
Más allá de las dificultades y de los desafíos —externos e internos— que enfrenta, el pasado fin de semana la Iglesia Católica ha demostrado, una vez más, que es capaz de adaptarse. Que es capaz de seguir cautivando a multitudes de jóvenes, de seguir haciendo presente esta realidad: que Jesucristo está vivo en medio de ellos.
En pleno 2025, esta institución milenaria —cuyos ritos, tradiciones y costumbres permanecen a través de los siglos, y que, a la vez, atesora en el corazón la permanente novedad del evangelio— ha proclamado la vigencia de su mensaje. Estos días hemos sido testigos de cómo se responde con claridad y fuerza a aquella invitación de: transmitir el fuego, más que a adorar las cenizas.
Los jóvenes han sabido percibir con crudo realismo los inmensos tesoros y dificultades que tensionan y laten en la vida de la Iglesia. Aquello que ya señalaba Cardenal Newman, próximo a ser declarado doctor de la Iglesia: “¿Qué es la historia eclesiástica, sino un registro de la siempre dudosa fortuna de la batalla, aunque su resultado no es dudoso? Apenas cantamos el Te Deum cuando tenemos que volvernos a nuestros Misereres; apenas estamos en paz cuando nos encontramos en persecución; apenas obtenemos un triunfo cuando nos viene un escándalo. En verdad, progresamos por medio de contramarchas; nuestras aflicciones son nuestras consolaciones; perdemos a Esteban para ganar a Pablo, y Matías reemplaza al traidor Judas. Es así en cada época; es así en el siglo xix; fue así en el siglo iv”. Y lo sigue siendo, de más está aclararlo, en nuestro convulso siglo xxi.
Una Iglesia vital
El sábado 2 de agosto, ni bien comenzaba a clarear el día, el caudal de jóvenes, que se dirigía a “Tor Vergata”, desplazó al Tiber como río emblemático de Roma.
Más de un millón de jóvenes —sin destrozos, sin excesos, sin descontrol, pero con el vigor juvenil de sus edades—, se reunían para cantar, bailar, rezar y compartir la alegría de la fe.
La tecnología, la cultura digital y la estética contemporánea juvenil se entremezclaban con ritos milenarios, oraciones en latín y las más clásicas costumbres de la cultura eclesiástica. La diversidad de banderas, idiomas, canciones, vestimentas, carismas y costumbres comenzó como lo que parecía un nuevo Babel, pero que sobre el final se había ya armonizado en nuevo Pentecostés, donde se compartía un mismo lenguaje espiritual. El papa León XIV, de pie frente a las miríadas de jóvenes, como vigoroso abuelo de la familia cristiana, se animó a hablar con frescura, sencillez y cercanía. Sobre el final de la jornada se dio lugar a una adoración Eucarística. La hostia consagrada fue colocada en la custodia y el silencio envolvió el predio. La escena superaba cualquier narrativa: un millón de jóvenes, de rodillas y en silencio, orando juntos. La imagen era surrealista.
En el contexto de cambio de época la vida cristiana está ofreciendo a las jóvenes generaciones algunas alternativas de madurez, plenitud y reflexión que las estructuras de la sociedad líquida no satisfacen. Según los medios de información, luego de la muerte del papa Francisco y con la elección de León XIV, las búsquedas de la pregunta “¿Cómo hacerse católico?” aumentaron más del 300 % en Google. Un dato que llamó la atención del algoritmo. A su vez, las frases “ser católico está de moda”, “ser cristiano es contracultural”, “ser religioso es ir contra el sistema”, empiezan a ser recurrentes en las conversaciones, redes sociales y pensamientos de la juventud actual. En Argentina el caso de un conocido streamer ha sido denominado como “el fenómeno Luquitas Rodríguez”, en referencia a la búsqueda existencial y religiosa de jóvenes profesionales (25- 35 años) que, habiendo acumulado algunas experiencias, están en búsqueda de algo más profundo.
El tiempo dirá si esta dinámica social es pasajera, tiene consistencia real, es una ilusión transitoria con un poco de todo o la providencia está preparando algo. Valen aquí las palabras del evangelio de Lucas: “por sus frutos los conocerán.”
Sin embargo, algo ha quedado claro: el jubileo de los jóvenes comunicó un mensaje que Occidente todavía quiere y necesita escuchar. Valen para el jubileo de los Jóvenes en Roma 2025 aquellas palabras que Mario Vargas Llosa, agnóstico confeso, dedicara a la JMJ de Madrid 2011, en un artículo del diario El País, titulado, “la fiesta y la cruzada”: “Occidente necesita del catolicismo para subsistir… En nuestro tiempo la cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público; porque por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar…“.
Por todo y mucho más, me animo a creer que creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por lo ocurrido en Roma estos días.
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