
En tiempos en los que se insiste en que a los jóvenes nada les interesa, conviene mirar un poco más allá de la superficie, porque lo que muchas veces aparece como desinterés, en realidad se puede transformar en búsqueda de sentido, de identidad o de un lugar donde sentirse parte. Y es ahí donde la cultura puede hacer la diferencia.
En la provincia de Santa Fe se vienen impulsando programas que no solo acercan el arte a las juventudes, sino que las reconocen como protagonistas. No se trata de hacer para ellos, sino de construir con ellos. En tiempos en los que se reducen inversiones consideradas gastos, donde todo parece fragmentado, estas políticas generan comunidad, creatividad y encuentro.
Programas en los que se valoran los circuitos de música emergente, las formaciones en oficios culturales, las convocatorias abiertas, que no son solo propuestas artísticas. Son políticas públicas con impacto directo en el derecho a la cultura, en la construcción de ciudadanía y en la posibilidad de imaginar futuros posibles en una edad de plena subjetivación, la adolescencia.
Y cuando un joven tiene un espacio para expresarse, algo se enciende, porque la cultura habilita. Habilita el deseo, la palabra, el lugar. Y ahí es donde se vuelve transformadora.
A modo de ejemplo, el programa RE-SUENA está vinculado a la creación sonora y el lenguaje musical y apuesta a la construcción de nuevos proyectos de vida para juventudes de entre 16 y 30 años. Y, a través de trayectos formativos, los acompañan en todo el proceso de creación y de inserción al mundo.
Por otro lado, el programa Residencias culturales ofrece una práctica de formación con una asignación estímulo dirigida a jóvenes de entre 18 y 25 años que tiene como objetivo la capacitación permanente en nuevas y diversas miradas sobre el campo cultural y el espacio público.
También es para destacar el programa Barrio, Cultura Cotidiana, el cual intenta construir comunidades más integradas, donde la cultura y sus diversos lenguajes proponen talleres en pos de aportar en la construcción de proyectos de vida para los niños, niñas y jóvenes, insertos en comunidades específicas, en barrios donde las necesidades son mayores.
Lo más potente de estas políticas es que no quedan encerradas en las capitales ni en los centros culturales tradicionales, sino que se expanden en el territorio, recorren barrios y comunas. Se diseñan en diálogo entre los diferentes lenguajes con las realidades concretas de cada comunidad.
Invertir en cultura no es un lujo, es apostar a la prevención, al cuidado, a la salud mental y al lazo social. Es política de base, no de superficie, como dice Susana Rueda, la ministra de Cultura de Santa Fe. Y es, sobre todo, confianza en las juventudes, en sus preguntas y en su fuerza creativa.
Los jóvenes no necesitan que hablemos por ellos. Necesitan espacios donde puedan hablar, crear y construir. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando el Estado está presente, cuando escucha y se corre del adultocentrismo para habilitar nuevas formas de hacer, decir y ser. Porque cuando el Estado habilita el deseo, la juventud no solo participa, sino que florece.
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