Donroe: el regreso del patio trasero y el lenguaje del poder

Washington abandona la cooperación hemisférica y asume una postura de control y vigilancia sobre América Latina, según analistas

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El discurso de Donald Trump
El discurso de Donald Trump recurre a un lenguaje militar y épico para justificar acciones unilaterales en la región

Durante años, América Latina pareció desvanecerse del centro del tablero geopolítico estadounidense, como un continente olvidado en las sombras de Medio Oriente, el Asia-Pacífico y Europa del Este. Washington lo mencionaba solo en clave migratoria o comercial, relegándolo a un segundo plano. Pero en los últimos meses de 2025, ese desinterés se revirtió con brutal abruptitud: Estados Unidos reclamó su hemisferio, ese “patio trasero” que nunca dejó de serlo.Este retorno no llega con sutileza diplomática. Lo acompañan advertencias públicas, sanciones económicas, despliegues militares y un discurso que resucita la Doctrina Monroe, no como reliquia histórica, sino como relato legitimador de poder duro. Fusiona seguridad, recursos estratégicos y supremacía en un mundo de competencia global feroz, donde el lenguaje se convierte en arma para condicionar soberanías.

¿Esto se da por renovado interés estratégico en la región o por ser un buen vecino? Descifrar por qué Washington vuelve a mirar, y cómo nombra, a la región revela el verdadero lugar de América Latina en el mapa del poder. El lenguaje político no es neutro: con palabras precisas construye realidades, delimita enemigos, jerarquiza amenazas y legitima acciones.Aquí el storytelling no busca explicar, sino imponer sentidos: los datos se transforman en narrativas emotivas que activan miedos, despiertan empatía, alteran percepciones y forjan lealtades. Combinado con la maquinaria asociativa del cerebro, este recurso produce relatos impenetrables.

El relato de TrumpEl presidente Donald Trump, reelegido en 2024, lo ejemplifica al describir una operación militar como “extraordinaria”, un “espectacular asalto” y “uno de los actos de demostración más importantes del poderío militar que ninguna otra nación del mundo pudo haber ejecutado”. No informa: teje supremacía, evocando la invencibilidad estadounidense de la Segunda Guerra Mundial y un liderazgo excepcional. “Ningún presidente había hecho nada”, dice; “otros no tuvieron la valentía”.La captura de Maduro -secuestro para unos, justicia para otros- se presenta como castigo merecido, apelando al “merecimiento” y las violaciones de derechos humanos. Introduce amenazas vívidas que resuenan en la sociedad americana: drogas, torturas, violación y matanza de “mujeres y niños”. Palabras cargadas que activan empatía inmediata y condensan el relato en una simple fórmula: Maduro=monstruo, Trump=líder.

Su narración es eficaz, usando lenguaje épico. No quiere explicar ni justificar, solo pretende simplificar y producir adhesión apelando a arquetipos claros (villano/héroe) activando el miedo (narcoterrorismo/matanzas), exaltando el orgullo (invencibilidad estadounidense), y ofreciendo un cierre moral:“…el dictador y terrorista Maduro finalmente ya no está. El pueblo de Venezuela vuelve a ser libre. Estados Unidos es hoy una nación más segura (…) y orgullosa.”

Lenguaje de guerra y amigo-enemigo“Aplastar”, “neutralizar”, “doblegar”, “ola de ataques”, palabras y frases que se repiten durante todo su discurso. Todo es guerra y en la guerra, todo vale. La dinámica amigo-enemigo simplifica la figura del villano, en este caso Nicolás Maduro, (dictador, narcoterrorista, usurpador) contra el héroe, pretendiendo acumular etiquetas para excluir grises.

¿Dónde está la zona gris? Venezuela, Colombia y México producen y exportan drogas, eso es cierto, pero Estados Unidos las consume en cantidades enormes. Sin demanda, no hay oferta. Mientras Trump promete combatir el narcotráfico, Hollywood normaliza el vicio presentando el consumo de drogas y alcohol como un rasgo cool, condicionando culturas. En este punto emerge una narrativa de conveniencia: se combate la oferta mientras se evita asumir la responsabilidad sobre la demanda.

Sin permiso ni disimuloSe habla de control, pero no de alianza, dejando entrever que Estados Unidos abandona la cooperación hemisférica por vigilancia y supervisión, asumiendo una lógica tutelar y disciplinaria, similar a la de un padre que regresa para imponer orden sobre hijos considerados descarriados. La Doctrina Monroe -rebautizada en vivo como “Donroe” en un guiño irónico- legitima intervenciones en disputa global por recursos y rutas. El presidente retoma las tradicionales zonas de influencia, y por fuera del gran trío (EE. UU, China, Rusia), el resto no tenemos voz en la mesa.

Trump fue claro y deliberado: Estados Unidos vuelve a ejercer el poder sin pedir permiso y sin disimulos. A través de un discurso cargado de épica militar, deshumanización del enemigo y apropiación simbólica de viejas doctrinas, el presidente no solo justificó una acción concreta, sino que reinstaló una lógica geopolítica donde América Latina reaparece como espacio de control estratégico.La invocación -y resignificación personal- de la Doctrina Monroe sintetiza esta nueva etapa: un hemisferio concebido como propio, una soberanía condicionada y un liderazgo que se presenta como garante exclusivo del orden, la seguridad y la justicia. Más que anunciar una política exterior, Trump escenificó una advertencia: el predominio estadounidense no se negocia y cualquier intento de cuestionarlo será respondido con poder duro y relato legitimador.

En ese marco, el verdadero alcance del discurso no reside solo en lo que dice sobre Venezuela, sino en lo que anticipa para la región. Porque antes que una operación puntual, lo que quedó expuesto es un cambio de tono, de lenguaje y de reglas: América Latina vuelve al centro del tablero, no como sujeto político autónomo, sino como territorio estratégico en disputa.

En síntesis, no hay nada nuevo en la lógica del poder, salvo el modo en que vuelve a ser nombrada y legitimada.