
En torno al 8 de marzo, Día de la Mujer, el primer sentimiento que me embarga es el orgullo. Orgullo de haber nacido y vivir en un país en el que no existe ni una sola ley patriarcal vigente desde hace muchos años. Ninguna ley que consagre la supremacía del varón sobre la mujer. Una realidad que no es resultado de la confrontación de géneros sino de la cooperación, de eso que los franceses llaman “mixité”.
Un país en el que las mujeres han ejercido la presidencia en dos ocasiones históricas (1974 y 2007). Un país en el que las mujeres somos mayoría en el egreso de las universidades, y en el que no existe discriminación salarial por género desde hace décadas. En Argentina, hay convenios colectivos de trabajo. Los sueldos no se pagan en función del género: a igual tarea, igual remuneración, tal como lo consagra el artículo 14 bis de nuestra Constitución. En Argentina, las mujeres disponen libremente de sus bienes, la patria potestad es compartida y los hijos pueden ser inscriptos indistintamente con el apellido de la madre o del padre.
Siento orgullo de pertenecer a un país que fue pionero en el mundo en participación política femenina desde que en 1991 —hace más de 30 años— se votó la ley de cupo legislativo femenino. Esa ley fue el primer gran envión de la igualdad política en este período democrático. Feminizó el Congreso argentino mucho antes que los parlamentos europeos, incluida Francia.

Esa ley fue aprobada a instancias de un Presidente —Carlos Menem— y votada por un Congreso abrumadoramente masculino. Una legisladora presentó el proyecto, sin embargo todos sabemos muy bien que en el parlamento se pueden presentar miles de proyectos pero si no hay voluntad política nada pasa.
De tener 16 mujeres y 266 varones antes del cupo, el Congreso argentino pasó a contar con 41 mujeres en 1993, más del doble, y en 1995, 74 mujeres y 195 hombres. Francia, en 1997, todavía tenía menos de 10% de mujeres en sus órganos legislativos.
Muchas de las mujeres que hoy tienen relevancia en la vida pública, llegaron al parlamento gracias a esa ley.
En Argentina, las mujeres alcanzaron sus derechos civiles, laborales y políticos progresivamente, a lo largo del siglo pasado, y gracias a acciones compartidas entre hombres y mujeres e incluso en algunos casos por iniciativa de los varones.
El grueso de los avances en materia de igualdad —política y civil— entre hombres y mujeres se dieron entre la década del 40 —el voto femenino se aprobó en 1947— y la década del 90. En el medio hubo una importante reforma del Código Civil, por la cual en 1968 las mujeres adquirieron la capacidad civil plena.
Estos avances en materia de derechos de la mujer fueron un progreso natural de la sociedad, resultado de una tradición cultural que siempre tendió hacia la igualdad.

Machismo significa considerar a la mujer inferior, incapaz, no confiar en ella, no querer trabajar codo a codo con ella, mucho menos a sus órdenes. Por eso sostengo firmemente que en la Argentina la inmensa mayoría de los hombres no son machistas: respaldan y valoran a la mujer. Cooperan y confían en ella. Construyen con ella.
La inmensa mayoría de los hombres que conocí en mi vida, empezando por mi padre, no sólo respetaban a las mujeres, también las promovían, las defendían, trabajaban a la par con ellas, en situación de igualdad y respeto mutuo. E incluso, llegado el caso, aceptaban su liderazgo.
El sexo opuesto no es nuestro antagonista sino nuestro complemento. Por eso nunca hay que dejar de promover la cooperación armónica y complementaria entre varones y mujeres, en el trabajo y en el hogar.
Por las mismas razones siento orgullo por mis vínculos con la cultura francesa y con Francia, país en el que viví varios años. Como bien dice el historiador y politólogo Emmanuel Todd, Francia es un país “de relaciones positivas, de mutua seducción entre hombres y mujeres, igualitarias en materia de libertad sexual”. Y no sólo en esa materia.
Francia también debe estar orgullosa de su historia: ha sido la cuna, la pionera, de la liberación femenina. Vale recordar que Simone de Beauvoir, en la introducción de su célebre libro, El Segundo Sexo, escribió, tan temprano como en 1949: “En general, hemos ganado la partida. Ya no somos combatientes como nuestras mayores (...) Ya muchas de nosotras no hemos tenido nunca que sentir nuestra feminidad como un estorbo o un obstáculo”.

Argentinas y francesas tenemos la fortuna, el privilegio, de vivir en países muy avanzados en materia de igualdad entre los sexos.
Hoy las mujeres tenemos abiertas las puertas a la participación; la respuesta no puede ser desatar una guerra de sexos. La respuesta es sumar el elemento femenino en la composición de la decisión en todos los planos. Sería lamentable que la emancipación femenina tenga por efecto la discordia, la fragmentación social, la enemistad de género.
El desafío es demostrar que, en la toma de decisiones de responsabilidad pública nuestra participación desembocará en más diálogo, más entendimiento, concordia y paz. Como personas emancipadas que somos, las mujeres asumimos el desafío de hacernos cargo, junto al varón, de la totalidad de los problemas. No somos un colectivo. Aunque tengamos necesidades, aspiraciones y realidades específicas de nuestro género, ningún problema humano nos es ajeno. Ninguna problemática de nuestro país, de nuestros compatriotas, hombres y mujeres de toda condición, nos puede ser ajena.
Finalmente, siento orgullo de pertenecer a un grupo como Marianne, un grupo que con sus iniciativas ha demostrado que las mujeres estamos en condiciones de dar respuesta a todas las problemáticas de la sociedad en que vivimos, porque hace décadas que argentinas y francesas nos formamos, trabajamos y nos destacamos en las más diversas materias: en las letras, en las artes, en las ciencias.

Cuando ingresé a Marianne, hace unos diez años, recuerdo que circulaba la idea de importar una iniciativa puesta en marcha en Francia con el eslogan: “Jamais sans elles” (”Nunca sin ellas”), que consistía en promover que los varones invitados a mesas redondas, paneles, coloquios u otra actividad pública exigieran, como condición para su participación, la presencia de colegas mujeres.
Aunque luego no se concretó, esta idea me pareció extraordinariamente valiosa por dos razones. La primera porque es verdad que muchas veces los invitados a ese tipo de actividades son sólo varones. Y no es porque no haya mujeres preparadas y expertas en el tema de que se trate. Muchas veces es sólo por inercia.
La segunda razón por la cual esta iniciativa me parecía loable es porque los que la debían motorizar eran los hombres. Recuerdo que llegué a hacer una prospección entre mis contactos para ver quiénes estaban dispuestos a firmar un compromiso de no ir “nunca sin ellas” a los debates, conferencias, etc. Y solo encontré respuestas positivas.
Es decir, se trataba de una propuesta que ponía por delante la mixité, que se inscribía en la tradición de lo que ha sido la conquista de derechos por parte de las mujeres en la Argentina y en Francia: un resultado de la cooperación con los varones.
La mixité es el camino.
[Este artículo forma parte de la edición especial por el Mes de la Mujer del Newsletter de la Asociación Marianne]
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