
Un adolescente festeja un gol en contra de su propio equipo. Un gol puede ser alegría, abrazo, encuentro. Pero para muchos adolescentes, hoy también puede ser pérdida. Porque apostaron, y el resultado del partido define si ganan o si pierden dinero. A veces, eso pesa más que el amor por su equipo. Esta escena, reproducida en una nueva campaña de UNICEF en el marco del Mes de la Salud Mental, es cada vez más real.
Las apuestas online se han instalado en la vida de muchos chicos y chicas. Aunque son ilegales para menores de 18 años, apuestan desde sus casas, con billeteras virtuales. A veces lo hacen en la escuela, en el club, en la plaza. Y muchas veces, todo esto ocurre sin que el mundo adulto lo advierta.
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Para muchos adolescentes, apostar puede parecer algo divertido, una curiosidad, un pasatiempo. Pero no lo es. Las apuestas online no son un juego. Ningún niño, niña ni adolescente debería apostar. La promesa de “dinero fácil” aparece como incentivo. Pero lo que está en juego no es solo dinero: detrás de esa lógica se esconden frustración, ansiedad, insomnio, conflictos familiares, bajo rendimiento escolar, entre otros problemas. En definitiva, un impacto silencioso que afecta su bienestar y su salud mental.
Los espacios digitales son una parte central de la vida adolescente. Ahí socializan, aprenden, se expresan, construyen identidad. Pero también enfrentan riesgos concretos: contacto con desconocidos, exposición a contenidos inapropiados, violencias y, cada vez más, apuestas de dinero. Según el informe Kids Online de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes en Argentina apostó dinero online alguna vez. El 47% sabe de plataformas de apuestas y 6 de cada 10 conoce a alguien que apostó dinero de manera virtual. El fenómeno está extendido, y sus efectos son reales y profundos.
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Los adolescentes viven en un mundo digital que los adultos muchas veces no comprenden, y esa brecha genera distancia. Tienen más experiencia en redes, más acceso a información. Pero eso no significa que no necesiten acompañamiento. No quieren sermones ni advertencias vacías. Quieren que los escuchen, que los entiendan, que los acompañen. Esperan que los adultos se acerquen a su mundo sin invadirlo, pero sin abandonarlo.
Los adultos no tienen que saberlo todo. Pero sí pueden estar cerca. Pueden preguntar, escuchar, habilitar espacios de confianza. Tienen un rol clave para comprender esas experiencias y validar lo que sienten, incluso cuando no lo entienden del todo. Reconocer su autonomía no implica retirarse, sino acompañar con respeto, ofreciendo herramientas para decidir con responsabilidad. Porque entender el problema es el primer paso para estar presentes. Y estar presentes, puede cambiarlo todo.
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Hablar de apuestas es hablar de salud mental. Es hablar de vínculos, de confianza. Y para eso es urgente habilitar el diálogo. Porque detrás de una pantalla puede haber un adolescente que necesita apoyo. Y una conversación a tiempo puede marcar la diferencia.
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