
Cuando sabemos que alguien viene a visitarnos, casi siempre empezamos a preparar la casa. Ordenamos, acomodamos, pensamos qué vamos a ofrecerle. Si además se trata de alguien que queremos mucho, la espera tiene algo de fiesta. Y cuando quien viene es el Papa, los preparativos adquieren otra dimensión.
León XIV visitará la Argentina del 8 al 11 de noviembre. Estará en Buenos Aires, Córdoba y Luján. Será la primera visita de un Papa a nuestro país desde 1987. Y aunque todavía faltan detalles concretos sobre algunos encuentros y actividades, algo ya está sucediendo: la gente comenzó a movilizarse.
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Parroquias, movimientos, instituciones y grupos de distintas partes del país empiezan a organizarse. Algunos piensan viajar a Córdoba, otros a Luján y otros a Buenos Aires, de acuerdo con las posibilidades y la geografía. Hay entusiasmo, pero también muchas preguntas. ¿Dónde podremos verlo? ¿Cómo podremos participar? ¿Qué lugares tendrán los jóvenes, los más pobres, las familias, las organizaciones sociales?
El lema elegido para la visita es “Bienvenidos todos. Vayan y anuncien”. Y quizás ahí haya una clave para entender qué significa realmente esperar al Papa. Porque una visita no consiste solamente en recibir. También supone salir. No alcanza con abrir las puertas de nuestras casas o de nuestras iglesias, hay que abrir también el corazón y estar dispuestos a escuchar.
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¿Qué esperamos, en definitiva, cuando esperamos la visita de alguien? ¿Esperamos que venga a confirmar lo que pensamos, a decirnos aquello que queremos escuchar? ¿O estamos dispuestos a dejarnos sorprender?
Argentina atraviesa un momento complejo. Hay muchas personas que esperan que algo cambie, especialmente quienes viven situaciones de pobreza y vulnerabilidad. Según los últimos datos disponibles, el 32,3% de la población se encuentra en situación de pobreza.
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En ese contexto, la visita de León XIV despierta naturalmente expectativas: algunos esperan una palabra de esperanza, otros un mensaje para el gobierno, otros simplemente la posibilidad de encontrarse con el Papa. Pero también vale la pena preguntarnos qué esperamos nosotros de nosotros mismos.

¿Estamos dispuestos a abrir el corazón para escuchar? ¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar por lo que Dios nos propone y a preguntarnos qué necesitamos cambiar nosotros? porque si no vamos a esperar que el Papa diga cosas para que “los otros cambien”.
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Porque una visita del Papa no debería ser solamente una oportunidad para recibirlo, escucharlo y acompañarlo. También puede ser una ocasión para revisar nuestra propia vida, nuestra manera de vivir la fe y nuestra relación con los demás.
El lema propone una secuencia muy sencilla y al mismo tiempo exigente: recibir, escuchar, salir y anunciar. No quedarse solamente esperando. El anuncio cristiano no nace de una teoría, sino de una experiencia que se transforma en vida y que después se comparte.
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Por eso, quizás la pregunta más profunda no sea solamente qué nos dirá León XIV cuando llegue a la Argentina. Tal vez sea qué estaremos dispuestos a escuchar nosotros.
La movilización ya comenzó. Falta todavía conocer muchos detalles de la visita, pero quizás lo más importante no dependa de ningún cronograma. Depende de nosotros. Porque no alcanza con esperar que las cosas cambien. Quizás también haya que preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para que cambien.
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