
Él arrodillado y ella sorprendida. En un viaje, en un parque de diversiones, en la playa, en una habitación alfombrada de pétalos de rosas, en la montaña, en la arena, en un recital, en el escenario,en un ring, en un castillo medieval, en las cataratas o en un viaje.
Los escenarios cambian pero la letra de la escena es la misma: “¿Queres casarte conmigo?“. En este caso, el decorado no se calla, es fundamental. La sorpresa es esencial y la originalidad es más valiosa que el anillo, de papel o de diamantes.
¿Dónde puede pasar? En todos lados: en un cine, en un videojuego, en un shopping, con las auroras boreales de fondo, en el desierto, en un puerto, en la orilla de un lago, en la nieve, en las pirámides, en un fogón, en un barco, en un avión, entre flores y con velas encendidas.
La escenografía importa. La respuesta también. El sí, quiero es un clásico que volvió, aunque ya no sea conservador, pero sí una muestra del auge de los rituales y de la plenitud del amor. Pedir la mano se puso de moda.
Hay algunos motivos para entenderlo: la necesidad de rituales, la deserotización que requiere un contraste de vuelta del romanticismo, la espectacularización de la vida, los afectos instagrameables, la viralización de los acontecimientos vitales y siga el baile.
Pero la igualdad convirtió a un pedido de mano en una noticia porque la diversidad también se juega en todas las canchas. El árbitro de fútbol alemán Pascal Kaiser le propuso matrimonio a Moritz, su novio en el campo del FC Köln el 30 de enero.
Se arrodilló al costado de la cancha con los anillos. El prometido le dijo que sí y se besaron y abrazados con el estadio repleto de testigos con una multitud aclamando el golazo. Los chicos no solo pueden salir, casarse, mostrarse, sino convertirse en parte del folclore futbolero a los besos y portando anillos.

Ahora el pedido de mano se extendió como el derecho al amor a parejas de dos varones. Pero la pose de las rodillas hincadas, el anillo en el anular y la mano pedida tiene, como casi todo, una historia de machismo detrás. Los que piden son ellos, cuando quieren y cómo quieren, y si ellas quieren, no pueden expresarlo, solo les queda esperar. Y aceptar o rechazar.
No es casual que en una época de amores tan líquidos que ya ni flotan, en el que la gente está harta de las app de sexo vuelve a buscarse en una cancha de paddle o en un plan de trekking y cuando cuesta quedar dos veces seguidas los que quieren verse la cara todos los días no tomen la decisión como un trámite sino como un momento épico.
Estamos en una coyuntura de parálisis de avances y de vuelta a ritos ancestrales y, en ese sentido, casi todos tienen raíces donde la sumisión era un requisito para las que permanecían erguidas (no por mucho tiempo) y los que se agachaban lo hacían como excepción antes de levantarse a dar órdenes o quedarse con los bienes de la desposeída.

El punto es que la pareja del FC Köln demuestra algo interesante: un hombre puede pedir o ser pedido y una mujer solo puede pedir si la mano es de otra dama. Pero una mujer que le pide a un hombre no se vio casi nunca y queda como el cliché de la desesperada que busca casarse frente a un señor que lo que busca es huir del compromiso.
En la película “Tenías que ser tú” la protagonista estaba ilusionada con un anillo que indicaría el éxito en su vida: ser esposa. Sin embargo, unos aros mostraron el fin de la ilusión. Entonces ella tuvo una idea: ir a Irlanda donde el 29 de febrero, los años bisiestos, se permitía que -como excepción- las mujeres pudieran hacer la propuesta redonda. Por supuesto, es una comedia romántica y pasa de todo menos dejar pasar al amor.
“Según una leyenda irlandesa que remonta al siglo V, las mujeres pueden pedir la mano de sus novios. Pero, y siempre hay un pero, solo disponen de 24 horas una vez cada cuatro años para hacerlo; de un día para decir la famosa frase a un novio reticente, y ese día es el 29 de febrero. Cualquier mujer que ansíe llevar el deseado anillo en el dedo puede intentarlo porque el amor todo lo puede. Solo tiene que esperar un año bisiesto”, era la trama de la película.
“En la leyenda del siglo V en la que Santa Brígida se quejó a San Patricio de que los hombres tardaban demasiado tiempo en declararse y decidieron instaurar esa fecha para que fueran ellas quien dieran el paso”, enmarcaba la película.
