
Mientras la “barra descontrolada”, que alentó con pasión futbolera a la Selección Nacional, cursaba el duelo por la final buscando razones en las teorías conspirativas que corrían en las redes, el oficialismo libertario irrumpió en la conversación pública para librar una nueva escaramuza de la batalla cultural.
Milei reformuló su narrativa para enfrentar una supuesta campaña antiargentina, orquestada desde quién sabe de dónde.
“Ahora van a ver a dónde puede llegar un país lleno de argentinos”, posteó desafiante Milei en una entrega con los colores de la bandera.
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“El kirchnerismo ha sido una pieza fundamental de la campaña antiargentina: validaron el wokismo que hoy nos acusa de racistas; fomentaron el odio contra Messi; y alimentaron desde la propia Argentina la mentira de que la Selección ganaba gracias a los árbitros y a los favores de la FIFA”.
Milei replicó en redes los argumentos de Agustín Laje, numen ideológico de la retórica presidencial.
La mirada de Laje produce un desplazamiento de sentido. El oficialismo convierte un fenómeno originado en redes sociales y medios deportivos en un conflicto político e ideológico más amplio.
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El dispositivo paraestatal de comunicación digital validó la estrategia, atribuyendo al aparato globalista woke la arremetida.
Donde las redes producen ruido, la política busca generar sentido.
La rápida reacción gubernamental le permitió al oficialismo reposicionarse en la conversación pública, arrastrando a su paso las versiones de oscuras componendas en torno al “algo pasó”. Pero el golpe de efecto no rindió lo suficiente.
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La sola expresión “campaña antiargentina” remite a la triste memoria setentista.
“Los argentinos somos derechos y humanos” era la respuesta marquetinera de los militares a las denuncias internacionales de los crímenes de la dictadura en el poder.
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Retomar una narrativa divisiva, mientras millones de argentinos se empeñaban en festejar y agradecer los logros de la selección que unió como pocas veces antes, no resultó una estrategia acertada.
Si efectivamente “algo pasó”, como se sospechó la noche de la final, es probable que nunca conozcamos la verdad.
Tampoco es tarea sencilla desentrañar si la embestida de odio hacia todo lo argento es parte de una movida estructurada en maléficos laboratorios digitales o si se trata de una burbuja de sentido macerada en el vértigo de las redes, en la que todos pueden despachar sus sentimientos y obsesiones.
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Se sabe que, en cualquier contexto y situación, los mensajes de odio se viralizan de manera siete veces más rápida que cualquier otro contenido.
El Servicio de Protección de Redes Sociales de la FIFA (Social Media Protection Service, SMPS) es un sistema que la FIFA lanzó en el Mundial de Qatar 2022 y amplió de manera significativa para el Mundial 2026 con el objetivo de proteger a jugadores, entrenadores, árbitros y selecciones del abuso en redes sociales, especialmente de amenazas, mensajes discriminatorios y campañas coordinadas de odio. El organismo reportó el intenso tráfico registrado durante 2026.
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El SMPS escaneó más de 53 millones de publicaciones y comentarios. Se detectaron más de 7 millones de publicaciones potencialmente abusivas o dañinas, un registro catorce veces superior al detectado en 2022.
Más de 200.000 publicaciones fueron denunciadas o removidas por ser ofensivas o amenazantes. Más de 1.000 amenazas especialmente graves fueron derivadas a fuerzas de seguridad.
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El SMPS, que terminó funcionando como un observatorio privilegiado de la conversación digital global, no tiene un detalle discriminado sobre la Argentina, pero concluye que el volumen de mensajes abusivos fue el más alto de la historia, con un crecimiento explosivo del contenido detectado por IA y del discurso de odio, muy por encima de Qatar 2022.
La existencia de una conversación digital extremadamente hostil está documentada por la FIFA. Lo que no ha podido comprobar la FIFA es que esa hostilidad haya sido el resultado de una operación organizada específicamente contra la Argentina.
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La consultora Ad Hoc registró un fuerte sesgo negativo hacia la Argentina en la conversación digital internacional.
El trabajo se centra en describir patrones de contenido en redes. No dispone de elementos para identificar la existencia de una operación coordinada.
El cierre del informe plantea que durante el Mundial confluyeron desinformación, contenidos falsos, teorías conspirativas, algoritmos que amplifican contenidos polarizantes y operaciones externas a la conversación deportiva, configurando un clima digital particularmente hostil hacia la Argentina.
Milei se apropia de la conversación, desplazando el objeto de las sospechas: del “algo pasó” a la “campaña antiargentina”.
El eje de la conversación cambia. De las suspicacias que levantó la arenga de Messi —“Ahora, a jugar... Olvídense de todo”— y del “ir para atrás es de cagones”, con el que se despachó el Dibu, pasamos a hablar de que “la Argentina es el país más racista”.
De las sospechas acerca de un partido negociado, entregado a cambio de favores dirigenciales, al señalamiento de enemigos externos.
Mientras la teoría de la entrega divide, la identificación de la agresión foránea unifica. De la autodestrucción de la moral propia a la cohesión nacional para enfrentar agravios.
Milei reinterpreta la conversación y la saca del plano deportivo, en orden a capitalizar políticamente su significado.
La narrativa política se lleva puesta la conversación.
Del “algo pasó”, que hizo que la Argentina perdiera la final, al “algo viene pasando”: que no se tolera que la Argentina gane o se destaque desafiando al establishment global.
La compleja situación judicial que pesa sobre Claudio “Chiqui” Tapia otorgó verosimilitud a muchas de las sospechas sobre lo deportivo. Los alineamientos geopolíticos de Javier Milei también alimentaron la confrontación global, fomentando amores y odios.
Todo tiene que ver con todo.
Al reapropiarse del concepto de “campaña antiargentina”, los posteos fragmentados en redes permitieron el armado de un relato político mucho más amplio, capaz de conectar el Mundial con la batalla cultural.
Es probable que la aceleración del ecosistema digital, en tiempos de la IA, capaz de instalar teorías conspirativas y viralizar mensajes de odio a nivel global en cuestión de segundos, haya hecho el resto.
Tal vez, en lugar de hablar de una campaña orquestada, haya sido más adecuado pensar en un “sentimiento antiargentino” corriendo a tontas y a locas por las plataformas.
En cualquier caso, las amorosas vibraciones emocionales que nos dejó el Mundial terminaron multiprocesadas en el tsunami de las redes. La sensación de ser parte de un todo, de estar juntos otra vez, de dejar atrás el abismo de la grieta, volvió a naufragar.
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