¿Qué le pasa hoy a la economía de Argentina?

El ajuste fiscal, la apreciación cambiaria y el crédito caro contienen desequilibrios, pero también debilitan el consumo, la inversión y la actividad

Agentes de policía montan guardia frente al Ministerio de Economía (REUTERS/Tomas Cuesta)
Agentes de policía montan guardia frente al Ministerio de Economía (REUTERS/Tomas Cuesta)
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La economía argentina atraviesa una etapa en la que los avances en materia de estabilización conviven con dificultades para recuperar la actividad. El Gobierno ha convertido el equilibrio fiscal, la desaceleración de la inflación y la normalización monetaria en los principales ejes de su programa. El desafío consiste en sostener esos objetivos sin debilitar las condiciones necesarias para volver a crecer.

El equilibrio fiscal contribuye a reducir la necesidad de financiamiento monetario, estabilizar las expectativas y mejorar la percepción de solvencia del Estado. La cuestión central aparece en la forma y la velocidad con que se alcanza ese equilibrio, y en los costos que genera sobre el nivel de actividad.

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La reducción de la obra pública, la contracción del gasto y la pérdida de poder adquisitivo debilitan la demanda interna. El menor consumo afecta las ventas de las empresas, limita las inversiones e impacta sobre la recaudación. Los últimos datos disponibles muestran que el comercio, tomando el IVA como señal, continúa cayendo en términos reales.

El menor consumo afecta las ventas de las empresas, limita las inversiones e impacta sobre la recaudación

Se genera así una tensión circular: la menor actividad reduce los ingresos fiscales y obliga a realizar nuevos ajustes para preservar el resultado presupuestario, que a su vez pueden volver a afectar la actividad. El problema es hasta qué punto puede sostenerse una consolidación fiscal cuando parte de su costo recae sobre la propia base económica que genera los recursos tributarios.

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La estabilidad cambiaria presenta un dilema similar. La utilización del tipo de cambio como ancla nominal contribuye a la desinflación, pero cuando el dólar aumenta por debajo de los precios se aprecia el peso en términos reales. Esto reduce la competitividad de determinadas actividades industriales y regionales, abarata las importaciones y los viajes al exterior y estimula la demanda privada de divisas.

Las compras de dólares por parte de las personas alcanzaron los USD 36.500 millones en los últimos 18 meses, mientras que el saldo de la balanza comercial fue de USD 29.132 millones en el mismo período.

La menor actividad reduce los ingresos fiscales y obliga a realizar nuevos ajustes para preservar el resultado presupuestario, que a su vez pueden volver a afectar la actividad

La comparación dimensiona una tensión que excede la evolución cotidiana del tipo de cambio: la generación de divisas por el intercambio comercial no necesariamente alcanza para cubrir la demanda privada y los compromisos financieros. La eliminación de restricciones favoreció la normalización financiera y puede contribuir a la inversión, pero también habilita una mayor demanda de dólares. Sin reservas suficientes, esa dinámica puede presionar nuevamente sobre el mercado cambiario.

¿Son suficientes los USD 75.000 millones para garantizar ese equilibrio? El dilema consiste en avanzar simultáneamente en la desinflación, la normalización cambiaria y la recuperación económica sin comprometer la acumulación de reservas ni recrear restricciones externas.

El otro frente es el crédito. Las tasas de interés reales positivas aumentan el atractivo de mantener activos en pesos, moderan la demanda de dólares y limitan la expansión del crédito y del consumo cuando pueden alimentar la inflación. Sin embargo, también encarecen el financiamiento privado.

La generación de divisas por el intercambio comercial no necesariamente alcanza para cubrir la demanda privada y los compromisos financieros

Las familias enfrentan mayores costos para consumir y las empresas deben evaluar sus inversiones en un contexto de crédito caro, ventas débiles e incertidumbre. Aumenta la morosidad y se postergan decisiones que podrían contribuir a recuperar la actividad. Según los datos del informe, la cantidad de empresas en situación diferente de la normal dentro del sistema bancario llegó a 58.982, un 53% más que hace 12 meses.

La política monetaria enfrenta así una tensión difícil de resolver: las tasas que intentan contener la inflación y la dolarización, cuando permanecen elevadas durante demasiado tiempo, pueden transformarse en un freno para la recuperación del crédito, la inversión y el consumo.

Los tres desequilibrios están conectados. La debilidad de la actividad afecta la recaudación; la necesidad de sostener el superávit limita el margen fiscal; la apreciación cambiaria presiona sobre la competitividad y la demanda de divisas; y el costo del financiamiento restringe la capacidad del sector privado para expandirse.

El desafío consiste en transformar la estabilización en una recuperación sostenible. El equilibrio fiscal, la desinflación y la normalización cambiaria son condiciones relevantes, pero no garantizan por sí solas el crecimiento. Para consolidarlas, será necesario recuperar la actividad, ampliar la capacidad de generar divisas y crear condiciones para que el crédito y la inversión vuelvan a acompañar la producción.

La pregunta ya no es solamente cómo estabilizar la economía, sino cómo evitar que los instrumentos utilizados para alcanzar esa estabilidad terminen debilitando las bases sobre las que debe sostenerse.

El autor es CEO de Fidelitas