Mi amistad con el Santo Padre

Francisco nunca logró ser símbolo de unidad en su propio país, donde las fracturas sociales y políticas persistieron aún durante su Pontificado

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El Papa Francisco y Julio Bárbaro
El Papa Francisco y Julio Bárbaro

La amistad del Santo Padre fue uno de los regalos más valiosos que me hizo la vida. Un ser de luz que asombró al mundo y, sin embargo, no pudo superar la fractura permanente que divide a la sociedad argentina.

En mi primera visita al Vaticano, le dije que lo veía feliz. Me respondió: “Desde ya, ¿sabe lo que es no tener a nadie a quien obedecer, salvo a Dios?”. “Si usted hubiera nacido en Brasil, nadie se atrevería a criticarlo o a ignorarlo, porque la brasileña es una sociedad orgullosa de su identidad”, agregué. Me miró con cierta tristeza y me respondió que ni siquiera en Chile algo similar le hubiera sucedido. Pero éramos nosotros, los argentinos, los de la constante división, un país donde los ricos se jactan desde siempre de sentirse triunfadores y superiores con respecto a los derrotados, a los pobres.

Durante su Pontificado, tuve el honor de dialogar siete horas con él en los respectivos encuentros que me concedió. Nuestra amistad venía, con algunas diferencias, desde que Bergoglio era cura, pero se intensificó cuando fue cardenal.

Ya se había hecho hábito acusarlo de kirchnerista o de peronista. Nunca había estrechado la mano ni de Néstor ni de Cristina. Más de una vez me pidió que le solicitara al presidente Kirchner una entrevista, y lo hice, recibiendo invariablemente su negativa hasta que, con dolor y un poco de rabia, le respondí: “Vos, Néstor, no querés hablar con nadie a quien no puedas dominar”. Las banalidades y los comentarios superficiales intentaban limitar el peso de un personaje que, sin duda, asombraba y deslumbraba a la humanidad. Le devolvió a la Iglesia Católica una centralidad que hacía tiempo no tenía, y nos encontró a los católicos en un momento donde el ateísmo parecía la moda, y la religión, el sueño de trascendencia, recuperaba su tan necesaria vitalidad.

Recuerdo el momento en que fue recibido y ovacionado por la ONU. El mundo señalaba así la pequeñez de nuestros conflictos, donde todo se transforma en resentimiento, en rencor, en incapacidad de unirnos en torno de la persona del Papa, del hombre más importante que nos adjudicó la historia y que va a marcar, sin duda, buena parte de nuestro desarrollo. Pocas veces, la dimensión y la grandeza de un argentino dejó tan al desnudo la miserabilidad de aquellos que sólo cultivan el odio desde el sectarismo en sus diversas versiones ideológicas.

En sus viajes por el mundo, Francisco pasó cerca de nuestro país Nunca tuvo la posibilidad de visitarnos, simplemente porque - me lo dijo desde el primer momento- “solo viajo si soy una prenda de unidad”, y nuestra sociedad hace muchos años transita ese sueño de un destino colectivo como la marca indeleble de una impotencia arrastrada históricamente.

Cuando fue elegido Papa, un sector pretendió cuestionarlo frente al mundo. Ya había habido una visita de algunos mediocres que intentaban influir en el cónclave para disminuir sus posibilidades. Son los gestos mezquinos de un pedazo de la historia y de personajes que se dicen argentinos al tiempo que detestan nuestra digna y respetable identidad.

“Representante del Maligno en la tierra” lo llamó Milei, y me reservo, por respeto al Papa, otros epítetos injuriosos que empleó. Siendo presidente, no le quedó a este pobre personaje más remedio que ir a visitarlo, y el Papa lo trató con actitud bonachona y cordial haciendo una referencia a su corte de pelo. Así, se advierte la distancia entre la pequeñez y la grandeza.

Entre tanto, sus palabras, sus gestos, como su primer viaje oficial a Lampedusa y su clara posición en defensa de los migrantes que corrían el riesgo de morir ahogados en el Mediterráneo -cuando no morían directamente- en su intento de huir de guerras inconcebibles para llegar a Europa, sus documentos, sus discursos, sus encíclicas, como Laudato si’ de 2015 o Fratelli tutti de 2020 sorprendieron por la profundidad de su pensamiento y de sus conocimientos, por su inagotable humanismo, al mundo entero, y también, ¿por qué negarlo?, a muchos de nosotros.

He perdido la vista, pero afortunadamente, pude escuchar un libro de Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo Recordemos que el escritor español acompañó al Papa Francisco en su viaje a Mongolia en 2023 a pedido del Santo Padre. Es un libro extraordinario, donde un ateo respetuoso de los creyentes genera un diálogo en el cual se centra y se desarrolla el conflicto más profundo del ser humano: la trascendencia.

