El papa León XIV, custodio de la justicia internacional

Las declaraciones papales abogan por el diálogo y la paz ante amenazas y discursos belicistas de líderes como Donald Trump

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El papa León XIV
El papa León XIV

“…da partir, ché tutto avem veduto.” (Alighieri, 1993, 230. Canto XXXIV 61-69) (“Aquel que sufre la mayor tortura”, dijo el maestro, “es Judas Iscariote, cabeza dentro y piernas en soltura. De ese cabeza abajo, en otro lote, el que pende del negro befo es Bruto, que sufre sin que el labio queje brote. El otro es Casio, fuerte como enjuto. Mas ya la noche viene y es la hora de la partida, en la mansión del loto”).

En este último aro del infierno, el genio florentino avizora la condena a los traidores y, por sobre todo, coloca al mismo nivel axiológico a los tres personajes: Bruto y Casio, que fueron traidores al pueblo, condenados de igual forma que Judas, quien traicionó a Cristo. Esto evidencia el vínculo de la política con la religión y pone de relieve la relación estrecha entre teología y política.

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Un presidente de EE. UU. con insolencia frente a un papa que pide la paz y condena las amenazas de aquel al pueblo iraní.

“Débil frente al crimen, y terrible para la política exterior”. Y “No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”, escribió Trump descalificando las declaraciones de Su Santidad el papa León XIV, quien pidió la paz. Claro que el Papa también dijo que es terrible: “No quiero un papa que piense que es terrible que EE. UU. atacara a Venezuela…”. Poco después, Trump declaró que EE. UU. podría “borrar la civilización iraní” si Teherán no cumplía con las exigencias sobre las negociaciones nucleares y el estrecho de Ormuz, lo que el pontífice calificó de “inaceptable”, instando a los líderes políticos a “trabajar por la paz”. Cabe aclarar que León XIV también había criticado la política del presidente por el trato dado a los inmigrantes, se preguntó si Trump creía que sus políticas eran compatibles con las enseñanzas provida de la Iglesia; pidió en 2025 un alto al fuego en la Franja de Gaza y llamó la atención sobre las condiciones de la población palestina. Entonces, llamó la atención sobre el pueblo que entre escombros vive en “las tiendas de Gaza, expuestas a la lluvia, el viento y el frío”.

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La publicación de Trump en redes sociales acusó al papa León de extralimitarse en su rol: “No quiero un papa que critique al presidente de EE. UU. porque estoy haciendo exactamente lo que fui elegido para hacer en una aplastante victoria”.

Seguiré hablando con firmeza contra la guerra, buscando promover la paz, el diálogo y el multilateralismo”, añadió el papa.

Agregó que no tenía “ningún miedo del gobierno de Trump” y que seguiría alzando la voz “con fuerza” en defensa del Evangelio.

Donald Trump
Donald Trump

El divorcio de la justicia y el poder

Decía un pensador alemán que “La justicia sin fuerza es impotente y la fuerza sin la justicia es tiránica. (…) Es menester, por tanto, juntar siempre la justicia y la fuerza, y para eso hacer que lo que es justo sea fuerte, lo que es fuerte sea justo (…); pero en la realidad, no se ha podido dar fuerza a la justicia, porque la fuerza ha contradicho la justicia, y ha dicho que era injusta, y ha dicho que ella era la justa. Y de ese modo, no pudiendo hacer que lo que es justo sea fuerte, se ha hecho que la fuerza (es decir, quien detenta el poder) sea el justo" y así es el “río de la iniquidad” de que nos habla San Pablo, y que está en el nervio del movimiento histórico (E. Haeckel, rev. Nexo, Bs. As. primer trimestre 1988).

“En la historia se convierte de continuo a la injusticia en justicia; la injusticia necesita la máscara de la justicia para herirla mejor y a la vez poder ser. También la justicia se transmuta, hasta con insensible facilidad, en injusticia. La historia es el lugar del divorcio de la justicia y el poder, que se busca incesantemente”. Como nuestra historia del pasado reciente pone de relieve, quienes tienen la función de juzgar han sido en muchos casos obedientes a quien tiene la fuerza del poder político, al extremo de perseguir y condenar arbitrariamente a sus propios miembros sin importar la verdad ni los fundamentos, sino sólo el poder.

“El divorcio radical de poder y justicia, de poder y valor, de juicios de ‘hecho’ y ‘juicios de valor’, oculta el nihilismo, la resignación o la apología del ‘puro poder’ como supuesta realidad radical de la historia. Es la tradición libertina del ‘maquiavelismo’ en las ciencias sociales, en la sociología y la ciencia política”, dice Haeckel.

Así fue en el tiempo argentino de la dictadura y así siguió siendo en el tiempo argentino de la nueva democracia, donde los fundamentos jurídicos no son sino el enmascaramiento de la voluntad de los poderes reales —político y económico—. Donde esos poderes fácticos prevalecen sobre la justicia, el bien y la verdad.

El principio es lo primero

El poder de Dios es muy diferente del poder de los misiles, del poder de la fuerza, del oro o del poder de los multimillonarios. Es muy diferente del poder o autoridad deontológica o epistemológica, que es esencialmente relativo. El poder de las armas o el poder del dinero es siempre limitado, al igual que la autoridad del saber, que está limitada a uno o varios ámbitos o campos y es relativa a uno o varios sujetos individuales o colectivos; nunca es absoluta. El único poder absoluto es el de Dios.

