
Vivimos con el celular en la mano, auriculares en los oídos y la agenda llena. Saltamos de una pantalla a otra, de una reunión a otra, de una serie a otra. Nos quejamos de estar cansados, pero seguimos como autómatas acelerando. Y cuando aparece un momento de silencio —una espera, un viaje, una noche sin estímulos—, lo llenamos rápidamente con notificaciones, música o redes sociales. Como si el silencio nos incomodara. Como si estar a solas con uno mismo fuera un estadío peligroso.
En este contexto, hablamos mucho de tecnofobia, de miedo a la inteligencia artificial, de robots que reemplazan empleos, de algoritmos que deciden por nosotros. Pero tal vez hay otro miedo más profundo y menos nombrado, incluso en redes: el miedo al descubrimiento de nuestra interioridad. El miedo a detenernos y mirar qué nos está pasando por dentro, a preguntarnos sobre nuestra existencia y nuestro propósito en ella. A ese fenómeno lo llamo “almafobia”.
Mi compromiso es poner en agenda esa fobia silenciosa, pero a la vez poderosa, al conocimiento de nuestra propia alma.
La almafobia no es un diagnóstico clínico. Es una forma de nombrar una experiencia cultural cada vez más extendida: la dificultad para habitar el propio mundo interior. No porque no tengamos vida emocional, sino porque no tenemos tiempo, espacio ni entrenamiento para escucharla. Preferimos la distracción permanente antes que el contacto con preguntas que no se responden con un simple clic o scroll de youtube o tiktok.
Y las consecuencias no son menores: niños estresados, adolescentes y jóvenes con altos niveles de ansiedad, adultos agotados emocionalmente, docentes desbordados, líderes que toman decisiones estratégicas sin tiempo para pensarlas, vínculos cada vez más frágiles en una sociedad que parece haber perdido su centro. No porque falte información, sino porque falta sentido. Estamos sobrepasados de tecnología, que convive con una extrema ausencia de interioridad.
Paradójicamente, la inteligencia artificial viene a dejarnos en evidencia algo que ya estaba ocurriendo: cuanto más automatizamos procesos externos, más urgente se vuelve fortalecer nuestras capacidades internas, es decir, nuestros dones, talentos y virtudes. La conciencia, el discernimiento, la empatía, la capacidad de reflexión, la inteligencia espiritual. Ninguna de esas competencias puede ser reemplazada por un algoritmo. No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar un pasado sin pantallas. Se trata de preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir en un mundo cada vez más veloz.
Si seguimos educando para rendir, producir y adaptarse, pero no para comprenderse, cuidarse y elegir con criterio, el progreso tecnológico puede terminar profundizando el vacío existencial en lugar de reducirlo.
Frente a la almafobia, la respuesta no es huir del mundo digital, sino recuperar prácticas sencillas y profundas, espacios de silencio, conversaciones sin interrupciones, lectura reflexiva, contacto con la naturaleza, tiempo para pensar antes de decidir. Micro-rituales cotidianos que devuelvan densidad humana a la vida diaria.
Tal vez el mayor desafío de esta época no sea aprender a usar nuevas tecnologías, sino el aprendizaje a estar con nosotros mismos. Porque sin interioridad, no hay proyecto personal, no hay ciudadanía responsable, no hay liderazgo auténtico, no hay común unión posible en una sociedad. Nos condenamos a vivir desesperanzados y sin destino común.
La gran pregunta no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino que nuestro cuestionamiento más urgente es: ¿qué estamos haciendo nosotros con nosotros mismos en la era del mundo digital?
Quizás hoy sentimos que no tenemos la respuesta, pero podemos dar el primer paso para iniciar su esperanzadora búsqueda.
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