
Creo que la Tercera Guerra Mundial ya empezó, y no lo digo como una metáfora
Empezó en Europa con la invasión de Ucrania. Rusia intenta destruir por la fuerza el orden de seguridad europeo surgido tras la Guerra Fría mediante la mayor invasión que ha sufrido el continente desde 1945. El CSIS calcula más de dos millones de bajas militares entre ambos bandos hasta junio de 2026, con entre 400.000 y 450.000 soldados rusos muertos y entre 125.000 y 150.000 ucranianos. Las muertes rusas superan en más de cuatro veces todas las bajas mortales de Estados Unidos en todas sus guerras juntas desde 1945
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Tampoco sabemos si no estemos viviendo nuestro equivalente de 1939. Quienes vivían entonces no podían saber qué episodio elegirían los historiadores como comienzo de la guerra mundial. Alemania y la Unión Soviética invadían Polonia mientras Japón combatía en China, y gran parte del planeta seguía formalmente en paz. Una guerra mundial no comienza necesariamente cuando las grandes potencias se la declaran. Puede comenzar cuando se forman las coaliciones, se conectan las cadenas de suministro militar y cada conflicto alimenta al siguiente
Rusia no combate sola. Irán le proporcionó los drones Shahed que hoy Rusia fabrica en serie en Alabuga y lanza cada noche contra las ciudades ucranianas. Soldados norcoreanos han combatido en Kursk y Pyongyang ha entregado millones de proyectiles de artillería, al amparo del tratado de defensa mutua firmado por Kim y Putin en junio de 2024. Corea del Norte puede sostener ese esfuerzo porque China mantiene su economía y absorbe cerca del 90% de su comercio exterior. Pekín, además, alimenta la industria de guerra rusa con componentes de doble uso, máquinas-herramienta, nitrocelulosa, microchips y piezas para drones. Puede alegar que no ha entrado en la guerra, pero en una guerra industrial quien fabrica las máquinas que fabrican las armas es parte del esfuerzo bélico.
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El segundo frente está en Oriente Medio. Irán lleva décadas construyendo una red de organizaciones armadas con la que desestabiliza toda la región: sostiene a Hamás, arma a Hezbolá, respalda a los hutíes y mantiene milicias en Irak y Siria. Estados Unidos e Israel han pasado de contenerlo a golpearlo directamente. Pero Irán ya había extendido el conflicto mucho más allá de Israel. En junio de 2025 bombardeó con misiles la base estadounidense de Al Udeid, en Catar. Antes, Arabia Saudí había perdido temporalmente la mitad de su producción de petróleo en Abqaiq y Emiratos había recibido misiles hutíes en Abu Dabi. A ellos se suman todos los países cuyos barcos y suministros energéticos quedan expuestos en Ormuz y el mar Rojo
Y esta semana la escalada dio un paso más. El pasado 27 de agosto, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, advirtió que Rusia puede atacar objetivos militares británicos dentro y fuera de Ucrania, y habló de “consecuencias catastróficas” para el Reino Unido. El detonante fue la decisión de Londres de compartir tecnología clasificada del misil Storm Shadow para que Ucrania pueda fabricarlo en su propio territorio. Días antes, el director de la CIA había viajado a Moscú a transmitir la advertencia inversa: que Rusia no ataque a ningún país de la OTAN. Un miembro permanente del Consejo de Seguridad amenazando a otro con ataques directos, y la principal agencia de inteligencia del planeta viajando a pedir que no ocurra.
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Taiwán, la península de Corea, el Báltico y el Ártico permanecen en una guerra fría cada vez menos fría. Todos están militarizados y cualquiera puede ser el próximo frente. Alrededor de los frentes físicos se libra otra guerra permanente, en los satélites, los cables submarinos, las infraestructuras energéticas y las redes
Los números lo confirman mejor que cualquier análisis. El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, el undécimo año consecutivo de subida y el más alto jamás registrado por el SIPRI. Un 41% más que hace diez años. El 2,5% del PIB del planeta, el nivel más alto desde 2009. Unos 350 dólares por cada habitante de la Tierra. Europa subió un 14% en un solo año. China lleva treinta y un años consecutivos aumentando su presupuesto militar, la racha más larga registrada. Taiwán subió un 14% en 2025, su mayor incremento desde al menos 1988. Rusia dedica el 7,5% de su PIB a la guerra
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Nada de esto apunta a mejorar. Los países no gastan así por costumbre. Gastan así cuando esperan combatir, y cada rearme obliga al vecino a rearmarse.
La Segunda Guerra Mundial ya fue nuclear
Conviene recordar cómo terminó la anterior. La Segunda Guerra Mundial fue una guerra nuclear: Hiroshima el 6 de agosto de 1945, Nagasaki el 9. Dos bombas de unos 15 y 21 kilotones, y entre cien y doscientas mil personas muertas antes de que acabara el año. Se usaron las dos únicas armas nucleares que existían, contra el único país que no las tenía, cuando ya estaba derrotado y no podía responder.