Los principios o mandatos fundamentales derivan de Dios y son revelados al hombre a través de la razón (Santo Tomás). Sin ellos no hay orden. Y el orden proviene del cumplimiento de los principios traducidos en leyes o mandatos, y esto se logra con la justicia. Como dice la Historia Sagrada, el fin que nos debemos es el logro de la justicia, sin el cual no hay orden. Con lo que se entiende el orden debido; no sólo el orden recto, que se da sencillamente en la naturaleza que Dios creó carente de libertad, sino un orden nacional e internacional justo. Este orden en el tiempo va dirigido a un fin.

Pero, ¿cuál es el sentido de lo político? También sobre esto reina unidad entre la sabiduría divina y la humana. Es la paz. La paz sobre el fundamento de la justicia.

Y la paz entre los hombres también se extiende al derecho internacional que rige las relaciones entre los Estados.

Esta verdad sirve para comprender los fundamentos sobre los cuales se puede construir un camino para los países débiles en el curso de la política global. Política conducida por las grandes potencias que en los hechos compiten por la concentración de un poder hegemónico en un globo unidimensional, en un orden imperial. Poder imperial alrededor del que, cual satélites, giran los Estados más débiles.

El camino de la liberación es la fraternidad y la integración continental

Como lo recuerda el economista coreano Ha-Joon Chang en “Patada a la escalera”, los países desarrollados, una vez logrado un alto grado de desarrollo, derogaron las reglas de juego de política económica, tributaria y de comercio internacional que, de estar abajo, les permitieron “subir la escalera” y llegar arriba (proteccionismo, políticas arancelarias, barreras aduaneras, etc.). En la desigualdad impusieron las mismas reglas para todos (economías poderosas y pobres). Lo impusieron por sí y por medio de los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial), que a fuerza de ser potencias manejaban y manejan, abortando de ese modo el desarrollo industrial de los países satélites, que se ven sometidos e impedidos de proteger su incipiente industria. Deben entregar sus recursos naturales y exportar materias primas, y continuar siendo pobres.

Por ese camino, los países débiles nunca podrán llegar a ser países desarrollados y los pueblos pobres nunca podrán alcanzar un buen vivir si no hay una integración continental, un desarrollo industrial y políticas internas fundadas en una justa distribución de la riqueza con justicia social.

La mundialización de la solidaridad y justicia internacional. El todo es superior a la parte, nos enseña Francisco en Evangelii Gaudium n.º 234. “Entre la globalización y la localización se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo, que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados; otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites”. (Leer también n.os 235/236).

La globalización y la Iglesia católica

“Existe un nexo entre cultura católica e integración. Las fuerzas reales que operan en el mundo se reagrupan y delimitan en los Estados y, en sentido analógico, en las iglesias. Este razonamiento se aplica también en la perspectiva integracionista: potencia del poder y entonces potencias de la misión de la Iglesia de influir sobre el poder del mundo” (Methol Ferré).

Haciendo abstracción de las circunstancias particulares que atraviesan las diversas naciones de nuestro continente, es preciso recordar que para el papa Francisco también es necesaria una acción cultural que sirva de base a la integración económica latinoamericana.

En otros términos, la cara de Sudamérica representada en el poliedro sólo podrá entablar un diálogo solidario y digno con el resto del mundo si afirma su identidad continental. Y para ello, la Constitución Apostólica Veritas Gaudium, de reciente publicación, encara una verdadera renovación integral de la enseñanza católica. Dirigida a todos los responsables de los estudios eclesiásticos de los institutos y facultades del mundo —de los cuales 22 facultades y 56 institutos hay en Latinoamérica—, está centrada en el “cambio de época” que vive el mundo, su crisis antropológica y socioambiental y las crisis sociales y financieras.

Los estados mayores han decretado que pueden romper la justicia internacional mediante las guerras de aranceles y tanto ellos como los terroristas pueden atacar preventivamente.

Esta fórmula fue impuesta de facto por Estados Unidos e Israel supera con creces la barbarie de la invasión rusa a Ucrania, las cometidas en las guerras civiles en África y Asia y, desde luego los grupos terroristas. Las grandes economías mientras tanto se han declarado libres para manejar el comercio internacional, manejando individual y caprichosamente los aranceles. Y como una depravación de las prácticas internacionales, se permiten destruir ciudades y asesinar masivamente gente inocente y ocupar sus tierras, dejando miles de muertos y desplazados con la justificación falsa de buscar enemigos peligrosos escondidos entre los escombros.

Promover una verdadera cultura del encuentro

Afirma el papa Francisco que es preciso “cambiar el modelo de desarrollo global, redefinir el progreso” y “promover una verdadera cultura del encuentro” que preste mayor atención a los pobres.

Paralelamente, Francisco considera que las instituciones en todo el mundo deben “crear redes” para cultivar y promover “los estudios eclesiásticos, y activar con decisión las oportunas sinergias también con las instituciones académicas de los distintos países”.

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