
Imaginemos por un instante un cuerpo hablante cuyas modalidades, actitudes y discursos se acomoden de manera perfecta con las pautas que la cultura digital impone en esta nuestra actual época. Tal tarea debería construir un sujeto provisto de celular como parte integrante del cuerpo que sostiene su humanidad y el espacio de intimidad que el mismo supone, en cuanto a movimientos, autonomía, y cuidados. Una presencia cuya relación con el entorno se viera mediada por el teléfono de forma tal que los cuerpos y los objetos adyacentes no revistieran mayor consideración. Se trataría entonces de un ser humano al que, en cuanto a la palabra empatía, le estaría reservada una decisiva e imperiosa objeción. Esto es: la proximidad que la locación de un cuerpo imprime sobre un par, un similar, un semejante. De esta manera, por primera vez en la historia de la humanidad habría un dispositivo capaz de alterar, interrumpir, y perturbar el molde con el que un sujeto adviene al entorno propiamente humano.
Para decirlo todo: hoy, el paisaje de los cuerpos humanos se distingue por la atracción que un celular genera entre las personas. Todas y todos miran para abajo. Sea caminando en la calle, cenando en familia o viajando en un colectivo, la mirada se inclina hacia el reflejo que emana de una pantalla jugando con nuestras manos.
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Ahora bien, nuestra constitución subjetiva indica que lo más íntimo del sujeto habita en el Otro. De allí la expectativa de aceptación o rechazo ante la efectiva presencia de otra persona. Luego, mirar para abajo ya insinúa una suerte de ilusorio control con el costo de reducir la satisfacción de la mirada al exclusivo coto de lo privado. De hecho, si damos un paso más, mirar para abajo conduce la atención hacia los propios genitales, tal como insinúa la práctica de la masturbación. Signo de la renuencia para acceder a la diferencia que implica el encuentro con la propia intimidad en el cuerpo del partenaire. Al respecto, síntomas como la extendida adicción a la pornografía o la ludopatía online hablan por sí solos (¡precisamente!).
Por algo Freud considera que todas las adicciones son sustitutos de la masturbación, a la que considera la “adicción primordial”[1]. De hecho, precisa: “El ‘vicio’ del onanismo es sustituido por la manía del juego, derivación esta que se trasluce en la insistencia sobre la apasionada actividad de las manos. Real y efectivamente la furia del juego es un equivalente de la antigua compulsión onanista, y en la crianza de niños no se usa otro término que el de ‘jugar’ para nombrar el quehacer de las manos en los genitales”[2].
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Si de estas líneas se desprende que el hábito de mirar para abajo para manipular un celular constituye una suerte de masturbación, bien podemos concluir que el lector ha interpretado el texto.
Es que, si es cierto que la intimidad habita en un pliegue de lo público, bien podemos colegir que esa dimensión carente del contacto de los cuerpos se reduce a la esfera de lo privado, allí donde las palabras, por carecer del espacio narrativo, quedan sometidas al capricho del algoritmo. Signo inequívoco de una pavorosa inhibición generalizada resultante de la falta de la falta que constituye el deseo humano y cuyo desenlace no es otro que la angustia primero y la violencia después.
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Con razón se suele argumentar que las largas horas que una persona –no solo los adolescentes- transcurre con el celular (el denominado scrolleo) se sostienen en la amenaza de estar perdiéndose algo. Eso que el acrónimo inglés FOMO (fear of missing out) nomina para dar cuenta de la ansiedad por quedarse afuera de algo: un temor que encierra.
En este punto, se hace notable advertir que el gesto de mirar para abajo supone una ciega obediencia. Notabilidad que se hace sorpresa si advertimos que la actual promoción de lo privado alentada por las redes hoy se practica con el argumento de proteger la libertad de los in-dividuos.
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Si tal como afirma Nietzsche “nuestros útiles de escritura participan de la formación de nuestros pensamientos”[3], hoy, que la hiper-conectividad invade la intimidad de una persona a manos de la privado, nos tienta preguntarnos hasta qué punto la ciega obediencia a mirar para abajo nos deja afuera de compartir… una cama.
[1] Sigmund Freud (1950 [1892-1899]), “Fragmentos de la correspondencia con Fliess” (Carta 79) en Obras Completas, A. E. Tomo I, p. 314.
[2] Sigmund Freud (1928[1927]), “Dostoivesky y el parricidio”, en Obras Completas, A. E. Tomo XXI, p. 190.
[3] Friedrich Nietzsche, “Carta a Heinrich Koselitz”, citado en Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid, Taurus, 2001.
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