El peronismo fue una etapa de nuestra sociedad cuya impronta permaneció incluso durante los 18 años de proscripción que abarcó tanto a gobiernos dictatoriales como civiles y que terminaron con el retorno de Perón. En rigor, la capacidad productiva y distributiva de nuestro país ve su fin con la aparición demencial de la política económica de Martínez de Hoz, la imposición de la Ley de Entidades Financieras y la destrucción de nuestra base industrial para trocar producción por rentabilidad. En mi opinión, Menem representa la peor traición a la historia de la Argentina desarrollada, al regalar las empresas del Estado. Recuerdo, por ejemplo, que como el gas era rentable, el menemismo tuvo que recurrir a un diputado trucho para poder votar esa Ley tan nefasta como innecesaria. La idea de que lo privado es superior a lo estatal se expresa en la concepción de que el egoísmo empresario, al que los gobiernos liberales favorecen con descaro, tiene preponderancia sobre las necesidades colectivas.
El gobierno de Néstor Kirchner tuvo un equilibrio fiscal que luego se va a perder con las dos administraciones de Cristina Kirchner y el fracaso de sus opciones expresadas en Boudou, Scioli y Alberto Fernández, dejando la concepción de patria en manos de una minoría sectaria y excluyente, expresión profunda del más arraigado antiperonismo. En verdad, lo que importa es el patriotismo, aquella concepción según la cual, el desarrollo de una sociedad está basado en la defensa de los intereses colectivos por encima de los individuales, razón que muestra a las claras la inversión que hace el gobierno actual, luego de la decadencia a la cual sometieron a nuestro país los errores del Kirchnerismo y su secta, en especial La Cámpora, y que permitieron la llegada de esta infame coyuntura en la que una supuesta idea del cambio se asienta en la destrucción de lo colectivo para dejar libre la riqueza individual y reducir a la sociedad argentina a una miseria mayoritaria.
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En su momento, los peronistas necesitamos sacarnos de encima -y mucho nos costó- a la nefasta conducción de Leonidas Saadi. Luego, hubo una larga duración del proceso de Menem que terminó en el momento en que se agotaron las estructuras privatizables y la supuesta riqueza que generaba vender nuestras capacidades a cambio de algunos años de supuesta prosperidad que terminará con los argentinos golpeando las puertas de los bancos para reclamar un dinero que jamás había existido.
La corrupción y la duplicación del juego se convirtieron en elementos disolventes de nuestra sociedad, sin duda parte de la paternidad de este triste gobierno que hoy soportamos. En el 73, uno de los pocos pedidos del General Perón a los diputados fue que votáramos en contra de la Ley del Juego, y así lo hicimos. El kirchnerismo terminó duplicándolo, y hoy nos encontramos con oscuros personajes, que mezclados en esa decadencia lúdica terminan marcando una atrocidad que cargamos entre todos y perjudica, además, a los más jóvenes. Fue también una etapa donde se instalaron los derechos humanos por encima de los derechos sociales, reivindicando a una guerrilla que más allá de las imperdonables atrocidades de la dictadura, jamás tuvo sustento ideológico ni gozó del respeto de la ciudadanía. Es cierto que la violencia fue justificada durante la dictadura, pero en democracia, se manifestó como traición a la patria.
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En cuanto a los que plantean como eje del debate la libertad de Cristina Kirchner, más allá de sus limitaciones sectarias, terminan siendo imprescindibles para el triunfo de Milei, porque poner como exigencia una causa minoritaria y cuyo rechazo es mayoritario, implica asegurar una derrota futura.
Así como debíamos sacarnos de encima a Saadi, a Menem, luego a Duhalde, hoy debemos hacerlo con el kirchnerismo y el massismo, dos versiones de la política que poco tienen que ver con la transparencia y el desarrollo de la industria.
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Los errores de corrupción permitieron la imposición de una consigna tan arbitraria y ridícula: “proteger equivale a cazar en un zoológico”. Pero no asumen que esa protección se da en la totalidad de las naciones del mundo. Milei y los suyos intentan instaurar una libertad que sirva solo para el comercio mientras destruye a los ciudadanos.
Entre tanto, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, presenta un hecho nuevo, su indiscutible honestidad, y en rigor, fueron los excesos de ciertos funcionarios del kirchnerismo los que marcaron su conducta. Su expulsión fue necesaria porque venían de una idea de la sociedad que no se compadecía con la transparencia. No podemos olvidar que Kicillof ganó por 14 puntos la Provincia de Buenos Aires y que, al poco tiempo, con el retorno de Cristina Kirchner a la conducción del Peronismo, perdimos a lo largo y a lo ancho del país, en la peor derrota histórica de la que tengamos memoria como movimiento nacional. Esta innegable realidad vale mucho más que una encuesta, expresa que la sociedad quiere renovación y transparencia, y rechaza el pasado y sus oscuros espacios aún vigentes.
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El apego del gobierno de Milei al modelo del período previo al voto universal, es decir, al advenimiento del sistema democrático, y su manida insistencia en la necesidad del cambio constituyen dos consignas tan falsas como absurdas: ni hace cien años que soportamos crisis- sino cincuenta, desde la herencia que dejó la dictadura de Videla, Massera, Agosti y las sucesivas Juntas militares- ni el cambio es forzosamente la expresión de aquellos que se sienten fracasados y buscan rumbos novedosos. Por lo general, son vías superficiales, elitistas y dañinas para el conjunto de la sociedad, pero ellos se aferran a esas supuestas transformaciones de raíz a fin de salir de donde ingresaron por dejadez, ruindad o bajeza. En suma, es como si la búsqueda de lo nuevo fuera tan solo una forma rápida y sencilla de superar las crisis cuando el verdadero cambio consiste en la supremacía de la cordura, elemento indispensable que no existe ni remotamente en quienes hoy nos gobiernan.
Suelo insistir en que un gobierno que baja los impuestos a los yates y los coches de lujo, y los aportes a la discapacidad y a la educación, la ciencia y la cultura es realmente un gobierno de insensatos, de desvariados, de perversos, de seres que no tienen nada que ver con el futuro colectivo. Dijeron venir contra la casta y eligen de ella a los más lúcidos intermediarios, a sus más conspicuos representantes. En la perversión del gobierno actual, la realidad muestra cada día una pobreza mayor mientras los ministros de Economía y Desregulación y el gabinete en su conjunto liderado por Milei inventan números que describen un falso enriquecimiento del país tratando de brindar una luz de esperanza tan inexistente como necesaria a sus ambiciones de reelección. Todos los gobiernos militares tuvieron la misma consigna que el actual y terminaron yéndose porque la idea de que cuatro años de mandato no les alcanzaban para revertir la historia ocultaba su objetivo real: ese tiempo no les era suficiente para terminar de destruir a la sociedad.
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El próximo turno es mayoritario para el movimiento nacional si sabe pararse con lucidez y grandeza, si sabe reunir a todas las fuerzas políticas democráticas, y si logra expresar las expectativas que hoy lentamente la sociedad ha ido perdiendo, con la clara conciencia de que este cambio es solamente una irresponsable marcha atrás. Nuestra propuesta, la patriótica, debe sacarse de encima todo riesgo de retorno al pasado cercano.
Por ello, debemos recuperar el centro del sistema político convocando a todas aquellas fuerzas que tengan conciencia de patria por encima de los intereses del egoísmo inherente a las élites poderosas y entreguistas.
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