“Un solo día cada 4 años puede que fuera suficiente para la sociedad de la época pero ahora en pleno siglo XXI esta tradición está más que obsoleta, a pesar de que aún se sigue celebrando como una festividad en Irlanda y que a lo largo de las décadas se ha ido extendiendo a otros países como Dinamarca, Finlandia o Inglaterra”, explicaba la periodista Silvia Ruiz de la Prada, en 2018, en una nota de Harpers Bazaar.
Sin embargo, seis años después, no es más común que las mujeres puedan proponer lo que quieren: querer y ser queridas, sino que su lugar es atender, esperar y festejar la iniciativa ajena o rechazar con pudor la decisión unilateral de sus compañeros de escena.
Eso muestra que el pedido de mano pone el dedo en la llaga de la desigualdad amorosa: ellos pueden tomar la iniciativa, ellas tienen que esperar a que ellos la tomen. Ellas deben cultivar la paciencia y ellos son los dueños de la decisión sobre el deseo, la convivencia y los festejos.
Un solo día, cada cuatro años, en un solo lugar. Las mujeres tienen que esperar o viajar en el tiempo y el espacio para lograr concretar el casorio. El film se estrenó el 25 de junio del 2010. El calendario muestra los frenos y retrocesos que se conjugan en la actualidad. Todavía, en el 2026, más de quince años después, es muy raro, excesivamente raro, que una mujer pueda pedir casamiento.
En realidad la pedida de mano nace del patriarcado en su máxima expresión. La opinión de la novia no importaba, lo importante era pedir permiso al padre. En fin, que él era el que decidía por sobre la decisión de su hija y de romántico nada y de protector mucho menos.
En realidad, era porque los matrimonios se arreglaban por dinero, poder, supervivencia, títulos, trabajo, reparto de tierras, guerras o intereses y el destino de las hijas se intercambiaban como una moneda que el patriarca tenía que conceder o dar a cambio por conveniencia.
Pedir la mano era como solicitar la transferencia de la propiedad. Algo similar a cambiar la titularidad de un auto de un dueño a otro. El negocio se celebraba con una fiesta de compromiso que se llamaba “esponsales” y de ahí el término “esposa”. Todo pasado no fue mejor. Nos quedamos con los besos para la pantalla.
La frase “pedir la mano” proviene del Derecho Romano en el que los derechos de las mujeres estaban bajo la potestad del padre. Ese tutelaje era llamado “manus” (un vocablo latino que significa mano) e implicaba el poder jurídico que el varón tenía sobre su hija o su esposa y que un hombre poseía sobre sus esclavos. La manumisión era el acto de dejar libre a un esclavo o sirviente.
La historia hace caer el velo de la propiedad como candado cerrado y de flechazo, cosquillas, traga o como se quiera nombrar al enamoramiento nada. Y de las novias como personas sin derechos civiles. Un horror que de romántico, nada.
Por lo tanto, pedir a un padre la mano de su hija para contraer matrimonio traía implícito el solicitar el control y potestad jurídica sobre la señorita que se convertía en señora, un acto y tradición machista que hoy en día todavía sigue estando vigente en algunas culturas.
Por un lado, el boom de las pedidas de mano, sin duda tiene que ver con la necesidad de volver a celebrar rituales que den sentido a la existencia, den consistencia a los sentimientos y den marco a relaciones que sino pasan inadvertidas como una transferencia bancaria.
El filósofo surcoreano, residente en Alemania, Byung-Chul Han defiende la necesidad de pasar por ritos en la sociedad actual para enraizar la vida. En “La desaparición de los rituales: una topología del presente”, de Editorial Herder, reivindica: “Los rituales dan estabilidad a la vida”.
Pero él también advierte que la frivolización de los rituales podría dejar de darles consistencia y volverlos un acto más de consumo y de descarte. “Hoy consumimos no solo las cosas, sino también las emociones de las que ellas se revisten. No se puede consumir indefinidamente las cosas, pero sí las emociones. Así es como nos abren un nuevo e infinito campo de consumo”.
Y apunta: “Las emociones son más efímeras que las cosas. Por eso no dan estabilidad a la vida. Además, cuando se consumen emociones uno no está referido a las cosas, sino a sí mismo. Se busca la autenticidad emocional. Así es como el consumo de la emoción intensifica la referencia narcisista a sí mismo”..
La escritora afronorteamericana Bell Hooks dejó asentado en “Todo sobre el amor”: “Escribo sobre el amor para celebrar el retorno al amor”. Con poses, con narcisismo, con consumismo, con dependencia virtual, con exageración y con un reparto de roles machista, la pedida de mano es una estética de época y perpetuar las tratativas del pasado. Pero, también, implica una bienvenida celebración de sentimientos diversos.
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