Nuestros diálogos eran profundos, propios de dos amigos que se encuentran para conversar. Me llevó tiempo asumir el lugar de la amistad, porque era una ofrenda que superaba con creces lo que yo esperaba de la vida. Ser amigo de un Papa y poder, durante una hora en el Vaticano, dialogar con él sobre la vida, los conflictos de nuestro país y del mundo y compartir también ese sentido porteño del humor que nos caracteriza. Hasta el detalle de ser sufridos hinchas de San Lorenzo de Almagro nos hacía cómplices en aquellos momentos inolvidables. Recuerdo cuando me contó que, siendo profesor de literatura en Santa Fe, había invitado a Jorge Luis Borges a dar una un curso a sus alumnos. El autor de El aleph había viajado hasta allí con María Esther Vásquez, y de aquella visita quedaba el prólogo legado por Borges para los cuentos de los alumnos del cura Bergoglio.

Entre los enemigos del kirchnerismo -y del peronismo para ser justos-, se cuestionaba su supuesta amistad con Cristina, cuando Francisco había tenido tan solo la respetuosa actitud de invitarla en tanto presidenta de su país al acto de asunción como Sumo Pontífice, situación que, de no haberse dado, hubiera resultado perjudicial para su imagen y la de nuestra sociedad. Al asumir Mauricio Macri la presidencia, ante la pregunta sobre cuál sería su relación con el Santo Padre, su respuesta se limitó a delegarla en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Recuerdo las palabras del Papa en aquel momento: “Éramos amigos con Macri, y juntos resistíamos las agresiones del kirchnerismo. Que al llegar a presidente, responda de esta manera, no puede ser tomado más que como un gesto ofensivo. Seguramente, si yo le digo a usted que nuestra relación va a manejarla mi secretaria, estaría marcando el fin de nuestra amistad, ¿verdad?”. Al regresar, hablé con Macri, y la situación se fue descomprimiendo. Pero, qué distancia enorme había entre ese Papa Francisco que asombraba al mundo y los presidentes argentinos que no fueron capaces de estar a la altura de circunstancias históricas que terminaron superando ampliamente nuestras expectativas.

Siete veces me entregó una hora de su tiempo. En mis primeras visitas, yo insistía en irme antes y él me preguntaba: “¿Está ocupado?”. “No, Santidad, pero imagino que quien lo está es usted”. Y entonces, sonriendo, reafirmaba: “Yo le asigné una hora, salvo que tenga otras ocupaciones”. Todas las entrevistas fueron concedidas a través de textos manuscritos que me enviaba por WhatsApp. Su humildad era absoluta. Conservo cartas en las que debatimos sobre Romano Guardini y también, acerca de cuestiones más concretas y cotidianas de nuestra sociedad, cartas que, por ser personales, me reservo de comentar. Solía reiterar: “Los documentos, los tengo que escribir yo a mano”, y no puedo dejar de evocar la sutileza de su humor, fruto de su gran inteligencia, su capacidad de pensar de manera ecuménica, ideario que plasmó en aquel encuentro entre un Papa argentino en el Muro de los Lamentos con un rabino y un mahometano, ese gesto de unidad que le brindó a la Historia, siendo imposible que los argentinos podamos ofrecérnoslo a nosotros mismos. Cada domingo, la plaza de San Pedro se llenaba de fieles que se acercaban a escuchar su palabra. Pienso en los países que recorrió, en su concepción esencialmente anticlerical, en el sentido de estar en contra del sacerdocio como burocracia, reivindicando la voluntad del misionero, de aquel que asume la religión como una obligación de expandirla al resto de la humanidad, en su sana incitación a los jóvenes a “hacer lío”…

La dimensión de la ceremonia del adiós, con la presencia del presidente de Estados Unidos vigente y del electo, donde los estadistas del mundo entero se dieron cita para despedir a ese argentino que marcó a la humanidad por la religiosidad, el humanismo, el respeto, la comprensión, merece ser destacada.

Soy un católico divorciado, tema que solo pudo abrirme las puertas de la iglesia después que Francisco asumiera como Papa. No soy un experto en las normas de la Iglesia católica ni en teología, pero no me cabe duda de que la presencia de un argentino en la Santa Sede fue clave para dar lo mejor de nosotros, aquello que hasta el momento seguimos siendo incapaces de asumir.

Cuando Su Santidad me invitó a visitarlo en 2024, tardé en advertir que se trataba de una despedida. Mi limitación visual me llevó a viajar con mi hija Carmela. Nos recibió el 14 de noviembre a las tres de la tarde, quince días antes de su internación definitiva. Francisco nos dejaría para siempre, aquel Santo Padre que surgió de nuestro pueblo y pudo iluminar al resto de la humanidad, ese Papa cuya grandeza, debido a la injerencia de los necios sectarismos de todo orden, nos quedó grande.