acercándose o la muerte de un rey podía desatar una disputa por la sucesión. La urgencia existía, por eso se organizaban caminos y relevos para que los mensajes llegaran antes, pero la capacidad de transmitirlos era otra. Juzgar aquella circulación de información con la velocidad de internet nos impide entender qué significaba recibir una noticia en ese momento. Hoy nos cuesta imaginar esa espera, pero en aquel ritmo una noticia seguía siéndolo aunque llegara semanas más tarde, y ese esfuerzo de transmitirla muestra que ya había urgencias y cuidados en juego.

Contar para que perdure

Y en el viaje la información podía modificarse, como en el teléfono roto de los chicos, porque uno olvidaba un detalle, otro agregaba algo, otro acomodaba lo que había escuchado a las palabras y las referencias de quienes lo recibían. También podía haber alguien interesado en deformarla. Pero sería un error pensar que la transmisión oral solamente servía para distorsionar, porque había un oficio dedicado a recordar y conservar, y el canto, el ritmo y la repetición también ayudaban a que un relato permaneciera en la memoria.

Día Internacional del Podcast – podcast – Perú – noticias – 29 septiembre
Las hipótesis sobre la desaparición del periodismo chocan con la necesidad de transmitir noticias. (Freepik)

Gurdjieff cuenta en Encuentros con hombres notables que su padre era un ashokh, uno de esos narradores que transmitían historias mediante la poesía y el canto, y que de chico lo había escuchado contar la historia de Gilgamesh, incluido el episodio del diluvio. Años después leyó en una revista la traducción de unas antiguas inscripciones en escritura cuneiforme y reconoció, según su recuerdo, aquel relato que había escuchado de su padre. Eso no demuestra que el diluvio haya ocurrido, ni el testimonio alcanza para establecer que una historia se haya transmitido intacta durante miles de años, pero el episodio plantea algo que me interesa: una narración también puede encontrar en la voz de quienes la cuentan una manera de conservarse.

El buen narrador hace ese trabajo, busca cómo transmitir lo que quiere contar de acuerdo con el lugar donde está y con la gente que lo escucha, cambia las palabras que necesita cambiar, explica lo que el otro desconoce, encuentra el ritmo para sostener la atención y conserva el sentido de lo que está contando. Hay quienes distorsionan todo y hay quienes tienen el talento y el cuidado necesarios para que una historia llegue a otros sin perder su contenido. Esa diferencia también forma parte del oficio.

Cambiar la forma para conservar los hechos

Y para contar hay que encontrar una forma. Incluso aquellos viejos cables de agencia, tan secos y específicos, tenían un grado de subjetividad, porque alguien decidía qué era importante, por dónde empezaba la noticia y qué dejaba afuera. Cada noticia que uno transmite tiene algo de su mirada, de su interés y su manera de entender lo que pasó. Eso no significa que los hechos sean lo que a uno se le ocurra, significa que para transmitirlos hay que elegir palabras, un orden, una manera de hacer que el otro entienda.

En el periodismo, además, esa fidelidad exige respetar los hechos, incluso cuando alguno incomoda o contradice lo que uno esperaba encontrar. Pasa algo parecido con el teatro, donde un actor tiene que hacer llegar la voz y los gestos hasta el fondo de la sala y, al mismo tiempo, hacernos creer que está hablando con alguien dentro de una habitación en la intimidad. La expresión se amplía, se exagera a veces hasta con maquillaje, porque el espectador está lejos, mientras que en el cine un primer plano permite advertir un movimiento mínimo de la cara.

Son recursos distintos para transmitir una emoción, y en el periodismo también hay recursos narrativos, a veces casi literarios, para que alguien pueda comprender lo que no presenció. Una cosa es trabajar la forma de contarlo y otra es alterar lo que ocurrió. Hoy una afirmación sin sustento puede servirle a alguien para descartar una investigación trabajada, documentada y justificada, pero la existencia de terraplanistas no cambia la forma de la Tierra.

La pérdida de confianza en el periodismo tampoco elimina la necesidad de información. El sistema cambió y va a seguir cambiando, cambiarán los medios, los lenguajes y quienes hagan ese trabajo, incluso parte podrá hacerlo una máquina, pero no veo por qué habrían de desaparecer la necesidad de saber y la vocación de informar. Mientras haya alguien que quiera saber qué pasó del otro lado, habrá lugar para alguien que vaya, averigüe y encuentre la manera de contárselo. Y a veces esa manera implica cambiar lo necesario para que se entienda sin perder lo esencial de lo que se quiere contar.