
El sistema se rompe por todos lados. Y no se rompe sólo por la corrupción o la impunidad. Se rompe también cuando naturalizamos que la justicia no es igual para todos. Cuando defendemos principios sólo si nos conviene. Hace tiempo que en la Argentina vivimos entre doble varas, silencios selectivos y mentiras. Eso rompe una sociedad, impide transformar nuestro país.
Esta no es una nota sobre el fallo de la Corte Suprema, ni busca decir qué hay que pensar sobre el fallo. Busca abrir una conversación que hace falta. Aunque incomode y no encaje en ninguna de las tribunas que hoy existen.
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Para empezar, nadie puede estar por encima de la ley. Esa es una de las reglas elementales de cualquier democracia. Pero esa regla deja de funcionar cuando la vara cambia según a quién se juzga.
Por supuesto que un expresidente que comete un delito debe ser juzgado. No hay duda de eso. La corrupción está mal y hace mal. Daña la confianza de los ciudadanos en las instituciones políticas que permiten articular una sociedad que funcione.
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La corrupción en Argentina no es patrimonio de un solo espacio político. Es estructural. Está en las grandes licitaciones, en los sindicatos, en las empresas, en el sistema financiero, en cajas negras que nadie se anima a tocar, pero todos sabemos que existen. ¿Y qué hacemos con eso? ¿Nos horrorizamos cuando los corruptos son nuestros adversarios y miramos para otro lado cuando son propios? ¿A eso vamos a llamar República?
No hacerse preguntas sobre los procesos y los actores judiciales es elegir ignorar los atropellos porque nos cae mal la persona juzgada. Celebrar una condena a cualquier costo no es defender la justicia, es una forma de revancha.
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Cuando alguien llega al gobierno para transformar la realidad y en el camino se enriquece, no sólo comete un delito: traiciona la confianza de quienes creyeron en un proyecto colectivo. El caso vialidad puede estar viciado, pero se construye sobre algo verdadero: que hubo corrupción en la obra pública. No se puede tapar el sol con la mano, ni ocultar lo evidente con argumentos jurídicos ni con solidaridad política. La única forma posible de transformar la Argentina es gestionar con responsabilidad.
Entonces, creo que la doble vara no puede ser la única estrategia para denunciar parcialidad. No alcanza con cuestionar las intenciones del sistema judicial o de los adversarios políticos. Tiene que haber, además, algún grado de honestidad intelectual para admitir cuando un gobierno ha sido, o está siendo, corrupto.
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En definitiva, no se puede justificar la corrupción en nombre de la democracia. Ni defender la República sin condenar por igual a todas las partes que la traicionen. Ese es un camino de ida que deslegitima todo y nos hace perder lo más profundo: la posibilidad de creer en algo.
Hablo con la autoridad y las contradicciones que me da haber sido parte de una gestión, de haber convivido con lo que funciona y con lo que no. Vi personas dejándolo todo por transformar la realidad y también vi otras operar para cuidar lo propio.
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No me interesa hacer política desde la denuncia, pararme en un pedestal y señalar quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Quiero hacerme las preguntas importantes para construir otro camino, sabiendo que eso es bien incómodo y desafía a cuestionar lo establecido. A mezclar lo que sirve con lo que falta, lo que ya sabemos con lo que todavía no probamos. Porque si el sistema está roto, no hay que seguir corrigiéndolo: hay que regenerarlo. Apostando que en ese nuevo mapa, el que mezcla, gana.
No quiero una política que administre la bronca, quiero una que proponga futuro. Y, para eso, es importante comenzar a decir lo que muchos piensan, pero muy pocos se animan a decir en voz alta.
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