
Nací en el seno de una familia judía diezmada en el Holocausto. Muchos años después volvió a ser golpeada por el ataque del 7 de octubre.
Un tío mío, que en 1933 tenía 16 años, advirtió lo que se estaba gestando en la Alemania nazi. Su familia no le prestó atención y él hizo su valija en ese mismo momento y se fue a Palestina. Fue uno de los que ayudó a crear lo que después sería el Palmach, el ejército judío antes de la creación del Estado de Israel. Luego se enroló en la Brigada Judía que, junto al Ejército inglés, combatió a los alemanes.
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Para entonces, dos tercios de la familia de mi madre habían muerto en Auschwitz. Mi madre y sus padres, junto a otra hermana, finalmente —después de que su casa en Varsovia fuera allanada y sus bienes confiscados— pudieron subir a un tren y llegar a la Argentina.
Pero el final de la historia tuvo un principio.
En 1933 no había cámaras de gas ni trenes de la muerte; había palabras. Palabras que justificaban el control de la prensa, la “protección” del Estado contra la mentira, la necesidad de vigilar lo que se decía y quién lo decía. Insultos y humillaciones hacia quienes pensaban distinto o simplemente eran distintos. Empezó de a poco, con palabras.
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Por eso me preocupa el debate actual. No por la utilización de términos como “gestapo”, sino por aquello que motivó que se los utilizara: la creación de una oficina estatal destinada a vigilar el discurso público en redes sociales bajo el argumento de proteger a la sociedad de la mentira.
La historia enseña que cuando el Estado se arroga la función de custodiar la verdad, inevitablemente termina definiendo quién miente y quién es el enemigo. Y ese mecanismo siempre comienza igual: primero se deslegitima la palabra del otro, luego se la controla.
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No se trata de decir que hoy sea 1933. Se trata de reconocer que los procesos históricos no empiezan con la violencia sino con su justificación.

La discusión sobre la “banalización” corre el foco. El peligro no es recordar demasiado, sino dejar de reconocer las señales tempranas. Pensar que ciertas palabras pertenecen a unos pocos puede servir para tranquilizarnos, pero también para impedirnos advertir cuándo un poder comienza a atribuirse el derecho de decidir qué puede decirse y qué no.
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Como en el Génesis, la palabra es el principio; después vienen las acciones y se hace la luz… o la noche.
Por eso la memoria no es exageración: es prevención. Ignorar cómo se empezó es perder la capacidad de reconocer cuándo detenerse.
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