
Lo paradójico del fuego es que el fuego es un fenómeno natural que sirve para explicarlo todo. Lo bueno y lo malo. El fuego es lo ultra vivo. Puede ser el fervor y la pasión. Pero también la catástrofe y la tragedia. Puede ser la cocina o puede ser el apocalipsis. En la Patagonia, sin embargo, no hay metáforas. El fuego está comiendo porciones importantes de corredores ecológicos y cualquier esfuerzo parece insuficiente frente al avance voraz de las llamas. Una sola agua es capaz de calmar esa furia arrasadora (y esta norma se cumple desde que los incendios se desatan cada verano). Es el agua que viene del mismo origen que el fuego: el agua que cae del cielo.
Así, mientras en el plano político los gobernadores piden leyes para prevenir y mitigar el desastre, los habitantes del sur del país miden, cada uno desde sus escenarios específicos, la magnitud de la desgracia. Para unos, se está quemando todo. Otros señalan que las pérdidas son graves, pero que el humo y los pinos explotados están lejos de los polos recreativos del turismo, la industria que más sufre por la situación. “El fuego está lejos, el fuego no se ve”, dice el dueño de un complejo de cabañas de Lago Puelo, Chubut, que ante la caída de reservas en pleno enero debió suspender a 8 de sus 17 empleados. “Cuando dicen se quema todo, nos están condenando económicamente. La Patagonia tiene casi 2 millones de kilómetros cuadrados. El área afectada es de 150 kilómetros cuadrados. Nada debería quemarse, pero es necesario dar la información correcta”, apunta.

Cuando no hay fuego, consumimos fuego. En series, en libros, en historias de vida. El fuego es, además, un hecho cultural extendido. Películas en plataformas nos hablan de héroes salvadores. Hombres comunes que rescatan a niños atrapados (Matthew McConaughey, “The lost bus”). Series sobre investigadores que persiguen piromaníacos (“Smoke”, de la plataforma Apple, inspirada en un podcast sobre el tema). O la literatura de todos los tiempos (“Incendios”, Richard Ford). Pero es concreto que cuando las cenizas caen sobre poblaciones o sobre las famosas áreas de interfase, el límite entre lo urbano y lo natural, se modifica no solo dramáticamente el paisaje, sino la superficie de la vida.
EL Desierto verde Hay gente enojada por la falta de mecanismos preventivos. Hay ambientalistas que culpan al Gobierno por la situación. Hay solidaridad. Hay vecinos que hasta ponen sus camionetas para acercarse a las llamas. Pero también hay intencionalidad. Según datos oficiales, en el 95% de los casos las causas del fuego son antrópicas, es decir, por acción humana, adrede o accidentalmente. Hay, además, un viento que hace lo que quiere con el fuego. Que lo mueve de un lado para otro. Lo mete en las quebradas. Y hay, antes del fuego, un campo repleto de “combustible” que puede volverse un infierno cuando sobrevienen las chispas. Es lo que los especialistas llaman “el desierto verde”.

En el año 2013, la ecóloga Estela Raffaele fue parte de un proyecto del Conicet que buscaba detectar áreas posibles de incendios y diseñar mecanismos anticipatorios, de monitoreo y prevención. Se ocupó, justamente, de ver qué ocurría en una de las zonas más castigadas por los fuegos de hoy: Puerto Patriada, Epuyén, provincia de Chubut. El foco estaba puesto en la invasión del pino radiata, una especie exótica proveniente de los Estados Unidos, que se expande agresivamente por la zona desde los años ‘70. Los pinos crecen sin pausa y en su desarrollo desprenden semillas que van convirtiendo la zona en un campo tapizado de pequeños pinos: un almácigo de pinos.
“El Observatorio Nacional de la Degradación y Certificación de Tierras, que dependía del Conicet, fue un gran proyecto de largo plazo, de diez años, que es un plazo interesante en ecología. Pero la pandemia lo bloqueó. Se habían detectado 23 sitios en todo el territorio para ver cómo se estaba desertificando la tierra. Eso daba la pauta de que había que prestar atención y monitorear”, recuerda. “En Puerto Patriada, se monitoreaba qué pasaba con las invasiones de pinos. Después de cada incendio, brotaban pinos sin pausa”. Había un almácigo de pinos. Había sequía por falta de lluvias y también por la agresividad del crecimiento de la especie, que toma toda el agua a su disposición”, explica.
“El pino radiata, que es la especie dominante, invade y deja una alfombra de pequeños pinitos. Los conos, las piñas, presentan cualidades que hacen que el fuego, cuando aparece, sea un factor que los beneficia. Es un desierto verde”, ilustra.

Raffaele asume que frente al avance de una especie exótica solo queda desarrollar mecanismos preventivos, de monitoreo y mitigación. Cita una medición científica contundente: llegaron a contar 400 mil pinos por hectárea. La pregunta es, entonces, qué hacer frente a este paisaje de combustión extrema. Cuando el fuego se repliegue (este miércoles llovía en la zona), después del desastre, Raffaele cree que habría que quitar todo el pino de los alrededores de las casas en zonas pobladas y hasta quitar los que crecen al costado de los caminos. Volverán a crecer y habrá que sacarlos de nuevo. “Pero está estudiado que a medida que esa mecánica se repite, la fuerza de desarrollo ingresa en un punto de declive”, dice Raffaele.
Desde que arde la Patagonia, desde los veranos de María Julia Alsogaray como secretaria de Medio Ambiente, o los del ministro Bergman más acá en el tiempo, el escenario es siempre el mismo: al fuego, finalmente, lo único que lo extingue es la lluvia. Los gobiernos pueden ser más o menos indiferentes, pero poco conseguirán hacer si siempre corren detrás de las llamas. El tiempo clave es cuando lo urgente cede, cuando quedan las ruinas, cuando no hay noticia y cuando están los datos pero no la desesperanza. Si la política vuelve a postergar debates sobre leyes y prevención, entonces habrá que sentarse a seguir consumiendo series sobre humo y a esperar el próximo incendio devastador.
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