Milei, entre el desgaste y la cuenta regresiva hacia 2027

El impacto del caso Adorni agudizó la parálisis gubernamental, pero las dificultades del Ejecutivo se originan en factores estructurales y no solo coyunturales

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AmCham Summit 2026 - Javier Milei
Javier Milei

Un 2026 vertiginoso da cuentas de un gobierno que, tras un veraniego paseo triunfal durante las sesiones extraordinarias del Congreso, atraviesa lo que pareciera ser su peor momento desde el tan inesperado como fulgurante ascenso de Milei al poder.

Si bien era esperable que la renovada “luna de miel” tras el contundente triunfo en las elecciones legislativas de octubre llegara eventualmente a su fin, la profundidad y rapidez del deterioro de la imagen del presidente y de la aprobación de gestión no dejan de sorprender tanto a propios como a extraños a las filas del oficialismo. Más aún ante algunas encuestas recientes que ya comienzan a dar cuenta de una pérdida de apoyo en su núcleo duro, algo que hasta el momento parecía ser un bastión inexpugnable y a salvo de las vicisitudes de la economía y la política.

Un momento crítico en el que se entrelazan los recurrentes daños autoinfligidos y errores no forzados, resonantes casos de presunta corrupción, internas descarnadas y, sobre todo, las crecientes evidencias de las consecuencias del modelo económico para amplísimas franjas de la población.

Frente a la magnitud de los desafíos, urgencias y necesidades crecientes, no deja de llamar la atención la virtual parálisis del gobierno provocada por el affaire Adorni. Una situación que ya lleva más de 40 días, que horada cada vez más al presidente, hegemoniza la agenda y sume al gobierno en un inexplicable inmovilismo que solo parece responder al empecinamiento de la funcionaria más poderosa del gobierno en defender y respaldar a un vocero presidencial que ya no solo tiene el boleto picado para su eventual salida del gabinete sino que parece haber dilapidado inexorablemente lo que muchos veían como una promisoria carrera política con eje en la capital.

Sin embargo, cometería un apresurado error quien adjudicara la caída en la imagen del presidente y su gobierno exclusivamente al interminable escándalo. No solo porque la caída se registra desde hace más de 80 días -es decir, mucho antes de lo de Adorni-, sino fundamentalmente porque hunde sus raíces en una situación más compleja, que tiene que ver con las limitaciones de un modelo económico al que el gobierno se aferra sin parecer considerar correcciones significativas.

Es cierto que el caso Adorni se amplifica simbólicamente por su impacto en un gobierno que supo legitimarse y apuntalarse a través de la narrativa de la batalla cultural contra una casta que habrían de desterrar. Pero también es evidente que la crisis se profundiza y se multiplica en razón del creciente malestar por los efectos recesivos de una economía que golpea a la gran mayoría de los ciudadanos de a pie.

El frente económico acumula crecientes señales de alerta, que van desde el aumento de la inflación por décimo mes consecutivo, el fantasma del desempleo que asoma, la caída del consumo que no cesa, y los salarios que no alcanzan a recuperar su poder adquisitivo, entre otras variables que erosionan no solo el apoyo al gobierno sino que horadan las expectativas de futuro, que habían sido uno de los principales capitales políticos del gobierno.

Dicho en otras palabras, el relato de un presente de sacrificio como condición para alcanzar un futuro de prosperidad comienza a flaquear, y alimenta aún más el cambio del humor social.

No solo preocupa la aceleración de la inflación y una actividad económica de un desempeño sectorial muy desparejo y escaso impacto en la generación de empleo, sino también la fuerte caída en la recaudación (3% en la vinculada a la actividad y 4% en la vinculada al empleo). Una caída que torna cada vez más difícil el sostenimiento del relato del superávit, y que lleva a Caputo y sus adláteres a pisar partidas de fuerte impacto social: ya no solo hablamos de incumplimientos de leyes como la de financiamiento universitario o impuesto a los combustibles, sino de retacear fondos para pagar prestaciones del PAMI o medicamentos para discapacitados.

Con muy poco por recortar tras el brutal paso de la motosierra, el equipo económico recurre a peligrosos artilugios para sostener un superávit artificial, pisando partidas, pateando pagos de obligaciones legales o desconociendo las mismas, y apelando a los ingresos extraordinarios de las privatizaciones en marcha. Todo ello, alertan ya algunos economistas, esconde una deuda flotante -compromisos asumidos que no se pagaron- que sumará presiones adicionales hacia adelante.

Lo cierto es que el oficialismo enfrenta un escenario complejo con una cuenta regresiva hacia las elecciones nacionales que ya comenzó y que parece muy difícil que coincida con los mejores 18 meses del gobierno que vaticinó con su habitual arrogancia Toto Caputo. También es cierto que la oposición, sumida en una profunda crisis, atravesada por múltiples internas y caracterizada tanto por una profunda heterogeneidad como por una marcada atomización, tampoco la tiene fácil.

No obstante ello, en las últimas semanas, y conforme el oficialismo se complica en los diversos frentes, comienzan a verse algunos indicios de una oposición que parece salir lentamente del largo letargo. No solo Kicillof ya habla en clave electoral y Macri recorre el país en un difícil equilibrio entre el apoyo a Milei y la posibilidad de un plan resurrección para el PRO, sino que dirigentes del pan-peronismo sondean outsiders para una eventual gran interna contra el gobernador bonaerense, mientras otros buscan revivir el espacio de Provincias Unidas.

Así las cosas, en un contexto económico muy complejo, y una escenario político convulsionado, las elecciones 2027 ya comenzaron a copar la agenda, sumando presión a un gobierno que tiene que mantenerse competitivo de cara a una potencial reelección y que para ello necesita ya no tanto recrear expectativas sino responder a urgencias y necesidades muy terrenales, a la vez que desafiando a la heterogénea oposición a dejar atrás la intrascendencia, renovar liderazgos y articular alternativas competitivas.