Una elección, muchos Brasil

La disputa presidencial expone cambios profundos: nuevas derechas, reconfiguración del poder territorial y presiones internacionales

Combo de fotografías de archivo que muestra al senador Flávio Bolsonaro (i), y al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. EFE/ Isaac Fontana/ Andre Coelho
Combo de fotografías de archivo que muestra al senador Flávio Bolsonaro (i), y al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. EFE/ Isaac Fontana/ Andre Coelho
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A pocas horas de las elecciones presidenciales del 4 de octubre, Brasil entra en la recta final con un escenario mucho más competitivo de lo que parecía algunas semanas atrás. Lula da Silva continúa encabezando las principales encuestas, pero Flávio Bolsonaro redujo la distancia durante septiembre y consolidó su posición como principal candidato opositor.

Los últimos relevamientos muestran una tendencia coincidente. Datafolha ubicó el 18 de septiembre a Lula con 39% y a Flávio Bolsonaro con 36%. Quaest había registrado el 14 de septiembre 36% para el presidente y 31% para Bolsonaro, mientras que Nexus mostró el 21 de septiembre 40% contra 37%. Más allá de las diferencias metodológicas entre las encuestadoras, el dato político es claro: durante septiembre la distancia entre los dos principales candidatos se redujo y la elección ingresó en una etapa de mayor incertidumbre.

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Sin embargo, interpretar Brasil exclusivamente como un nuevo capítulo del enfrentamiento entre lulismo y bolsonarismo sería un error. Debajo de esa polarización se está moviendo el sistema político.

La ausencia de Jair Bolsonaro como candidato abrió una disputa por la conducción futura de la derecha. Flávio consiguió concentrar gran parte del electorado bolsonarista, pero heredar votos no necesariamente significa heredar liderazgo. Y otras candidaturas permiten observar las transformaciones que empiezan a producirse por fuera de los dos grandes polos.

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Una de ellas es la de Renan Santos, fundador del Movimiento Brasil Libre (MBL), organización que adquirió protagonismo en las movilizaciones que precedieron al impeachment de Dilma Rousseff. Santos pertenece a una generación que contribuyó a construir la nueva derecha brasileña antes del ascenso de Jair Bolsonaro y que luego se distanció del bolsonarismo. Fundador en 2023 del partido Missão, combina liberalismo económico, nacionalismo, conservadurismo y una agenda especialmente dura en materia de seguridad. Su importancia quizá no radique en sus posibilidades presidenciales inmediatas, sino en su intento de construir una derecha posbolsonarista con identidad propia.

Distinto es el fenómeno de Augusto Cury, reconocido escritor y psiquiatra brasileño, candidato de Avante, que irrumpió en el tramo final de la campaña apelando a un discurso de moderación y rechazo a la polarización. Su crecimiento busca expresar a un electorado desencantado tanto con el oficialismo como con el bolsonarismo. Santos y Cury representan, por lo tanto, movimientos diferentes: uno disputa el futuro de la derecha; el otro intenta ocupar el espacio que deja el cansancio con la polarización. Aunque ninguno parece hoy en condiciones de desplazar a Lula o Flávio Bolsonaro, sus votantes pueden adquirir un valor decisivo ante una eventual segunda vuelta.

Pero existe otra transformación menos visible e igualmente importante: está cambiando la geografía económica del poder brasileño. El menor peso relativo de la industria manufacturera tradicional y el crecimiento del agronegocio, la minería, el petróleo y las actividades vinculadas a los recursos naturales fortalecieron nuevos territorios. Mato Grosso, Goiás y Mato Grosso do Sul ganaron protagonismo con la expansión agroindustrial; Pará y Minas Gerais con la minería, mientras Río de Janeiro mantiene su relevancia petrolera.

Este desplazamiento económico tiene consecuencias políticas. Varios de esos territorios fueron bastiones del bolsonarismo y cuentan hoy con actores empresariales, gobiernos estaduales y bancadas parlamentarias con creciente capacidad para influir sobre la agenda nacional. Esto no significa que la estructura productiva determine automáticamente el comportamiento electoral, pero sí que Brasil ya no puede interpretarse solamente desde el histórico eje industrial y urbano del Sudeste. Construir una mayoría nacional exige articular esos nuevos centros económicos con el Nordeste, las grandes áreas metropolitanas y el Brasil industrial.

También cambió la agenda electoral. Las batallas culturales que dominaron buena parte de las campañas de 2018 y 2022 no desaparecieron, pero economía y seguridad ocupan ahora un lugar central. Ingresos, costo de vida, endeudamiento y acceso al crédito afectan directamente la evaluación del gobierno. Al mismo tiempo, la expansión territorial del crimen organizado convirtió a la seguridad pública en uno de los principales terrenos de disputa.

A la polarización interna se suma, además, la dimensión internacional. La preocupación por una eventual injerencia de Estados Unidos en el proceso electoral brasileño ya trascendió al propio gobierno de Lula: legisladores demócratas estadounidenses reclamaron a la administración Trump que respete el proceso y reconozca el resultado certificado, ante lo que describen como una sucesión de presiones económicas, diplomáticas y políticas sobre Brasil. En ese contexto debe leerse la contundente definición de Lula ante la Asamblea General de Naciones Unidas: “Brasil no es el patio trasero de nadie”, una reivindicación de soberanía que colocó la elección en el marco más amplio de las nuevas disputas geopolíticas sobre América Latina.

La relación con Estados Unidos, las tensiones con Donald Trump, las controversias comerciales y el debate sobre cómo enfrentar al crimen organizado introdujeron la geopolítica dentro de la campaña. Lula respondió recuperando una tradición histórica de la política exterior brasileña: soberanía, autonomía y capacidad del Estado para definir sus propias prioridades. La oposición, en cambio, encuentra en su relación con Washington y con las nuevas derechas internacionales otra plataforma desde la cual disputar el rumbo del país.

Se produce así una paradoja. La presión externa que podía representar un problema para Lula también le permitió desplazar parcialmente la discusión desde la evaluación cotidiana de su gobierno hacia un terreno en el que conserva uno de sus principales activos políticos: su proyección internacional y la defensa del lugar de Brasil como potencia autónoma.

Pero la internacionalización excede la relación entre Brasilia y Washington. Las campañas latinoamericanas están cada vez más atravesadas por redes políticas transnacionales, plataformas digitales, circulación de liderazgos y repertorios políticos, inteligencia artificial y modelos de comunicación y movilización que cruzan las fronteras nacionales. La política exterior deja de ser solamente una política pública para convertirse también en una variable electoral.

Por eso, el 4 de octubre Brasil decidirá bastante más que quién ocupará el Palacio del Planalto. Las encuestas muestran una competencia que se estrecha y anticipan que una eventual segunda vuelta puede convertirse en una disputa por cada voto. Pero debajo de esa carrera aparecen procesos más profundos: la búsqueda de un liderazgo para la derecha posbolsonarista, una nueva geografía económica y territorial del poder y una competencia electoral crecientemente internacionalizada.

Brasil vuelve así a funcionar como un laboratorio político para América Latina. La pregunta ya no es solamente si Lula podrá conservar el gobierno o si Flávio Bolsonaro conseguirá transformar la herencia política de su padre en un proyecto propio. La cuestión de fondo es qué sistema político emergerá después de esta elección, cuánto espacio existe por fuera de la polarización y hasta dónde las transformaciones económicas, políticas e internacionales que atraviesan Brasil están configurando una nueva etapa de su democracia.