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Esa es toda la experiencia que tiene la humanidad: una guerra mundial que llegó al umbral atómico en cuanto hubo armas nucleares disponibles
Hoy hay 12.187 cabezas nucleares en el mundo, según el anuario del SIPRI de junio de 2026. De ellas, 9.745 están en arsenales militares listas para usarse, 4.012 desplegadas en misiles y aviones, y entre 2.100 y 2.200 montadas sobre misiles balísticos en alerta operativa alta Rusia y Estados Unidos concentran el 83%. Y la tendencia se ha invertido: los nueve países nucleares están ampliando y modernizando sus arsenales, y el ritmo al que se desmantelan ojivas retiradas está a punto de quedar por debajo del ritmo al que se fabrican nuevas
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Ninguna de esas cabezas se parece a la de Hiroshima. Una ojiva estratégica moderna ronda los cientos de kilotones, decenas de veces la que arrasó una ciudad japonesa. Y no viaja en un bombardero durante horas. Un misil intercontinental ruso alcanza territorio estadounidense en unos treinta minutos; uno lanzado desde un submarino próximo a la costa, en menos de quince. Quien recibe el aviso tiene minutos para decidir, con información incompleta, si lo que ven los satélites es real.

El peligro de que esta guerra termine en un intercambio nuclear a gran escala dista mucho de ser ínfimo. No existe experiencia contemporánea que demuestre que una guerra convencional prolongada entre potencias nucleares pueda mantenerse indefinidamente por debajo del umbral atómico. La doctrina rusa contempla el uso de armas tácticas si el régimen considera amenazada su existencia, y Putin lleva cuatro años recordándolo. Una vez utilizada la primera, cada bando interpretará la prudencia del otro como debilidad y cada represalia exigirá una represalia mayor.
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Con dos mil ojivas en alerta y decisiones de minutos, el hemisferio norte que conocemos dejaría de existir en cuestión de horas. Todas las grandes ciudades del mundo desarrollado están al norte del ecuador.
Y entonces queda el sur
Lo que viene después es lo que la ciencia llama invierno nuclear El hollín de las ciudades ardiendo sube a la estratosfera, bloquea la luz solar y desploma las temperaturas y las cosechas durante años. El estudio de Xia, Robock y otros trece autores publicado en Nature Food en 2022 modeló seis escenarios y estimó que un intercambio entre Estados Unidos y Rusia mataría de hambre a más de cinco mil millones de personas en los dos años siguientes.
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Ese mismo trabajo, y los que lo continuaron, identifican dónde seguiría habiendo comida. El enfriamiento es mucho menor sobre los océanos del hemisferio sur, y la Argentina aparece de forma sistemática entre los pocos países que podrían seguir alimentándose a sí mismos y a sus vecinos. Un informe específico sobre seguridad alimentaria argentina ante una reducción brusca de la luz solar concluyó que la Argentina, junto con Uruguay y Chile, sería prioritaria en la respuesta a una catástrofe de esta naturaleza, y que la Argentina es la que mayor capacidad productiva conservaría.
La razón es prosaica y contundente. Está lejos de todos los blancos militares, produce muchas más calorías de las que consume, tiene agua, energía y una latitud que aguanta mejor el enfriamiento.

Ya ocurrió una vez. La Segunda Guerra Mundial mató a entre 65 y 80 millones de personas Ardieron Londres, Coventry, Hamburgo, Dresde, Varsovia, Stalingrado, Leningrado, Tokio, Hiroshima y Nagasaki. Cayeron las dos únicas bombas atómicas que se han usado en la historia. Y en la Argentina no cayó ni una bomba, ni murió un civil, ni se rompió una fábrica Todo aquel horror ocurrió en el hemisferio norte, y el país siguió sembrando, cosechando y vendiendo alimento a los que se estaban matando. Una guerra mundial nuclear tendría el mismo mapa, agravado: el hemisferio norte destruido en horas y la Argentina afectada de forma incomparablemente menor.
Aquí conviene que sea preciso, porque compramos un campo en Mendoza y la idea del refugio estuvo detrás de esa decisión. Pero el refugio es la Argentina entera. Wamani no protege a nadie por sí solo, y ninguna estancia lo hace. Lo que protege es un país con quince mil kilómetros de distancia respecto de cualquier objetivo militar, capacidad de producir alimento para diez veces su población y vecinos con el mismo perfil. Comprar hectáreas y llenarlas de provisiones es una fantasía de película. Lo que funciona es que el país siga funcionando.
Y ahí está lo que la Argentina todavía no ha hecho Semillas, energía, medicamentos, repuestos de red eléctrica, capacidad industrial básica, acuerdos con Uruguay y Chile. Un país que fue neutral durante casi toda la Segunda Guerra Mundial y salió de ella más rico que cuando entró debería entender mejor que nadie el valor de estar lejos. Nada de esto requiere adivinar el futuro Requiere admitir que el mundo lleva once años seguidos gastando más en armas que el año anterior.
La Argentina lleva un siglo lamentando su lejanía. Es hoy su activo estratégico más valioso
La única guerra mundial que la humanidad ha librado desde que existen estas armas terminó usándolas
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